Con los ojos abiertos

Por Tomás Eloy Martínez, periodista y escritor argentino, autor, entre otros libros, de Santa Evita y El vuelo de la reina. © Tomás Eloy Martínez, 2005. Distribuido por The New York Times Syndicate (EL PAÍS, 19/11/05):

A finales de julio pasado, Jane-Julia Joyce, una vecina de Highland Park, N. J., con quien solíamos comentar los precios de las hortalizas en el supermercado del pueblo, sintió un extraño decaimiento, pérdida del apetito y ciertas molestias en la digestión.

El médico clínico al que acudió ordenó varios análisis de sangre y, después de verlos, una tomografía computada. El diagnóstico fue desolador. Jane-Julia, de 51 años, que vivía sola con su hermana Helen y un gato llamado Cuddle -es decir, Abrazo– tenía un sorpresivo tumor en la cabeza del páncreas y una metástasis que afectaba el hígado y el aparato digestivo.

En uno de los hospitales universitarios de New Brunswick confirmaron la fatalidad y le anunciaron que disponía, a lo sumo, de seis meses de vida.

La historia se parecería a miles de otras si no fuera porque Jane-Julia decidió esperar la muerte con genuina curiosidad.

Entrego a Cuddle en adopción e hizo una lista de todas las personas que le habían enriquecido la vida, desde el bibliotecario que le recomendó la única novela de J. D. Salinger y la optometrista que le habló por primera vez de la Séptima Sinfonía de Beethoven, hasta el marido del que se divorció en 1987 porque ambos descubrieron, a la vez, que habían dejado de amarse.

Invitó a todos a una fiesta para celebrar su muerte, en la cual anunció, con voz apagada, que había decidido irse de este mundo con los ojos abiertos.

“He llevado una vida feliz”, dijo, “y, como he sido una mujer de buenos modales, no quiero retirarme de la escena sin saludar. Además, no les niego que siento mucha curiosidad por saber cómo son las cosas allá, en el otro lado”.

Como la fiesta sucedió durante uno de mis viajes, al regresar llame a Jane-Julia por teléfono para que me explicara con más detalle que significaba morir con los ojos abiertos.

Me respondió que estaba muy débil y que no deseaba ver a nadie. Sobre todo, deseaba que nadie la viera. Aceptó hablar conmigo por teléfono de vez en cuando, y desde entonces hasta el sábado 15 de octubre mantuvimos conversaciones periódicas que duraban entre 10 minutos y media hora. Algo de lo que hablamos se refleja en esta columna.

Uno de nuestros temas fue el teólogo sueco Emanuel Swedenborg, que pasó la mitad de la vida conversando con los espíritus. Un impreciso día de 1771 Swedenborg sintió que le faltaba poco para morir. Vaticinó la fecha en que sucedería y se preparó para el tránsito con lucidez.

Hizo un último viaje desde Estocolmo a Londres, aguardó a que su tratado La Verdadera Religión Cristiana estuviera impreso, y el 29 de marzo de 1772, a las cinco de la tarde, despertó de una larga siesta en compañía de una criada y dos de sus discípulos.

“¿Son ya las cinco?”, preguntó, de buen humor.

Le respondieron que sí.

“Ha llegado la hora, entonces”, dijo. “Les doy las gracias por todo. Que Dios los bendiga”.

Y sin más comentarios, murió en ese instante.

Jane-Julia me dijo que casi todos los hombres imaginan la muerte con temor, salvo aquellos que la esperan. Me contó que, meses antes de que le diagnosticaran el cáncer fatal, había leído por azar, en la sala de espera del dentista, fragmentos de una entrevista a Marguerite Yourcenar en la que se hablaba de morir con los ojos abiertos.

Jamás había oído mencionar a esa escritora y no tuvo tiempo después para averiguar demasiado, pero lo que había leído era suficiente. Yourcenar, me dijo, quería morir en un estado de plena lucidez, después de una enfermedad muy lenta, para no perder una experiencia que le parecía esencial.

“No tenemos mucha idea de cómo son las cosas cuando nacemos”, me dijo mi vecina con una voz que era más bien un suspiro. “¿Por qué cerrar los ojos, entonces, cuando llegamos al otro extremo?”.

“No perder una experiencia esencial”: ésa era la clave de lo que pensaba Jane-Julia.

El cuerpo organiza sus eclipses, la naturaleza facilita el tránsito al trabajar pacientemente en su propia degradación, la carne apaga sus luces y deja desvanecer poco a poco las propias fuerzas, sólo para que la muerte venga a instalarse.

Ése era el sentido de morir con los ojos abiertos: conocer la suprema experiencia, aquella que no puede ser reemplazada por todas las lecturas ni por todas las músicas del mundo.

La fiesta de despedida de Jane-Julia, por lo tanto, no sólo era un acto de gratitud sino también un pedido de auxilio: que nadie la molestara, que se le permitiera aprender hasta los detalles más ínfimos de su propio fin.

A mediados de octubre, cuando regresé de un viaje de dos semanas y la llamé por teléfono, me dijo que ya no tenía fuerzas para levantarse de la cama. Decidí no molestarla más.

El sábado 30, Helen, la hermana, me pidió que fuera a ver a Jane-Julia.

“Quiere contarle algunos detalles de la fiesta final”, me dijo. “Usted le preguntó, y ahora está lista para contestar”.

Acordamos en que la visitaría el domingo a las dos y media de la tarde.

Por la mañana temprano recibí una llamada de la persona que había adoptado a Cuddle, el gato. Me contó que Jane-Julia se había agravado durante la noche y que estaba en la terapia intensiva del hospital.

“Los médicos no creen que viva hasta mañana”, dijo.

Al caer la noche, antes de sentarme a escribir estas líneas, fui al hospital a preguntar por ella. Ya era tarde. No habría velatorio ni funeral, me advirtieron. Jane-Julia quería partir en silencio.

Recordé la calidez de su voz, el cuidado con que separaba las sílabas al hablar, la discreción con que se movía entre la gente, inadvertida.

Y deseé que se hubiera encontrado con la muerte tal como ella lo deseaba: mirándola de frente, con los ojos muy abiertos.

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