Con un señor de la guerra (II)

Por Gregorio Morán (LA VANGUARDIA, 11/11/06):

Si alguno de mis hijos me pidiera consejo – cosa harto improbable- sobre el lugar a donde ir a aprender, a vivir y a estudiar, sin ninguna duda les recomendaría los Balcanes. No son más inseguros que la banlieue de París, ni que el metro de Nueva York, ni que los anocheceres de Caracas. Y no son un mundo, como los lugares donde nosotros frecuentamos, sino varios mundos cruzados, amontonados, superpuestos. Tienen un surtido de tradiciones y para todos los gustos, en la música y en la guerra, en la religión y en la literatura. Sólo se necesita tener menos de treinta años y saber inglés. El máster en Historia y Vida está asegurado. Mínimo dos años, máximo seis. Ahí se curan las dudas existenciales, la impotencia, las depresiones, las penas del corazón, la angustias hipotecarias, la melancolía, en fin, casi todo. En sobrevivir y relacionarse se lleva prácticamente la jornada. Y luego los idiomas, los hábitos, las identidades de mierda; porque identidades hay en todas partes, pero mientras lo normal es que se presenten como basura envuelta en papel de libro, en los Balcanes no van envueltas, apestan directamente. No hay nacionalismo que no se cure en los Balcanes. ¿Acaso hay quién dé más por menos inversión? ¡Muchacho, manda tu tesina al carajo y márchate a los Balcanes! No te preocupes, cuando vuelvas, el mismo catedrático seguirá dando las mismas clases, asegurando las mismas necedades con voz campanuda y hasta es probable que haya escrito un libro. También los patriotas de tu pueblo seguirán haciendo y diciendo las mismas tonterías. Y con las mismas pretensiones universales.

El mundo balcánico está ahí, apenas pasas Trieste, y entras en otra dimensión de lo real. Imagínense si será peculiar que hasta hay problemas con los nombres, o por mejor decir, los nombres son uno de los grandes problemas balcánicos. Así por ejemplo, en el último artículo, yo escribí que la viuda que cuidaba la mezquita-mausoleo del sultán Memet, el que venció a los serbios en la batalla del Campo de los Mirlos, era bosníaca, y no bosnia, como apareció impreso. Y qué le vamos a hacer, era bosníaca. Escribimos un castellano espantoso y conviene que lo digamos bien alto para no engañar a las nuevas generaciones, que en el mejor de los casos pensarán que somos el canon de la lengua. Esos chicos listos que tanto gustan de citar a Gaziel, si levantara la cabeza los mandaría a Primaria de nuevo, y sin cobrar. Vivimos en una sociedad bilingüe y eso exige un cierto rigor a la hora de escribir en cualquiera de las dos lenguas; o al menos una cierta exigencia. No sé muy bien por qué hay gente que tiene la idea de que saben escribir en castellano por ciencia infusa.En Macedonia, encontré un buen puñado de adolescentes que hablan un castellano sorprendente. No saben leerlo, ni escribirlo, pero dialogan con una fluidez notable y un cierto acento sudamericano. Gracias al culebrón venezolano Casandra,un éxito de masas en los Balcanes, que se emite en original y con subtítulos, los jóvenes manejan el castellano. Esto viene a cuento, de las lenguas en los Balcanes y de por qué cuando uno escribe bosníaca no es que ha catalanizado a una bosnia,sino porque una bosníaca no es necesariamente una bosnia. Una bosnia es una ciudadana de Bosnia y una bosníaca es una serbia de cultura musulmana; no necesariamente de religión musulmana, sino de cultura musulmana. Así de preciso y de complejo es el mundo balcánico.

En los Balcanes las preguntas son simples y las respuestas complejas. Por ejemplo, ¿qué es un señor de la guerra? Un individuo que tiene categoría de jefe y que controla un territorio. Sencillísimo. Luego viene la letra pequeña, es decir, lo obvio. Para ser jefe tiene que haber liquidado a más de uno que en pura lógica le disputó la jefatura, y para controlar un territorio es menester contar con gente armada. Los Balcanes están preñados de señores de la guerra, casi se podría invertir los términos y decir que los señores de la guerra son los que han preñado los Balcanes. Yo tenía interés en hacer una entrevista a un señor de la guerra albanés, por varias razones. Primero, porque son los vencedores y también porque hasta ahora son los únicos impunes; avalados y lavados por Estados Unidos y la benevolencia de la Unión Europea, los señores de la guerra albaneses gozan sino de impunidad al menos de evidente comprensión.

Agim Krasniqi, a sus 27 años es una pequeña leyenda balcánica. Por más que me lo explican no sé muy bien por qué; si porque mató a muchos, porque goza de gran prestigio como controlador de los tráficos de la zona – droga, mujeres, armas-, porque ha logrado que no le lleven ante el Tribunal de La Haya por más que esté en busca y captura, según algunos, y amparado, según otros. Es el señor de Kondovo, una región apenas a veinte kilómetros de Skopie, capital de Macedonia, de absoluta mayoría albanesa. Según los expertos en el tema, tiene bajo su mando a dos mil hombres armados. Es decir, dispone de un ejército particular que podría poner en marcha a dos mil soldados. Una cantidad que no soñaron ni los grandes teóricos de la guerrilla latinoamericana.

Situémonos. Usted se encuentra en Skopie, la bonita capital de Macedonia, donde hay un río que cruza la ciudad, y una zona antigua, bella en su modestia de gran capital del comercio que debió de ser en otra época. Pues bien, usted sale de la capital y apenas recorridos unos tramos de la autovía se desvía hacia el norte y ya está en territorio de Agim Krasniqi. Las banderolas delatan que es territorio de albaneses y que el nombre de Krasniqi figura en letras de molde. En el lugar convenido le recogen unos caballeros con aspecto de cualquier cosa menos de relaciones públicas y le conducen por carreteras imposibles de recordar a través de pueblos donde probablemente no sea fácil pasear ni ir haciendo preguntas.

La casa donde me recibió Agim Krasniqi era una especie de chalet de una sola planta, con el jardín abandonado y cierto aire de lugar de paso, residencia para encuentros. A la entrada, otros caballeros, cuatro para ser exacto, muy respetuosamente me dieron la mano y me condujeron a un salón grande, con sillones de skay y una decoración en las paredes tan somera como horrible.

De los cuatro individuos que hicieron de primeros anfitriones, según supe luego, tres están reclamados por la justicia internacional en diversas causas vinculadas al tráfico de estupefacientes, mujeres y armas. El cuarto ejerció algún tiempo de kíller. Mi aspecto y el de los traductores debía ser tan evidentemente pacífico que ni siquiera cachearon; bastó una mirada de profesionales. A la aparición de Krasniqi desaparecieron todos, salvo un hermano que ofreció amablemente café turco, que sirvió y que nadie llegó a probar.

¿Cómo es un señor de la guerra? Un hombre de estatura normal, pelo moreno, mirada huidiza – aquí la mirada tiene un valor que no cabe despilfarrar, te miran cuando quieren decirte algo que no necesita palabras-, con una cicatriz llamativa en la cara, que se sienta sobre una pierna y habla tranquilo, tratando de dar la apariencia de un buen chico a quien la vida ha enseñado mucho. La situación es de una tensión notable porque la cadena de traductores – hay que pasar primero al inglés y luego al albanés- se muestra renuente a plantear determinadas preguntas. Incluso el taxista, que hubiera deseado estar en otro sitio y a quien han obligado a meterse dentro, hace signos de tratar de irse. No les parece adecuado que le pregunte si está casado, si tiene hijos, qué profesión era la de su padre, si se avergüenza de algo que haya hecho. Aun señor de la guerra sólo se hacen preguntas generales.

Agim Krasniqi no sonríe nunca, tiene una especie de gesto de aceptación amable, como quien se muestra condescendiente con un imbécil que viene de muy lejos y que no sabe lo duro que es vivir aquí. Tras el embrollo de la traducción y las reticencias, va contando los hechos de su vida, o al menos lo que quiere que yo sepa. Que trabajó en Alemania, nada menos que en Heidelberg, con toda probabilidad no en la universidad, que tuvo una hija con una alemana, que sólo la ha visto dos veces en su vida y que la niña debe rozar ahora los siete años, que sabe trabajar los azulejos y la cerámica, cosa poco probable porque exhibe unas manos limpias, de dedos finos, impecables, buenos para el piano o el gatillo. No tiene el aspecto de un guerrillero, ni de un sátrapa; imita a las estrellas de televisión, quizá a Sandokán, delgado y fibroso, y una mirada fría que de vez en cuando te repasa, en un ejercicio de profesional calibrando la inocuidad del adversario, que soy yo. El tono plano, sin un ápice de entusiasmo o de furor. Tranquilamente hablando, con el café turco frío y el gesto complaciente de quien podría volarte la cabeza con tan sólo levantar la mano.

Lo dice con rotundidad y lo repite. No quiere más guerra, no quiere más conflictos. Se ha presentado a las elecciones en el puesto cuarto de una de las dos listas albanesas. No salió, por supuesto, porque a un candidato así no le votan ni los suyos, pero confía en que la retirada de los primeros de la lista le facilite ser diputado en Macedonia y la inmunidad. Esa inmunidadimpunidad que es la panacea de todos los señores de la guerra que quieren adaptarse a los nuevos tiempos. Es europeísta, por supuesto, aunque tiene dudas porque podría perderse la identidad albanesa. En pocos años será un financiero. Acuérdense, Krasniqi, Agim.

Leer primera parte.