Confesiones de un condenado

Por Predrag Matvejevic, escritor croata, profesor de Estudios Eslavos en la Universidad de Roma. Autor de Breviario mediterráneo, su último libro publicado es El Mediterráneo y Europa (EL PAÍS, 26/04/06):

Después de la caída del muro de Berlín y de los cambios que le sucedieron, nadie creía que las “transiciones” de la Europa del Este pudieran durar tanto tiempo sin convertirse en verdaderas “transformaciones”. Quizá habría que distinguir mejor los dos términos: la transición indica un camino incierto por recorrer, mientras que la transformación presenta resultados conseguidos. Ya en los primeros años de mi emigración encontré el término democradura para definir el estatuto de aquellos países que se estaban liberando con dificultad del yugo soviético. La palabra se emplea a menudo en algunos de estos países.

Es fácil proclamar la democracia e introducirla en los documentos programáticos o constitucionales. Esto desde luego no basta para eliminar el legado de formas diferentes de presión o condicionamiento de los regímenes totalitarios. Casi en todas partes se ha creado un híbrido que tiene a la vez características de la dictadura y la democracia. Son aspectos variados que se contradicen en la forma y en el contenido, donde verdad y justicia no se pueden conjugar: el fenómeno da origen a todo tipo de crisis diferentes, y también de conflictos.

Lo hemos oído y observado desde el principio de las reprobables guerras de los Balcanes. En un grupo bastante reducido, poco proclive a las mitologías nacionalistas, tratamos de evitar la tragedia que se anunciaba. Algunos de nosotros creíamos que Yugoslavia (todavía sin el prefijo “ex”) estaba bastante más avanzada que los países del Este sometidos a la Rusia estalinista. El Estado multinacional yugoslavo se parecía en algunos aspectos a la Comunidad Europea y tenía algunas probabilidades de ser acogido en ella antes que los demás. Recuerdo el momento en que Jacques Delors se reunió con los representantes de los nuevos gobiernos nacionales, y prometió una ayuda sustancial de la Comisión Europea para propiciar la reforma de Ante Markovic. Aquella promesa no fue aceptada ni por Milosevic ni por Tudjman. Los nacionalismos tomaron la delantera y se impusieron. Y nosotros, los disidentes, fuimos expulsados, por considerársenos “traidores” de nuestras correspondientes nacionalidades.

El trabajo crítico se impidió entonces o se volvió peligroso. Después de escribir algún texto sobre los nuevos “señores de la guerra”, que publiqué primero en Francia, se realizaron algunos disparos sobre mi buzón, a los que sucedió una inscripción amenazadora: “Cerdo yugoslavo”. Por poco que sea, ser yugoslavo era en aquel entonces la peor acusación. A un escritor que quisiera conservar un mínimo de libertad no le quedaba otro remedio que tomar el camino del destierro, de ese “destierro liberador” del que hablaba Kundera. He definido mi posición de forma algo distinta: estar “entre asilo y exilio”. Probablemente tuve más suerte que la mayoría de mis colegas, pues fui acogido primero en Francia, en la Sorbona y el Collêge de France, y luego en la Universidad de Roma donde enseño desde hace ya 11 años. Mi padre, emigrado desde Rusia, me transmitió entre otras cosas el uso del idioma francés, que se hablaba en su familia desde el tiempo de los zares; y eso me proporcionó un instrumento para escribir y enseñar, útil en la emigración.

Sin embargo, no he dejado de observar lo que ocurría en la ex Yugoslavia. Fui a Sarajevo durante el asedio de aquella ciudad, y a Mostar, mi ciudad natal, justo después de la destrucción del Puente Viejo. Pude dar testimonio de ello ante un público internacional, y suscité una feroz desaprobación por parte de los responsables de aquellos crímenes. No citaré aquí las palabras ultrajantes que acompañaron a aquella reacción.

Volvamos a la democradura relacionándola con la condena a cinco meses de prisión que me infligieron recientemente. Ésta tuvo su origen en la narración de un viaje a Bosnia-Herzegovina, publicado en Zagreb y titulado Nuestros talibanes. En él se hablaba de los intelectuales que habían sembrado la discordia e incitado al odio. Propuse la fundación de un tribunal de honor que se pronunciara sobre aquella forma de colaboración con el crimen. No oculté el nombre de los culpables. Uno de ellos, poco conocido y todavía menos estimado, me demandó en Zagreb, debido al empleo del término “talibanes”. El tribunal emitió la sentencia. No quise apelar para no legitimar un proceso semejante. Ya había luchado en primera persona, bajo los regímenes anteriores, contra los “delitos de opinión” por los que fueron perseguidos Sajarov, Havel, Brodsky, Solzhenitsyn, Michnik y tantos otros escritores, publicistas y políticos.

Como quiera que sea, aquel proceso, que duró tres años y medio (!), ha tenido en resumidas cuentas consecuencias positivas. En la capital croata se ha percibido una vaga protesta: han tomado parte en ella la asociación de periodistas, los “Reporteros Sin Fronteras” y el PEN Club croata, una de las dos asociaciones de escritores. Incluso el primer ministro ha expresado discretamente su contrariedad. Una democracia naciente, todavía titubeante, ha presentado batalla a una democradura insensible y arrogante: ya veremos en qué acaba.

El fenómeno puede tener quizá también un sentido que va más allá del acontecimiento puntual. Recientemente hemos asistido, casi al mismo tiempo, a un caso semejante en otro país que se dispone a entrar en la Unión Europea: en Turquía, mi colega Orhan Pamuk ha sido citado a un juicio y luego rápidamente liberado gracias a una intervención gubernamental. La prensa internacional nos ha defendido; en otra época, eso habría puesto nervioso al poder y lo habría endurecido. En Francia, también nuestros editores se han afanado por buscar un apoyo oficial de este país a nuestro favor; en otra época, también esto habría tenido el efecto contrario. En el momento más crítico, el Instituto Francés de Zagreb presentó mi libro El Mediterráneo y Europa y nadie se opuso. También esto habría sido antes inimaginable, tanto en las “democracias socialistas” del Este como en la “Yugoslavia autogestionada”. Estos días he cruzado la frontera, en el momento en que la condena había sido declarada “ejecutiva”, y nadie me ha molestado. A los amigos extranjeros que se preocupaban y ya me veían en la cárcel, les he podido contestar: “Tranquilizaos, aquí todavía no hay democracia”. También la democradura puede servir para algo.