Con o sin Bin Laden

Desconocemos si, como dicen, los norteamericanos cumplieron, o no, con el cadáver de Bin Laden todos los pasos rituales que exige un funeral musulmán: lavarlo, amortajarlo con el sudario preceptivo, recitar la azora Ya-Sin (36 del Corán), endosarle las admoniciones y consejos correspondientes para que se enfrente a los ángeles Nákir y Munkar que lo examinarán… En todo caso, no lo enterraron mirando a La Meca sino que lo arrojaron al mar, según la versión oficial. A decir verdad, empantanarnos en largos parrafeos —similares a los que estamos oyendo desde hace un día— sobre los detalles técnicos de la operación puede ser sugestivo para desmenuzar una maniobra rocambolesca muy apta para confeccionar —malo que bueno— un guión cinematográfico (o guiones) como, sin duda, alguien en Hollywood —y quién sabe si hasta en Pallywood— estará ya pergeñando. A las gentes les gusta el misterio, la entronización de fábulas e interrogantes que terminan convirtiéndose en la verdad admitida, oficial y obligatoria en el imaginario colectivo a largo plazo.

Pero todo eso es folclore, y muy secundario. Y puede ser invalidado en un cierraojos, en todo o en parte, con la mera exhibición de unas fotos y la corroboración de la autenticidad de un ADN. Lo fundamental es que en esta ocasión —al parecer— sí está muerto el jefe del terrorismo islámico, al cual nuestros dirigentes socialistas insisten en encubrir con el eufemismo «terrorismo internacional»: no han aprendido nada y nada piensan modificar en su general estrategia de rendiciones preventivas. Pero esto tampoco importa: lo de veras significativo es que el presidente de Estados Unidos ha anunciado la ejecución del asesino y ya no queda espacio para las dudas en ese punto.

También es importante conocer la respuesta —que no se va a dar— acerca de la participación, o no, del Gobierno de Pakistán y de sus servicios secretos, infiltrados por los terroristas hace tiempo; calibrar el favor que Estados Unidos hace al régimen de Islamabad exonerándolo de responsabilidad a ojos de los musulmanes del mundo al haber actuado —dicen— al margen y saltándose los criterios de soberanía y etcétera; y no menos ¿providencial? ha sido la muerte del terrorista, que evita un largo y complejo juicio cuyo acompañamiento seguro serían cadenas de crímenes perpetrados por los llamados islamistas radicales, al alimón con pudibundos rasgados de vestiduras entre nuestros biempensantes, inasequibles al desaliento, por la conculcación de tal o cual precepto del siempre entretenido Derecho Internacional. Y pese a los tintes de ficción bélica, también todo puede ser cierto, incluida la acción de echar los restos al Índico, evitando santuarios y peregrinaciones.

¿Y ahora qué va a suceder? Los amenazados en primer término, obviamente, por las venganzas espontáneas o teledirigidas de islamistas adscritos a las diversas advocaciones y bandas del terrorismo islámico son Europa y Estados Unidos, pero de hecho el mundo está en el punto de mira. Los terroristas —todos, no solo los musulmanes— a veces matan a quien quieren, pero por lo general asesinan a quien pueden, los blancos más fáciles y alcanzables. En este caso, como en el pasado, las víctimas serán una monja en Somalia, una iglesia libanesa, un cura católico en Turquía o un obispo en Mosul, asesinados todos cuando Bin Laden vivía y por tanto no existía ese pretexto para reclamar venganza. Pero había otros: remotas acciones/reacciones en otros lugares del globo servían para atentar en Bali, Nueva York, Londres, ¿Madrid?… Aunque nunca hayamos visto a las guerrillas de Colombia, Uruguay, Argentina, Guatemala llevar sus actos criminales fuera de sus propios países, y menos en aviones, Metro o concentraciones humanas ajenas a esos conflictos.

La India, la ex Yugoslavia, Líbano, Turquía, Chipre, Chechenia, Irak, Indonesia, Filipinas, Sudán, Mauritania, Nigeria, Pakistán son países que sufren gravísimos conflictos de raíz religiosa y en los cuales el islam es una de las partes implicadas. Que en algunos de ellos existan factores étnicos y culturales de choque —degenerados en conflictos políticos— no elimina el predominio del elemento religioso: la seña de identidad distintiva (y que identifica y une con los musulmanes de otros lugares) es el islam, no la procedencia racial o la práctica de cualquier peculiaridad folclórica. Para nosotros es inimaginable a estas alturas que «voluntarios cristianos» acudan a Sudán o Nigeria a defender a los cristianos allí perseguidos y exterminados, pero nadie se escandaliza ya por el movimiento internacional de voluntarios islámicos de cualquier origen en Yugoslavia, Chechenia, Irak, Afganistán. Hablar de una internacional islámica no es una exageración, y, en especial, debemos ser conscientes de que los aspectos violentos, bélicos y de terrorismo son los más visibles y espectaculares, pero quizá no los más influyentes a medio y largo plazo. Creemos que la penetración masiva en el tejido social de comunidades islámicas —que reciben pero que no se dan— es mucho más grave por ir produciéndose una reacomodación paulatina en los criterios de opinión y comportamiento de manera unilateral, solo desde nuestra orilla, sin recibir nada a cambio. El carácter monolítico y hermético de las sociedades islámicas puras debería ser motivo de reflexión de nuestro lado: no van a admitir cambios de fondo ni evolución que no sea regresiva, excepción hecha de gestos cosméticos de cara a la prensa occidental, tan necesitada de coartadas para seguir llamando a la siesta.

Podemos decretar, o no, la existencia del choque de civilizaciones, pero los hechos continuarán ante nosotros, vivos y en expansión constante. Tal vez la expresión de Huntington, así como el conjunto de sus observaciones, resulte en exceso dramática, demasiado generalizadora, pero en algunos de los aspectos que cita y los datos que enumera hay tanta realidad que es imposible ignorarla. Si señala la presencia de musulmanes en tres de cada cuatro conflictos interétnicos y culturales registrados en los últimos treinta años, este constituye un hecho que podemos considerar —desde la perspectiva musulmana— con una visión paranoica, pues quedaría probada la conspiración antiislámica universal; o ignorar el dato, como se viene haciendo en los países occidentales, por lo menos hasta el 11 de setiembre de 2001; o concluir que algo debemos hacer más allá de autoinculparnos y asumir nuestra maldad innata, estimando inaceptable la inocencia total y hasta la negación de implicaciones de los musulmanes en los actos y las consecuencias de su vida cotidiana, política y cultural.

Y los «moderados» del islam, ¿dónde están? Seguimos esperando que se pronuncien, digan algo, muevan un dedo. De momento, los engalanados con tal calificación por nuestros políticos y periodistas ya están entonando la letanía habitual: es un error, otra muestra de imperialismo, mejor es no hacer nada (mágica triaca española para todo). Y dialogar: ¿con quién? ¿Sobre qué?

Por Serafín Fanjul, catedrático de Estudios Árabes.

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