Concertación política como solución

El actual mosaico de fuerzas parlamentarias conduce a la conclusión de que existen solo dos caminos para afrontar la formación de un Gobierno capaz de solucionar los muy graves problemas con que nos enfrentamos hoy, una vez que el acuerdo del Comité Federal del PSOE impide pactar a este partido con quienes admitan la posible independencia de alguna parte de España y de que, a la recíproca, los miembros de Podemos en Cataluña y otras regiones impiden también acuerdos de este último partido con quienes no acepten sus respectivas consultas de independencia.

El primero de esos caminos es el de un Gobierno que, mediante un pacto más o menos extenso, cuente con el respaldo de las fuerzas políticas mayoritarias de centro e izquierda moderada, es decir, del PP, PSOE y C’s (253 escaños, frente a 176 para la mayoría absoluta), al excluirse extrema izquierda y nacionalistas. Ese Gobierno podría ir desde uno de gran coalición, formado por miembros de las diferentes fuerzas que suscribiesen el pacto, hasta otro exclusivamente monocolor, encabezado por el partido mayoritario e investido por la mera abstención de tales fuerzas políticas, sin pacto alguno de respaldo. Dos extremos de un intervalo que admite varias combinaciones posibles y muy distintos niveles de eficacia.

Concertación política como soluciónEl segundo camino es el de unas nuevas e inmediatas elecciones generales, pero como alternativa podría también plantearse una tercera vía consistente en un acuerdo entre PSOE y C’s con el añadido de IU. Sin embargo, incluso en la hipótesis de que C’s se embarcase en tan arriesgada aventura, resultaría bastante probable que esa vía quedase cerrada por el voto en contra de los partidos excluidos, es decir, de PP y de Podemos que, sin necesidad de concertarse para esa acción, votarían en contra para defender sus propios intereses. Sin duda la mera abstención de Podemos a la espera de tiempos mejores también podría dar el Gobierno a la coalición PSOE-IU-C’s. Incluso Podemos podría entrar también en esa coalición en el caso de que no funcionara o existiera la restricción señalada, pero entonces quizá fuese C’s quien saliera de la alianza, pues su futuro podría verse gravemente comprometido en tal compañía. En este último caso una simple abstención de C’s en lugar de votar en contra de la coalición PSOE-IU-Podemos no la entenderían muchos de sus votantes, pues significaría entregar el Gobierno a una coalición de izquierda no muy estable y que pronto sería dirigida por la fuerza más radical. Por eso, si no se pudiera llegar a la coalición o al mero pacto entre PP, PSOE y C’s, el camino casi ineludible terminaría siendo, antes o después, el de unas nuevas elecciones generales.

La verdad es que a los acuerdos entre PP, C’s y PSOE sólo se opone hoy la cerrazón poco inteligible del PSOE, que parece no estar dispuesto a concertar nada en que intervenga el PP, pese a ser la fuerza más votada. Los otros dos partidos parecen más proclives a tales acuerdos. Resulta ininteligible esa cerrada oposición del PSOE porque todas las otras alternativas conducen casi indefectiblemente a unas nuevas elecciones generales que, por su premura y proximidad, por la grave responsabilidad del PSOE en su convocatoria y por su propia y confusa situación interna actual, podrían conducirle a un desastre de dimensiones casi planetarias. Me recuerda esa negativa, salvando el tiempo transcurrido y la bien distinta calidad humana de sus protagonistas, a la posición inicial de este partido en el verano de 1977, cuando se intentaban los Pactos de la Moncloa. Se dice, quizá con fundamento, que solo la fuerza del partido socialdemócrata alemán, ejercida con medios muy persuasivos, logró que el PSOE dejase de estar en las nubes y aterrizase en la mesa de las negociaciones donde, por cierto, tuvo un destacado y brillante papel. Los Pactos de la Moncloa fueron la clave del entendimiento que permitió seguidamente alcanzar nuestra primera Constitución por consenso, la Constitución que ha propiciado la larga etapa de progreso y democracia que hemos disfrutado en España desde su aprobación.

Las materias de posible acuerdo, tanto para un Gobierno de gran coalición como para un mero pacto de legislatura, son muy amplias e importantes y comprenden tres núcleos interconectados. El primero se refiere a una posible reforma constitucional para un mejor acomodo entre las regiones españolas y el Gobierno central, siempre salvaguardando la unidad de la nación española y la soberanía del pueblo español en su conjunto. El segundo núcleo se refiere al crecimiento estable de la producción y a la disminución del paro que se generaría por las reformas de la estructura y dimensión del sector público y de la energía, la educación, las pensiones, la sanidad y la financiación autonómica, así como por el cierre y corrección de posibles problemas en la reforma del mercado laboral, del sistema financiero y del cuadro impositivo. El último de esos núcleos sería el de la reforma política, especialmente en lo relativo a corrupción, participación ciudadana, normas electorales y otras materias similares. Todas esas reformas componen un programa solo posible con un apoyo parlamentario muy amplio y que, sin duda, incorporaría definitivamente a España al núcleo de países más avanzados.

El procedimiento para el acuerdo podría pasar, como ocurrió en los Pactos de la Moncloa, por la elaboración de un documento en el que se contuviesen las bases del mismo, sometiéndolas al debate de las fuerzas políticas que finalmente lo suscribiesen. El acuerdo debería alcanzarse antes de que una nueva convocatoria electoral resultase inevitable. Poco menos de dos meses duró todo ese proceso en 1977 y eso, como mucho, podría durar también ahora. Por otra parte, ese programa no debería limitarse a garantizar un par de años de Gobierno estable sino abarcar los cuatro de toda la legislatura, para que pudiesen apreciarse adecuadamente sus resultados. En cuanto a la forma de articular su ejecución, la mejor sin duda sería la de una gran coalición de Gobierno y la más débil la de un mero pacto de legislatura que respaldase las actuaciones de un Gobierno monocolor. Frente a estas dos opciones, un Gobierno apoyado exclusivamente por el partido mayoritario (PP), pero sin pacto alguno de legislatura e investido solo gracias a la abstención de las otras dos fuerzas políticas (PSOE-C’s) terminaría rápidamente en unas nuevas elecciones, al no disponer del apoyo parlamentario exigido por los cambios y reformas comentadas y de las que depende el porvenir de nuestro país en las próximas décadas, que es lo que realmente nos jugamos en estos momentos.

El coste de no alcanzar un extenso acuerdo sería inconmensurable para España. Nuestra recuperación económica se encuentra todavía en una primera etapa y necesita consolidarse en un mundo que puede sufrir algún episodio adicional de crisis en los próximos meses. El paro todavía no se ha resuelto aun cuando se encuentre en vías de clara mejoría y la forma de abordar racionalmente este grave problema tiene que ser principalmente la del crecimiento de la producción. La reforma constitucional y la política deberían ser resueltas con un consenso amplio entre las fuerzas políticas de centro y de izquierda moderada, dejando la puerta abierta para que se sumasen las restantes fuerzas políticas que quisieran hacerlo. Igual ocurre con las reformas económicas estructurales, en donde no existen demasiados márgenes para cambios distintos a los planteados por la Unión Europea y otros Organismos internacionales.

¿Por qué no un Gobierno de gran coalición o, al menos, un amplio pacto de legislatura entre las fuerzas políticas que coincidan en lo referente a la unidad de España? Cuando he formulado esta pregunta algunos me han respondido con ironía que porque no somos alemanes o habitantes de otros países de Europa que han utilizado con éxito distintas fórmulas de concertación política. Pero quizá olvidan que nuestra transición a la democracia se hizo, en medio de muchas y más graves dificultades que las de hoy, gracias a los pactos, a los acuerdos y al respeto mutuo de personas y fuerzas políticas, como directamente pude comprobar por aquellas fechas en multitud de ocasiones. Si ahora no lográsemos hacer lo que entonces hicimos, no sería por el carácter de los españoles sino por la incapacidad, la agresividad y quizá la soberbia de algunos de nuestros líderes políticos.

Manuel Lagares es catedrático de Hacienda Pública y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

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