Conciencia individual y colectiva

Claro que fuimos a votar. Fue mucho tiempo el que hubo que esperar a que llegase la posibilidad de hacerlo, demasiadas vidas las inmoladas en el empeño, excesivo número de años los perdidos en diversas prisiones y exilios. Sin embargo, al final, la democracia llegó ella sola y el ferrolano murió en la cama, en un baño de sangre, sí, pero en la cama, acogido a la sombra vivífica del manto de la virgen del Pilar y, al menos así es de suponer, cogido del brazo incorrupto de Teresa de Ávila, aquella mujer de pelo en pecho, que diría un viejo profesor muy amante que fue de las mujeres bravas e indomables. El caso es que el ferrolano se murió en la cama y nos legó el nivel de renta per cápita por debajo del cual las democracias no funcionan o lo hacen con muchas dificultades.

Fallecido el ferrolano, sus diputados en cortes se hicieron el haraquiri, se inmolaron en aras de la esperanza común y aún no se lo agradecimos bastante. Tanta lucha, tanto exilio, tanta prisión, tantas muertes, disparate tanto, habían servido para cocinar el caldo de cultivo en el que fermenta la conciencia ciudadana. Hasta ellos mismos estaban convencidos de que aquello tenía que cambiar. Y cambió. Pero se nos olvidó considerar que muchos de los cientos de miles que asistieron al entierro del general bajito estuvieron también en la manifestación que se dolía por las muertes de los abogados asesinados en su despacho de Atocha; es decir, nos olvidamos o no tuvimos demasiado en cuenta que la gente es siempre la misma y que solo se decide al cambio cuando las cosas no cambian durante demasiado tiempo o lo hacen demasiado rápido. La gente siempre es la misma. Por eso, a pesar de que las esperanzas se estiren, al final se acaba por afrontar el intento de mejorar la realidad y convertirla en algo más habitable.

Así, todo empezó a mejorar. Nos dotamos de infraestructuras viarias que llevábamos siglos reclamando; construimos auditorios y casas de cultura cuantas quisimos; trajimos (casi siempre con dinero público) los mejores cantantes y grupos musicales del momento internacional para que actuasen ante nosotros; en alguno de nuestros pequeños países españoles se rodaron más películas en un año que en pequeños y florecientes estados como Dinamarca; mejoramos nuestra oferta turística y empezamos a disfrutarla nosotros mismos; hicimos de nuestro sistema sanitario uno de los mejores del mundo, si no el mejor; la investigación científica empezó, por fin, a funcionar y la enseñanza pública consiguió que el nivel académico colectivo medio de los españoles fuese el más alto de todos los habidos hasta ahora y así hasta colmar las mayores esperanzas de forma que las gentes nacidas en la inmediata posguerra vieron mejorar su condición ciudadana, desde el mismo momento de su nacimiento, minuto a minuto, casi hasta ahora mismo.

Sin embargo se nos olvidaron algunas cosas. Subimos el nivel académico medio colectivo, sí, pero bajamos la guardia y bajó el nivel medio individual. Se nos pasó por alto que de las situaciones cómodas no suele salir nada bueno y nos olvidamos de la pedagogía del esfuerzo. Gastamos el dinero público a manos llenas. Se nos fue en subvenciones, sueldos y comisiones que sirvieron para anestesiar a una elite cultural que hasta entonces había sido combativa; se diluyó en viajes internacionales, no ya de los presidentes autonómicos, sino de los alcaldes de las pequeñas villas y pueblos que salpican la geografía patria; lo empleamos en mejorar plazas y jardines, pero se nos olvidó crear un tejido industrial fuerte, asentar nuestras empresas, limitar la alta especulación financiera de nuestros bancos, consintiendo que su principal función social, la de generar crédito que permitia a las empresas afrontar los años de vacas flacas, pasase a formar parte del pasado. Poco a poco, todo se fue deteriorando en la que se afirmaba como la novena economía del mundo. Y nos falló la conciencia individual por muy crecida que tuviésemos la colectiva.

Ahora hemos vuelto a votar, pero con eso no hemos arreglado más que nuestra conciencia democrática. Ahora es el momento de que la suma de las conciencias individuales patentice la necesidad del cambio y de que todos los males cuya existencia solemos ubicar en los políticos empecemos a reconocerlos en nosotros mismos, no porque ellos no tengan culpa de lo sucedido, que la tienen, unos y otros, sino para que una vez reconocida también en nosotros podamos exigir que los políticos se vean impelidos a su condición de servidores públicos desertando de la casta en la que se han convertido. Sólo así podremos seguir votando sin la cabeza humillada.

Es necesario reformar las leyes hasta acomodarlas a las necesidades de la sociedad actual, tan distinta de la de hace 30 años. Pero es imprescindible que el sistema de valores que se ha impuesto en los últimos lustros sea reformado y reconducido a los necesarios límites de compromiso individual. A no ser que queramos que ese nivel medio de renta per cápita se venga abajo y con él el debilitado tejido democrático que ahora nos sustenta.

Por Alfredo Conde, escritor.

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