Confianza y voluntad política

El próximo 20 de diciembre millones de españoles acudiremos a las urnas. La gran mayoría se informa, fundamentalmente, en los medios de comunicación y muy pocos leyendo los programas electorales. Sólo el 0,2% -según un estudio reciente de Sigma2- se cree las promesas electorales. Cabe concluir, por tanto, que una parte importante de la confianza se deposita más en la firmeza de la voluntad que en la retórica de las palabras.

La confianza es un valor frágil. Es como un papel en blanco que cuando se arruga, por más que lo planches, jamás vuelve a su ser liso y sin marcas. Esa y no otra es la razón del desafecto con el bipartidismo en este ciclo político. Demasiadas veces prometieron e incumplieron. Desde los 3,5 millones de empleos que prometía Rajoy en 2011, cuando ha destruido más de cien mil (107.600 ocupados menos en la EPA del tercer trimestre de 2015 respecto al mismo de 2011), a los 180.000 empleos que prometió Susana Diaz antes de ver superar el millón de desempleados en Andalucía, algo que prometió que nunca volvería pasar (cuando bajó del millón de parados, era gracias a ella, cuando lo ha vuelto a superar, la culpa será de Madrid). Tanto el PP como el PSOE prometen cambio cuando están en la oposición, pero cuando gobiernan lo único que cambian son sus programas.

En esta tesitura, en la que los ciudadanos presos de la trampa de la elección por confianza depositan un cheque en blanco, la única garantía es la nitidez de la voluntad política de los aspirantes a dirigir el país. Y es que no se engañen, es cuestión de voluntad política cuadrar un presupuesto con la gente dentro. Y la voluntad no es solo deseo -parar los desahucios, acabar con los barracones escolares o las listas de espera- sino también decisión y valentía.

Por eso el 20D votamos voluntades políticas. Voluntad política que debe ser libre de actuar –lo que descarta a partidos políticos presos de sus deudas con los bancos- y tenaz para revertir años de políticas en favor del IBEX.

Una voluntad que se demuestra, por ejemplo, cuando la medida más votada del programa de Podemos es, precisamente, que el programa sea de obligado cumplimiento, medida que convierte las promesas en compromisos. Voluntad política que queda demostrada también con cada mensualidad limitada a tres salarios mínimos. En lugar de una promesa de campaña -compartida por muchos otros partidos- un hecho cumplido solo por Podemos.

Por eso pensamos que tras estas elecciones es tiempo de garantizar constitucionalmente una gobernanza que transcienda la lógica del cheque en blanco y nos lleve a la era del control ciudadano (la sospecha colaborativa, en términos del sociólogo italiano Gambetta). No debiéramos tener que confiar ciegamente en los gestores de lo público –y eso son los políticos-, debiéramos poder destituirlos cuando no cumplen con sus promesas. Esto no es más que acercar las condiciones laborales de los políticos a los ciudadanos, los cuales no gozan de cheques en blancos y son permanentemente auditados en sus empleos. Nuestra propuesta al respecto es clara, desarrollo de una auditoría obligatoria del programa electoral a los dos años de mandato.

Antonio Mutti decía que la confianza está a caballo entre la esperanza (como una fe sin evidencias) y la certeza (como una evidencia que no precisa fe). Este 20D muchos acudiremos a las urnas con ilusión y esperanza, estaremos eligiendo abrir la puerta a un nuevo ciclo de certezas.

Sergio Pascual es secretario de organización de Podemos.

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