Con vascuense y cupo se hase dinero

Durante la última campaña electoral al Parlamento vasco una casa de subastas madrileña anunciaba un folleto raro de Miguel de Unamuno: «La cuestión del vascuence», publicado en 1902 en La Lectura, una revista de ciencias y artes.

Andaba uno esos días electorales enfrascado en el tomo segundo del monumental epistolario de Unamuno (1900-1904), que acaba de aparecer.

En una de las cartas que se incluyen en él le repite a Galdós algunas de las ideas que meses antes ha expuesto en cierta (escandalosa) conferencia que había dado en su pueblo, Bilbao, y que acabó a bofetadas entre algunos de sus concurrentes. En ella el joven Unamuno (37 años) contó lo que más tarde, en un tono más coloquial, le dirá a Galdós: «El vascuence es un obstáculo a la cultura y sobre todo al liberalismo y al espíritu moderno. Hay que resignarse al progreso. Frente a aquello del cura que decía: "No envíen a los hijos a la escuela, que allí les enseñan castellano y el castellano es el vehículo del liberalismo", el aldeano no contaminado por la gente de pluma dice lo que me dijo uno de ellos... "Con vascuense no se hase dinero". Ni cultura, agrego yo».

Con vascuense y cupo se hase dinero
Toño Benavides

Unamuno no solo conocía el euskera, lo hablaba y lo leía (y no presumía de sus treintaidós apellidos vascos porque sabía que era una memez mayúscula), sino que estaba en esas fechas aprendiendo por su cuenta el danés para leer a Kierkegaard, cosa que según él no era tan difícil si se sabía ya el alemán y el inglés (su caso), además del griego, el latín y la mayor parte de las lenguas románicas.

Se cuenta todo esto para recordar que al rector de la Universidad de Salamanca no le impresionaba el don de lenguas ni las creía cosa de museo («pues eso, un tonto en cinco idiomas», parece que dijo Unamuno de un políglota famoso).

«El vascuence se extingue sin que haya fuerza humana que pueda impedir su extinción», dice también en otro escrito de ese año; «muere por ley de vida. No nos apesadumbre que desaparezca su cuerpo, pues es para que mejor sobreviva su alma. La mejor lengua es la propia, como es la mejor piel la que con uno se ha hecho; pero hay para muchos pueblos, como para otros organismos, épocas de muda. En ella estamos. En el milenario eusquera no cabe el pensamiento moderno».

El apoyo colosal de los gobiernos nacionalistas durante los últimos 40 años ha mantenido al euskera, contra los pronósticos de Unamuno, no sabemos si con vida, pero sí con respiración asistida. Y no sólo: lo han impuesto en el sistema educativo y, desde luego, en las instituciones oficiales (frente al castellano, el euskera es solo la lengua materna del 30% de los vascos). Pero con todo, siéndolo mucho, no son los sesgos sociolingüísticos lo más importante de esta cuestión, sino el aserto de Unamuno: la incapacidad o invalidez del euskera, para, según él, contener el pensamiento moderno (hijo de la Ilustración y padre del liberalismo).

Durante esta campaña electoral (y con más razón cuando se conocieron los resultados: un 70% de los vascos votaron a los políticos independentistas) muchos se preguntaron cómo podía votar alguien no ya a quien favorece la lengua minoritaria frente a la mayoritaria, sino a quienes aún apoyan a los herederos de los asesinos de la banda terrorista Eta. Se dijo que la razón era sencilla: habían estos dulcificado (maquillado) su discurso.

Antonio Elorza refinó el argumento: los abertzales habían empleado las dos lenguas, el castellano para un electorado ingenuo (tan harto como egoísta), a los que aseguraron que había que mirar hacia el futuro, y el euskera con aquellos de la Euskadi profunda, caseríos y pueblos de ceja corrida, que exigían de esos políticos no solo la defensa de los crímenes del pasado, sino la lengua en la que siempre los justificaron. O sea, llevar al futuro lo que hicieron con orgullo en el pasado, razón de tantos aurreskus a ex presidiarios y mafiosos nacionalistas. El castellano vendría a ser sólo, pues, un penoso recuerdo para ellos, amantes del yugo identitario: la lengua de la Ilustración y la cultura en la que el pensamiento moderno ha podido desarrollarse como no se ha desarrollado el euskera (y aunque en 40 años y pese al proteccionismo no se ha escrito en euskera aún una obra equiparable a la que en castellano escribieron los vascos Unamuno, Baroja o Blas de Otero o escriben Savater, Aramburu y Juaristi, no es científicamente descartable que en este mismo momento, en que está uno a punto de enviar estas líneas al periódico, un Proust desconocido esté en una cabaña de pastores culminando un En busca del tiempo perdido netamente vasco, con parecidas hipotaxis y sutilezas de pensamiento y de lenguaje).

¿De dónde procedía entonces el rechazo de Unamuno al euskera? Sin duda, de ver el uso que se le daba y lo que se comunicaba con él. ¿Y hoy, sabiendo lo que sabemos, persistiría en su juicio?

En su tiempo era el vascuence, como él lo llama, la lengua de curas, casheros y carlistas. Se comunican hoy con ella sus herederos peneuvistas y bildutarras y la balbucean los escolares por la cuenta que les tiene (bien lo saben sus papás), y burócratas y políticos (la mayor parte de los cuales apenas si la dominan) la utilizan como blindaje de un sistema político injusto y excluyente, pero enormemente productivo para ellos: hoy, don Miguel, con vascuense y cupo se hase dinero. Y con el catalán, ya ni hablamos. O sí, la semana que viene.

Andrés Trapiello, escritor.

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