Con pedigrí, pero marionetas

Por María Teresa Bazo, catedrática de Sociología, UPV-EHU (EL CORREO DIGITAL, 21/06/08).

Ahora que -casi- ha pasado el ‘vendaval Bibiana Aído’ parece adecuado realizar una reflexión sobre cómo el poder (sus representantes) puede utilizar y utiliza a las personas como un elemento más, como cualquier otro instrumento para perpetuarse. El espectáculo que se ha originado tras su comparecencia en el Congreso, la orgía mediática que ha sucedido a sus declaraciones desafortunadas y banales, cuando precisamente el nombre de su nuevo ministerio refleja una realidad trágica para las mujeres, ponen de manifiesto cómo en general se ha procedido a atizar un puntapié al presidente del Gobierno en las posaderas de la joven ministra. ¡Pero se debería tener más valentía para poner el dedo en la verdadera llaga! Probablemente no habrá habido medio de comunicación que no haya dedicado más de un comentario sarcástico, siempre a la ministra. Y sin duda con razón. Las mujeres, a pesar de los avances legislativos producidos en los últimos cien años, los progresos en educación, los cambios en valores y la retórica derrochada no han conseguido superar una diferencia salarial media con los varones, cuya proporción se mantiene casi constante a lo largo de un siglo, y que puede llegar a casi un tercio. Las mujeres participan cada vez más, aunque con diferencias según países, en el mercado de trabajo. Han logrado sin grandes dificultades acercarse a lo que se entiende que se produce en la familia posmoderna, que es una aproximación y fusión de los roles tradicionales propios de las sociedades industriales, entre el ‘varón sustentador’ y la mujer ‘ama de casa’ dedicada al cuidado y el servicio al hogar, al marido, a los hijos y a otros miembros dependientes.

Mujer y varón adoptarían en la familia conjunta e intercambiablemente los roles de proveedores de los recursos económicos y de los cuidados. Sin embargo, la realidad muestra que todavía en general los varones no terminan de entrar en casa en la misma o parecida medida en que las mujeres entran en el trabajo. Y lo que es peor, que las mujeres (niñas, adultas, ancianas: de la cuna a la tumba) son las víctimas mayoritarias de los malos tratos que se producen en la familia, con resultado de muerte en demasiados casos. Todo eso indica a todas luces que las desigualdades entre varones y mujeres constituyen un tema demasiado serio para luego simplemente frivolizar con el lenguaje, y que tienen un origen y un arraigo estructural profundos, que requieren estudio y búsqueda adecuada de soluciones efectivas.

No es pues cuestión de broma la desigualdad entre varones y mujeres. Que hay que trabajar en ese sentido entre todas las personas en el ámbito público y en el privado, cada cual con su parte de responsabilidad, parece obvio. Que haya que crear un ministerio no parece que el presidente del Gobierno lo considere importante aunque lo haya hecho, porque según las informaciones existentes prácticamente no dispone de recursos al margen de la propia ministra. Da la sensación de que una vez más se ha utilizado a una mujer -sin duda entusiasta por joven e inexperta, y con ganas de cambiar esa situación- pero a la que se deja sola, pensando quizás que es suficiente con que su imagen siga alimentando la maquinaria propagandística. Pero, ¿y si resulta contraproducente para el fin último que al menos nominalmente se pretende? No parece muy diferente la utilización político-ideológica de esa mujer de la utilización económico-ideológica de cualquier modelo que se presenta junto a un producto de consumo para promocionar su compra. Sin duda que ella ha aceptado, como acepta una modelo posar desnuda a cambio de un pago económico, pero ante lo que ciertos grupos autodenominados de defensa de la dignidad de las mujeres protestan. ¿Y la ministra no tiene dignidad femenina que deba ser defendida si ella es tan inconsciente (supuestamente como la modelo) y acepta la utilización de su imagen? Es curioso que no se haya alzado la voz de ningún grupo -tampoco dentro del PSOE- que haya salido en defensa de Bibiana Aído, ni tampoco entre los medios afines.

Utilizar a la vicepresidenta -mujer trabajadora, dispuesta, y segura de sí misma a la hora de defenderse de los varones- como escudo protector, al vicepresidente económico -varón de apariencia seria- como ‘falsificante’ de una política económica que quiere parecer correcta y rigurosa, a la ministra de Defensa próxima a dar a luz viajando en un avión militar a Afganistán, en un alarde cuando menos imprudente e irrespetuoso con las normas sanitarias al respecto de los vuelos de las mujeres embarazadas, todo ello se ha visto normal dentro de las estrategias políticas, o simplemente se ha aceptado sin más. Hecho en el último caso mucho más extraño por cuanto no se esperaría de un presidente tan celoso en la protección de sus propias hijas, y de su intimidad, de las que los contribuyentes que le pagan el sueldo ni siquiera conocen sus nombres ni sus aficiones.

Pero parece que con Bibiana ha llegado el desquite. Y por las reacciones también parece que todo el mundo lo estaba esperando. Se diría que la ministra se ha convertido en un ‘Judas’ de trapo para quemar en la plaza pública, en una marioneta a la que poder apalear. ¡Qué ironía! Se crea un Ministerio para la Igualdad y como un paso más para luchar contra el feminicidio, y se produce una explosión entre jocosa y airada que oculta la realidad, vergonzosa para todos, de las mujeres en su conjunto, como grupo, en la mayoría de los países desarrollados (¡qué decir de los otros!). Ha sido como un respiro, como un carnaval para muchas personas que se encuentran hartas de tantas ocurrencias gubernamentales, pero que, prohibido de facto el debate serio, plural y razonado sobre determinadas cuestiones (incluidas ciertas leyes) encuentran por medio de la chanza la ocasión de quitarse el bozal en que se ha convertido en este país lo políticamente correcto, y pueden al fin lanzar sus diatribas sin temor esta vez a ser tachados de machistas o fachas, descalificativos que tan gratuita y profusamente se prodigan los últimos años desde ciertos ámbitos que otorgan bula de demócratas.

Yo tampoco salgo en defensa de la ministra, a la que considero muy capaz de defenderse ella sola si lo cree conveniente. Sólo creo que los hechos acaecidos han venido a descubrir el tipo de sociedad que estamos construyendo entre todos a la chita callando: falsa, insulsa, trivial, intelectualmente decadente y misógina (sí, a pesar de tanta retórica, y por su causa sobre todo).