Con voz propia en el mundo

Veamos si somos capaces de hablar con claridad y no crear más confusión: la presión del PP de Catalunya sobre el Gobierno de la Generalitat para cerrar las mal llamadas “embajadas” catalanas no tiene nada que ver con la preocupación por el gasto público del país. Esta es una obsesión del PP, como muestran las hemerotecas, muy anterior a la crisis. Lo que el PP quiere recortar no es el presupuesto sino la voluntad política de que Catalunya tenga voz internacional propia, por modesta y discreta que sea. Se trata, pues, de una batalla política contra uno de los símbolos más eficaces de la soberanía: la posibilidad de establecer un diálogo cara a cara con el mundo entero, de nación a nación –inter-nacional–, sin tutelas ni intermediarios. Ni que decir tiene que, desde el punto de vista político, tan legítimo es hacer todo lo posible por la internacionalización de Catalunya para avanzar en su proyecto nacional de modo tan pacífico como es hacer oír su propia voz, como lo es tratar de poner todas las trabas posibles para evitar que eso pase y, por lo tanto, que España hable en nombre de la “región española”, peculiaridades locales aparte. Los catalanes deben escoger lo que prefieran.

Ciertamente, la creación de unas delegaciones políticas del Gobierno de la Generalitat se podía hacer con mejor o peor acierto. Pero la vocación internacional ha estado presente, de una manera u otra, en todos los gobiernos catalanes desde 1980 hasta ahora. Jordi Pujol hizo recaer el peso del reconocimiento del país en su fuerte personalidad, estableciendo vínculos personales con los grandes hombres de Estado del momento. Así, se ahorraba entrar en conflicto con la diplomacia española. Desaparecido Pujol de la presidencia, de aquella red personalista no quedó nada. Y el tripartito, que por razones obvias no podía seguir la misma estrategia de fundamentar el reconocimiento internacional en su presidente, inventó las delegaciones. En algunos casos lo hizo con errores de mucho calado –como colocar a Apel·les Carod en París–, pero en el resto de los casos lo hizo con aciertos notorios como en Berlín o Londres –Estruch o Solano–. Y abrió otra delegación en Nueva York gracias a la cual –y sobre todo con el ahora lamentablemente desaparecido Catalan Center dirigido por Mary Ann Newman– la cultura catalana existe y es reconocida en los mejores círculos de esta gran ciudad norteamericana, capital de la cultura internacional.

Incluso el hecho de que la política catalana en el extranjero esté en manos de Unió, dejando aparte que pueda significar un retroceso en la ambición para la que nació, estoy seguro de que tiene que ver con la conocida vocación internacionalista de Duran Lleida. Duran hace muchos años que teje su propia red de relaciones internacionales, vinculada a la Internacional Demócrata de Centro –antes Democracia Cristiana–, particularmente en Europa y en América Latina. Pocos políticos en Catalunya se han preocupado tanto y tienen una agenda internacional tan extensa. Y quizás sí que en algún tiempo eso tuvo que ver con el proyecto personal de un aspirante a ministro español de Exteriores. Pero el caso es que nadie tiene que explicar a Duran hasta qué punto es importante la diplomacia para cualquier país que quiera y pueda serlo. Si Unió acepta desmantelar las delegaciones, bien sabrá por qué razón lo hace y con qué consecuencias.

Así pues, la farsa de reivindicar el ahorro contra las delegaciones catalanas –denominadas “embajadas” con el objetivo de atribuirles una dimensión que no tienen– no se sostiene desde ningún punto de vista. En primer lugar, precisamente, por su modestia. Imputarles todo el presupuesto de las oficinas comerciales, culturales o de turismo es pura y simplemente un engaño. Las delegaciones se habían instalado en oficinas ya existentes. Y, en cualquier caso, si la preocupación fuera económica, como se sostiene con hipocresía cobarde, que se compare con cualquiera de los instrumentos de representación del Estado, con sus casi doscientas embajadas, miles de consulados o su Instituto Cervantes. Espero que algún día la prensa del país lo explique con todo detalle. Además, imputar el gasto de las delegaciones a algunos recortes de servicios sanitarios o educativos no sólo es una frivolidad, sino una desvergüenza. ¿Por qué no se contrapone el cierre de quirófanos al presupuesto para la programación teatral o a la publicidad institucional en los medios de comunicación públicos y privados? Aunque hacerlo, por supuesto, seguiría siendo una frivolidad y una desvergüenza. Al fin y al cabo, toda la acción exterior del Gobierno de la Generalitat –no tan sólo la de las delegaciones– del año que ahora acaba no llega ni a las dieciocho horas de expolio fiscal. Y para el 2012, no pasará de catorce horas de expolio. Es decir, el Gobierno dedicará a la internacionalización poco más de lo que el Estado roba a los catalanes en media jornada de su trabajo productivo.

Ya he dicho en otras ocasiones que no tengo demasiada idea de en qué va a consistir lo de la nueva transición nacional que anunció Artur Mas en plena campaña electoral del 2010. Sin embargo, sea lo que sea, no tendría ninguna credibilidad al margen de una política de internacionalización de la Catalunya-nación. Es decir, que prescindiera de una Catalunya con voz propia en el mundo entero. Porque sí, tiene razón al PP en su obsesión para quererlas cerrar: ser reconocido por el mundo es uno de los principales atributos de aquello que se entiende por soberanía. Y sí, este es uno de los objetivos fundamentales de cualquier proceso de emancipación nacional. De manera que puedo entender muy bien la voluntad del PP, a pesar del cinismo de sus argumentos. En cambio, no comprendo cómo el Gobierno de CIU se acomoda tan dócilmente a la presión.

Por Salvador Cardús i Ros

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