Con transparencia e inclusividad

Durante toda la democracia los pactos entre el Gobierno central y los nacionalismos periféricos se han fraguado entre élites, sin transparencia hacia el ciudadano, y bajo el modelo del “café para todos” que podría estar agotado. La situación a la que se ha llegado con Catalunya emerge en un contexto histórico de cambios globales y de mayores exigencias ciudadanas.

Hasta ahora ningún partido tuvo la osadía de plantear un debate abierto e inclusivo sobre el modelo de Estado, y solo la situación de riesgo económico y de enfrentamiento civil en que nos hemos visto ha dado pie a la apertura de este necesario e inaplazable debate.

Ante la falta de acuerdo entre partidos sobre la fórmula a emplear, unas elecciones anticipadas generales y al Parlament podrían resetearlo todo y ser un buen instrumento democrático, por lo que de comunión entre el pluralismo político y de participación de toda la ciudadanía tendría, para que todas las fuerzas presenten en plano de igualdad sus propuestas de modelo territorial –incluyendo si quieren someterlo a referéndum– otras reformas constitucionales, y votemos con garantías. Y que con unas aritméticas parlamentarias que representen esta nueva situación se aborde el nuevo escenario.

Otro motivo es que tras la crisis vivida, los representantes políticos que la han conducido ya no tendrían legitimidad y hay que dar paso a nuevos protagonistas. Habiendo posiciones tan enfrentadas, ni esto puede ser resuelto de forma parcial, ni estas pueden estar circulando dispersivamente, y hay que tratar de hacerlas confluir en un espacio de gestión común donde todos acepten el mecanismo decisorio. Ante tal polarización, mediando una división entre posiciones irreconciliables, con una España blanca in-between, y por tratarse de un grave problema que afecta al resto de españoles y de comunidades autónomas, normalizarlo con elecciones sería el modo más incontestable y que gozaría de mayor carga legitimadora.

No es tiempo para culpas ni echarse en cara lo que ha fallado para llegar hasta aquí, eso ya se encargará la historia de juzgarlo cuando podamos coger perspectiva. Ahora es tiempo de ofrecer salidas más democráticas y cargadas de mayor transparencia de las que hemos tenido hasta ahora. Una ruptura traumática como a la que estábamos abocados hubiera sido imperdonable para la historia. Ni la independencia puede darse sin el concurso de más amplias mayorías, excluyendo a la mitad de catalanes, ni al resto de españoles, ni se puede manejar de forma opaca.

Pero, por otro lado, como demócratas, no podemos dar la espalda a ninguna demanda social con representatividad, ni al secesionismo ni a los que quieren que Catalunya siga en España. Por ello, y por higienizar el exacerbado debate, podría ser discutido bajo un clima y reglas de normalidad como el que se nos ofrece en las convocatorias electorales a las que estamos acostumbrados, algo que tiene tanto garantías como una más clara aceptación. De lo contrario, corremos el riesgo de instalarnos en una eterna disputa envenenada.

Estamos asistiendo a la ruptura de todos los paradigmas por los que se han regido la política, la economía y la vida social hasta ahora, a un cambio global donde la ciudadanía reclama rendición de cuentas y pintar más en las decisiones. Estamos maduros y preparados para abrir este melón que tanto aterra a los políticos. Es posible que estemos más preparados que ellos para afrontar y votar este debate.

Los ciudadanos no queremos ser tutelados ni tratados con el paternalismo propio del sistema político que nos dejó la transición, corren nuevos tiempos y si no adaptamos nuestras leyes a estos, acabarán por engullirnos las nuevas líneas de fractura. Por ello debemos hacer un esfuerzo colectivo por entender e integrar las razones del otro aunque no nos gusten, por no etiquetar ni caer en reproches ni enfrentamientos, pues las soluciones más sólidas son las que se construyen de forma inclusiva, sin excluir a nadie en la toma de decisiones y buscando mayorías para lo relevante.

No es posible seguir conduciendo esto mediante un juego a suma cero, ni en los escenarios de escalada se pueden mantener posiciones maximalistas. El problema es que estamos aún analizando las cosas con esquemas del siglo XX, los actuales líderes políticos son reacios al pacto, y no nos hemos dado cuenta de que a partir de ahora la historia nos pone ante el reto de saber gestionar una nueva complejidad líquida y una sociedad del riesgo impredecible.

María Amparo Tortosa-Garrigós, consultora en política y seguridad internacionales.

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