Confianza o sospecha

En la mitad del siglo pasado aparecía en Francia un grupo de escritores, agrupados bajo el título «la nueva novela». La obra de uno de los miembros del grupo, Nathalie Sarraute, lleva por título «La era del a sospecha». En el mismo contexto cultural años después P. Ricoeur acuña la expresión « maestros de la sospecha » para encuadrar bajo ella a los pensadores del siglo XIX y comienzos del XX que sometieron a crítica radical la cultura y los valores vigentes. Feuerbach realiza la crítica de la teología; Nietzsche, de la moral, y Freud, frente a tantos proyectos de razón pura, voluntad pura, sensibilidad pura (Kant, Cohen…), quita el velo para identificar los abismos de impureza que pueblan los sótanos del corazón humano. Estas sospechas no anularon las realidades esenciales de la vida humana; las purificaron de mucho lastre de mal pensamiento, mala fe, mala acción.

Entretanto, los antropólogos y psicólogos habían mostrado que el ser humano, a diferencia del animal, en su desvalimiento original nace del todo remitido al acogimiento y atención que le otorguen los demás. Las caricias de los primeros meses y la atención de los primeros años forman la trama y urdimbre sobre las cuales se apoya la vida creciente. Ese apoyo en el otro se explicita como confianza y no para momentos aislados, sino como confianza fundamental ( Grundvertrauen). Ella es en el orden del espíritu para cada uno lo que en el orden de la naturaleza son para la humanidad el cielo y la tierra, el techo y el suelo sobre los que nos apoyamos. Ellos convierten la vida en una evidencia, que no necesitamos cada uno fundar a cada momento. Confianza en lo que nos da origen, sostiene, acompaña y espera. Eso es ser hombre.

¿Cuándo se pierde la confianza y se invierte en sospecha? Cuando las personas, realidades o instituciones a las que uno se había confiado muestran su incapacidad para sostenernos, como resultado de un fallo, infidelidad, engaño, ocultamiento o traición personal. Comenzamos entonces a dudar, porque barruntamos que algo no está en orden, que la verdad se nos ha ocultado, que hay por medio intereses oscuros, que las personas a quienes nos habíamos confiado no son de fiar. Aparecen entonces uno tras otros la suspicacia, el rencor, el rechazo, el odio. El final es una situación donde la integración es sucedida por el distanciamiento y la colaboración, por el individualismo, en una especie de retirada de la responsabilidad comunitaria al sálvese quien pueda. A la cohesión sigue la disgregación.

¿No es esta la situación de España? Del gozo confiado en los decenios inmediatos a la Constitución de 1978 hemos pasado a la puesta en duda de la historia anterior o a la memoria glorificadora de ciertos momentos de esa historia, a la desaparición del horizonte de un proyecto español, que en la diversidad unificara los empeños y esperanzas de todos, a una disgregación de regiones, grupos y propuestas, que no enriquecen la unidad en la diversidad, sino que se empeñan en afirmarse en la distancia y en la ruptura. Pareciera que al viejo principio de que la unidad hace la fuerza, unidad especialmente necesaria ante los proyectos de la Unión Europea y de la globalización, le hubiera sucedido un nuevo principio: cada uno por separado es más eficaz y solo él puede defender lo propio.

¿Por qué hemos pasado del régimen de confianza generalizada al régimen de sospecha generalizada? Porque han ocurrido cosas demasiado graves, que han depauperado, herido y ofendido la buena voluntad de quienes habiendo confiado en sus dirigentes se han visto expoliados y traicionados. Hechos manifiestos: cinco millones en paro; corrupción de individuos con autoridad pública y de instituciones; falta de control por parte de los encargados de él; cesión ante poderes o instancias de rango superior; impunidad manifiesta de hechos gravísimos; no defensa de una legalidad que se ve públicamente preterida y no se hace nada frente a ella; plegamiento de los grandes partidos políticos a minorías parlamentarias para permanecer en el poder con detrimento en muchos casos del bien común y un desdibujamiento de la Constitución; pederastia en la Iglesia; ausencia de una palabra de verdad, ilusión y fortaleza por parte de la inteligencia y la universidad; la justicia rápida y manifiesta para pequeños delitos y la dilación inacabable para los grandes desfalcos; jueces que luchan entre sí por el prestigio publicitado; grupos de información y periódicos que son muy críticos derramando hiel en los temas de cultura, ética y religión que no se pueden volver contra su poder pero que, mansos y cariñosos, derraman miel con los grandes grupos económicos, y que por ejemplo no dicen una sola palabra cuando ciertos responsables de bancos en quiebra se van a su casa con una indemnización de ochenta o más millones de euros dejando en la pobreza a tantos laboriosos y medianos ahorradores.

No podemos ocultar los hechos, ni trivializarlos ni sublimarlos en favor de futuras utopías. La confianza solo se recuperará con la verdad puesta sobre la mesa, con el castigo de los culpables, con la devolución del dinero robado o apropiado por vías ilegales. No valen las meras respuestas formales. Muchas cosas habrán podido ser legales, pero no pueden ser consideradas morales. Y cuando una persona, institución o nación entra en crisis profunda hay que salir de lo formal, de lo virtual, de lo administrativo inmediato a las verdades reales, que devuelven la justicia y la dignidad a los afectados. ¿Quién nos asegura que ante tales hechos de falta de trabajo, sentimiento de haber sido traicionados, pérdida de ahorros, comprobación de desfalcos y ERE fraudulentos en instituciones públicas, no sobrevenga un estallido social de consecuencias imprevisibles?

¿Cómo superar esa situación que nos pone ante el abismo? No podemos negar los hechos ni sucumbir a una ingenuidad mortal. Tampoco podemos pasar de la sospecha y rechazo legítimos a una suspicacia permanente y a la negación de la colaboración. En tal situación lo primero es la necesidad de que los poderes públicos ofrezcan una información veraz y permanente a la luz de la cual recobren nuestra adhesión y puedan exigirnos colaboración. Luego la clarificación de responsabilidades; la trasparencia en los números; la independencia de la justicia y la honestidad profesional. Es necesaria una regeneración de las personas, de los grupos, de las instituciones. Cada sujeto en su lugar debe considerarse responsable único, creer en su propia dignidad, aguantar su lote de esfuerzo y aportar esperanza. Una vez hecho esto, otorgar confianza a quienes gobiernan, siendo conscientes de los múltiples aspectos de la gobernación, interiores y exteriores, que escapan a su competencia jurídica en unos casos y profesional en otros. Hecho esto, al régimen de sospecha y suspicacia generalizadas debe suceder el régimen de confianza y colaboración.

Olegario González de Cardedal, teólogo.

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