Con honores

El tiempo transcurre y siempre pasa nada. Los restos de Francisco Franco descansan en el cementerio de Mingorrubio, el lugar que había elegido para su enterramiento. Sánchez, su implacable adversario post mortem, cumplió aquella voluntad. Fue el Rey Don Juan Carlos, en su primera decisión conocida, quien ordenó, en comunicado al abad de la basílica y comunidad monástica benedictina del Valle de los Caídos, que recibiese el cadáver del hasta entonces jefe de Estado y le diese sepultura.

Sobre el juicio que merecen o puedan merecer la exhumación y nuevo destino de los restos de Franco no entrarán estas líneas; ya está en el terreno de la Historia y es materia de historiadores, que debe estar a salvo de la controversia de los políticos. La Historia, por más que ocurre y haya ocurrido, debe huir de los sesgos ideológicos, que es precisamente el enorme error de la mal llamada «memoria histórica» condicionada por el maniqueísmo.

Aquel comunicado del recién estrenado Rey al abad benedictino es muy preciso y contiene alguna curiosidad. Acaso la mayor que es el único documento, que sepamos, signado «Yo el Rey», a la manera de no pocos de sus antecesores. Luego firmaría siempre «Juan Carlos R.» Me referí de pasada a esta curiosidad en una Tercera publicada el pasado 5 de junio.

Otra curiosidad es que el comunicado real indica el lugar preciso en el que debe producirse el enterramiento: «En el presbiterio, entre el altar mayor y el coro de la basílica». La ubicación temporal del documento es bien concreta, hasta en la hora. Está fechado el 22 de noviembre de 1975 a las cuatro de la tarde. Nada más conocerse la proximidad del traslado, los medios de comunicación se preguntaron si a los restos de Franco se les aplicaría el protocolo del real decreto de 20 de mayo de 2010 de Honores Militares, siendo presidente del Gobierno Zapatero y ministra de Defensa, Carmen Chacón. Formalmente le hubiesen correspondido a Franco por su grado militar y por su condición de exjefe de Gobierno y de exjefe de Estado. Sin embargo, ya los había recibido en su enterramiento en 1975 y lo que se producía, más de cuarenta años después, era el traslado de su cadáver.

El presidente del Gobierno no quiso acogerse a la motivación objetiva de que no se trataba de una inhumación nueva, y, según recogieron los medios, declaró una patochada: «No lo reconocemos como exjefe de Estado». Sánchez, que tenía tres años cuando murió Franco, disiente de la ONU y demás organismos internacionales, de las naciones extranjeras con embajadores acreditados en Madrid y de los tratados internacionales firmados. Por tanto, deben atribuirse a un sueño goyesco las obras públicas inauguradas, los hospitales creados, las normas laborales decididas y, en fin, las leyes dictadas bajo tan largo ejercicio público. Disiente de la realidad. Reescribir la Historia es objetivo de sectarios; tratar de borrarla es menester de estultos.

Pasado ya un cierto tiempo, cuando los ánimos están más serenos y lejos de las controversias políticas, creo que debe aclararse un hecho que ha merecido la atención de los medios y quedó abierto. Se ha escrito que sobre el ataúd de Franco, en la exhumación, figuraba el escudo de su casa civil, la Laureada de San Fernando y hasta media docena de hipótesis más. Lo cierto es que el asunto carece de misterio, y puede señalarse con certeza que sobre el féretro de Franco que salió de la basílica del Valle de los Caídos figuraba su guión oficial como jefe de Estado; el atributo visible de su alta magistratura. Su diseño se aprobó por orden de la Presidencia del Gobierno de 6 de julio de 1940, publicada en el BOE del día siguiente. En esta orden se describe, y se establece como «el guión de S. E. el Jefe del Estado, caudillo de la Nación española y generalísimo de los Ejércitos Nacionales». No es sólo la Cruz Laureada de San Fernando, uno de sus elementos y alta condecoración ciertamente muy querida por el exhumado que nunca se desprendió de ella en el uniforme.

En ese traslado fúnebre figuraban también sobre el ataúd las cinco rosas simbólicas, colocadas por su nieto, seguramente en honor a su condición de exjefe nacional del Movimiento, y que, si mis informaciones no fallan, el propio Franco colocó sobre la tumba de José Antonio Primo de Rivera, en la basílica del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, el 20 de noviembre de 1939 tras su traslado desde Alicante. Además, cubría el féretro una gran corona de laurel, símbolo de heroísmo en la mitología clásica. Apolo, convertida Dafne en un laurel, se abraza al árbol y anuncia que será desde entonces señal de victoria, según cuenta Ovidio en los versos de «Las Metamorfosis».

Ante la representación oficial encabezada por la ministra de Justicia, que actuaba como notaria mayor del Reino, que no dudo sabrá derecho pero no tanto de símbolos y heráldica, se había producido una exhumación con honores indeseados y excluidos por el Gobierno. Franco permanecía en las páginas de la historia desde su muerte. En democracia, ni en los catorce años de Gobierno socialista de Felipe González, ni antes ni después, colocó nadie a Franco en el foco de la actualidad. Sánchez decidió resucitarlo. Esto no es política, a menudo tan pobre y mediocre, sino una página para la Historia. Y la notaria mayor del Reino podría dar fe de ello.

Juan Van-Halen es escritor y académico correspondiente de la Historia y de Bellas Artes de San Fernando.

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