Conflicto en Palestina

Tierra Santa se debate entre la guerra y la paz. El conflicto israelo-palestino está en una fase crucial tras el desmantelamiento de las colonias judías en Gaza. Mario Vargas Llosa recorre los escenarios de la crisis y se reúne con sus protagonistas (EL PAÍS, 02/10/05):

1. El plan secreto de Ariel Sharon:

No sé cuántos israelíes me contaron que al primer ministro Ariel Sharon su madre lo arrulló de niño cantándole al oído este estribillo: “Desconfía siempre de los árabes”. Y que esa enseñanza materna ha sido hasta ahora la espina dorsal de su política. En cambio, parece haber renunciado a otro precepto que hasta hace poco tiempo guiaba también su conducta pública: la construcción del Gran Israel, un Estado judío de contornos bíblicos que incluiría la Franja de Gaza y los territorios ocupados (a los que él siempre llamó Judea y Samaria). Por eso, fue el gran propulsor de los asentamientos de colonos que se han multiplicado como hongos por Cisjordania, el más encarnizado adversario de los acuerdos de Oslo (1993-1995) entre el Gobierno de Isaac Rabin y la OLP de Arafat y quien más obró para que fracasaran.

¿Qué llevó al Ariel Sharon que dirigió la invasión de Líbano de 1982 y que con su célebre paseo por la Explanada de las Mezquitas, de Jerusalén, provocó la segunda Intifada o levantamiento armado de los palestinos, a anunciar, de pronto, que Israel se retiraba de Gaza y cerraba los 21 asentamientos de colonos de allí y otros 4 de Cisjordania? ¿Qué determinó esa mudanza que, de la noche a la mañana, convirtió a Sharon en un “traidor” para un importante sector de la derecha israelí que antaño lo idolatraba y en un inesperado aliado de moderados y pacifistas que hasta ayer lo consideraban su bestia negra?

Se lo he preguntado a decenas de israelíes y palestinos y las respuestas rara vez coincidían. Desde que fue una iniciativa para cancelar la investigación judicial que tenía abierta por tráficos de influencia y de corrupción -“¿Cómo se atrevería ahora el Fiscal general a enjuiciar como corrupto a un estadista al que el mundo entero aplaude y al que apoyan dos tercios de los israelíes?”- hasta una manera de conjurar las expectativas que despertaron en la opinión pública internacional los Acuerdos de Ginebra firmados hace un par de años por un prestigioso grupo de palestinos e israelíes encabezado por los ex ministros Yossi Beilin y Yasir Abed Rabbo (ambos tuvieron un papel importante en las negociaciones del año 2000 en Camp David y en el balneario egipcio de Taba en 2001).

Práctico y realista

“Sharon es un hombre práctico y realista”, me dice su antiguo adversario y ahora aliado y vice primer ministro de Israel, el líder del Partido Laborista Simón Peres. “Las razones no importan. Importa que lo haya hecho. Es un paso hacia la paz y por eso lo apoyo. Dentro de un tiempo, habrá negociaciones para una solución global y definitiva con los palestinos”. Con sus 82 años magníficamente llevados, y los sesenta de vida política, Simón Peres es ya más que un hombre público: una reliquia, un mito, el último de los grandes pioneros sionistas que se mantiene en el primer plano de la actualidad. Es un hombre fino, amable y con buenas lecturas con quien, hace diez años, nos pasamos un par de horas en una terraza de Jerusalén hablando de Flaubert. Cuando le digo que he oído a algunos de sus compañeros de partido criticarlo con severidad por su alianza con Sharon, algo que, creen ellos, puede destruir al laborismo y dejar la vida política de Israel convertida en un monopolio de la derecha, su respuesta es tajante: “La paz es más importante que el Partido Laborista”. Si no tuviera la seguridad absoluta de que se ha abierto una nueva perspectiva de paz “seria”, no estaría en el gobierno. Cuando le pregunto si ese acuerdo israelí palestino en el que tiene tanta fe se sustentará más o menos en los lineamientos que figuran en los Acuerdos de Ginebra de octubre de 2003, se ríe: “Ese documento es poesía. La paz con los palestinos tiene que ser escrita en prosa”. Desde su despacho se divisan los rascacielos que han brotado por doquier en Tel Aviv, ciudad emblema del enorme progreso económico del país. “Sí, Israel ha prosperado mucho”, reconoce, sin alegría. “Pero las desigualdades y los contrastes entre ricos y pobres son ahora enormes”.

Su optimismo sobre la iniciativa de Sharon es compartida en Israel, sobre todo, por la gente de izquierda, de partido o independientes, y por escritores e intelectuales que han dedicado buena parte de su vida a luchar por la paz, como David Grossman y Amos Oz. Con el primero conversé en un café de Jerusalén que, años atrás, fue víctima de un atentado terrorista que lo destruyó. Entonces, se llamaba Momentum. Ahora, reconstruido, ha sido rebautizado Restobar y está repleto de gente joven. Es uno de los pocos sitios de Jerusalén donde la presencia de los religiosos -que yo no recordaba tan abrumadora- brilla por su ausencia. “Ha sido algo inesperado, de alguien que jamás nos hubiéramos imaginado”, dice Grossman. “Pero es una iniciativa que va en la buena dirección y hay que apoyarla. Ha ocurrido en un periodo en el que las perspectivas parecían negras para la paz”.

Y Amos Oz, a quien conocí treinta años atrás, cuando era todavía un kibutznik del kibutz Julda, donde trabajaba medio día con sus manos y el otro medio día escribía novelas, me explica: “Esto es el surrealismo israelí. Sharon, de quien decíamos ‘Si alguna vez sube al poder, habrá que huir de Israel’, es por el momento la esperanza para la solución del conflicto. Los pacifistas no tenemos más remedio que defenderlo de sus compañeros del Likud, que son capaces de reemplazarlo como jefe del partido por Benjamín Netanyahu, que lo acusa de haberse pasado al enemigo. Quién hubiera imaginado nunca que la lucha por la paz con los palestinos pasaría en algún momento por Ariel Sharon”.

Premio Goethe

Conversamos en su departamento luminoso y repleto de libros en varios idiomas, de las afueras de Tel Aviv, donde pasa parte del año; los otros meses vive en el desierto, no lejos de Beersheva, en cuya universidad da clases desde hace varios años y donde se aísla para escribir, escabulléndose de las servidumbres del éxito (Acaba de recibir el Premio Goethe, en Alemania). Él también cree que, a partir de la evacuación de Gaza, hay un movimiento en marcha que puede conducir a un acuerdo con los palestinos. “Ahora, por primera vez, los judíos y los árabes han terminado por aceptar la idea de que en esta tierra habrá dos Estados independientes. Puede ser que a muchos no les guste la idea, que la admitan con amargura y tristeza. Pero todos han comprendido que no hay otro remedio. Ése es un gran paso hacia un acuerdo que, tarde o temprano, será realidad. Habrá un Estado israelí y otro palestino. No sé por qué Sharon lanzó esa iniciativa. Lo que cuenta es que ha abierto un proceso. Hay que mantenerlo vivo y no dejar que se vuelva a detener”.

Amos Oz es uno de los escritores de nuestro tiempo comprometidos, en la acepción que dio al término Jean Paul Sartre, en los años cincuenta: un escritor para el que escribir es, al mismo tiempo que un empeño artístico, una responsabilidad cívica y moral. Sus ensayos y sus novelas reflejan la problemática israelí y son a menudo severos requisitorios contra los abusos y los crímenes causados por la ocupación de Gaza y los territorios ocupados, así como una permanente defensa del carácter laico del Estado de Israel para que conserve su naturaleza democrática, en contra de los extremistas ultra ortodoxos que quisieran imprimirle un sesgo religioso. “Los religiosos nacionalistas instalados en los asentamientos de Cisjordania que sueñan con el Gran Israel son peligrosísimos”, afirma. Amos Oz sigue siendo sionista y ve con escepticismo la postura de los israelíes que, como la periodista Amira Hass o el historiador Ilan Pape, piensan que en la idea sionista -un Estado sólo para los judíos- está la raíz de los problemas, la fuente de la xenofobia, el racismo y el nacionalismo que son obstáculos insuperables para un acuerdo, y defienden un Estado laico y binacional para palestinos e israelíes. “Tal vez, muy lejos, allá en el futuro. En lo inmediato, es una utopía. Me hicieron esa pregunta una vez, en Oslo. Yo, a mi vez, les pregunté: ‘¿por qué Noruega y Suecia que tienen tantas cosas en común no forman un solo país? ¿Para qué dos?’ Y entre esos dos países no hay ni sombra del contencioso de violencia, sangre, odio y resentimiento que marcan el conflicto palestino israelí. Por ahora, luchemos por el reconocimiento de un Estado palestino por parte de Israel. Eso es lo realista. Después, ya se verá”.

Todas las estadísticas dicen que la evacuación de Gaza y de los cuatro asentamientos de Cisjordania cuenta con el apoyo mayoritario de los israelíes. Pero en las dos semanas que yo pasé allá vi millares de cintas color naranja prendidas de los automóviles, manifestando la solidaridad con los colonos, y muy pocas de color azul, el color de quienes apoyaban la evacuación. Esto no quiere decir que las estadísticas mientan sino, probablemente, que los colonos y sus partidarios, toda la extrema derecha israelí, es mucho más militante que el sector moderado y que sentirse “traicionados” por el líder del Likud al que llevaron con sus votos al poder los ha puesto bravos, como a un toro de lidia las banderillas y la pica.

También entre los palestinos encontré a algunos dirigentes políticos esperanzados con que la evacuación de Gaza culmine en un acuerdo integral. Nabil Amr, ex ministro de Información de la Autoridad Palestina, y severo crítico de Arafat a quien los miembros de las Brigadas de Al Aqsa, una facción de Al Fatah, intentaron matar, me dice, en su elegante casa de las afueras de Ramalla donde vive protegido por una coraza de guardaespaldas: “Es un desarrollo muy positivo. Es la primera vez que Israel hace algo semejante. Debemos aprovechar esta oportunidad. El factor decisivo, a mi juicio, ha sido el presidente Bush, quien ahora debe seguir presionando a Sharon. Las condiciones son mejores que en el pasado para una negociación. La Autoridad Palestina hace esfuerzos para disminuir la corrupción que proliferó bajo el dominio de Arafat. De este modo recuperaremos el prestigio perdido. La gente no va a Hamás por razones religiosas, sino por desesperación, por falta de trabajo, por hambre, por la claustrofobia que le producen la ocupación y los asentamientos. No queremos un Estado islamista. En la actualidad, somos el país más libre de todo el mundo árabe. El Estado Palestino será una democracia secular y pluralista”.

Nacionalismo laico

Pero otros, como la diputada Hanan Ashraui, el doctor Haidar Abdel Shafi, padre del nacionalismo palestino laico, y Yaser Abed Rabbo, no creen que Ariel Sharon tenga la menor intención de completar la evacuación de Gaza con una negociación más o menos inmediata. La iniciativa del primer ministro israelí les parece una manera de ganar tiempo, por razones de política interna, o una maniobra de distracción para reforzar la ocupación de Cisjordania. El carismático doctor Mustafá Barghouti, secretario general de la Iniciativa Nacional Palestina, o Al Mubadara, un partido político del que fue también fundador Edward Said, cree que lo de Gaza es “una mera concesión táctica de Sharon. Ni siquiera es una verdadera retirada de la Franja, pues Israel mantiene el control de las fronteras terrestres, del espacio aéreo, del espacio marítimo, y de las fuentes de agua, de modo que puede seguir asfixiando a la población, impidiéndole trabajar, exportar, conectarse con los territorios palestinos de Cisjordania, y, si lo quiere, matarla de sed”.

“Por otra parte”, añade, “qué estupenda operación de relaciones públicas ante el mundo entero. Esos colonos desgarrados de la pena por tener que salir de sus lindas casas y floreados jardines, llorando y rezando abrazados a los soldados israelíes, que también lloraban y rezaban. ¡Qué espectáculo conmovedor! Y, ahora, resulta que Ariel Sharon se volvió un pacifista, un gobernante valeroso que se enfrentó a los fanáticos de su país y se ganó la admiración del mundo entero. ¡Qué pantomima!”.

¿Quién tiene razón? ¿Es la evacuación de Gaza el principio del fin de la ocupación israelí de los territorios que conquistó en 1967, en la guerra de los seis días, o, gracias a ella Sharon reforzará su dominio colonial de Cisjordania, retrasando hasta las calendas griegas una negociación en la que nunca creyó porque desde la cuna le enseñaron que no se puede confiar en los árabes?

Quien me parece acercarse más a la posible verdad es Shlomo Ben Amí, que fue ministro de Relaciones Exteriores del Gobierno de Ehud Barak. Estuvo en las negociaciones de Camp David y Taba, y se apartó del partido laborista cuando éste se alió a Sharon. Siempre fue un hombre de paz y es, además, una de las cabezas más lúcidas a la hora de analizar las perspectivas después de la evacuación de Gaza. No cree que a este hecho seguirá una negociación porque, dice, ni Sharon ni la opinión pública en Israel están a favor de ella. Por el contrario, una mayoría de israelíes piensa ahora, a diferencia de lo que pensaron cuando Oslo y cuando las negociaciones de Camp David, donde Arafat rechazó la oferta más amplia que hizo nunca Israel -devolver 97% de los territorios ocupados y compartir la administración de Jerusalén donde podría funcionar la capital del Estado palestino- que la solución definitiva del conflicto vendrá a través de decisiones unilaterales de Israel, como en Gaza. “Sharon ha renunciado a su sueño del Gran Israel y se resigna a la idea de un Estado palestino. Pero no será un Estado negociado. Será un Estado que imponga él a los palestinos, en unas condiciones tales que ese Estado no presente el menor riesgo para la seguridad de Israel, y sea un Estado inoperante, para no decir imposible”.

Conversamos en un restaurante del viejo Tel Aviv, llamado Carmella, en una casa de 1927, llena de columnas, una arquitectura que, dice Shlomo Ben Ami, “podría definirse como una transacción entre las nostalgias polacas de los sionistas de principios del siglo XX y el espíritu mediterráneo”. Estudió historia en Oxford y habla un español impecable, que aprendió de niño, en Tánger, donde nació. Lo que me dijo aquella noche me acompañó durante todo mi viaje. Ahora estoy convencido de que sus sospechas son justas.

Presión internacional

La presión internacional, los atentados terroristas de los suicidas que han causado un millar de muertos en Israel durante la segunda intifada, la paranoia y el hastío que todo esto ha generado en Israel, y quizás, también, necesidades de supervivencia política, han llevado a Sharon a desprenderse de Gaza, un territorio donde 8,500 colonos rodeados de un millón trescientos mil palestinos creaban cada vez más dificultades a Israel para garantizarles la seguridad. Pero, la devolución de Gaza no es lo que parece. A menos que se complete con una apertura de fronteras, una intensa actividad económica y un intercambio constante con Cisjordania, seguirá significando para los habitantes desempleo, hambre, frustración y violencia. Difícilmente podrá poner orden la Autoridad Palestina en un territorio donde las condiciones de vida empujan a muchos habitantes de las ratoneras que son los campos de refugiados en brazos del extremismo de Hamás. Por otra parte, si, en una etapa más o menos próxima, no queda otro remedio a Israel que reconocer el Estado palestino, con la construcción del muro de protección y los asentamientos que cuadrillan los territorios y se apropian de buena parte del terreno que correspondería a Palestina, el Estado que resulte será poco menos que un mero simulacro. ¿Lo aceptarán los palestinos? En una negociación, no. Pero acaso lo acepten si Sharon se los inflige, como en Gaza. Se habrán guardado las formas y la opinión pública internacional reconocerá el sacrificio que hace Israel en aras de la paz.

¿Es éste el plan secreto de Sharon? Si lo es, muchos factores podrían frustrarlo. Y, el más terrible de todos, el terrorismo de los suicidas.

2.- La sombra del terror:

A Pnina, nacida en Jerusalén durante la guerra de los seis días, en 1967, hija de una pareja de judíos religiosos lituanos con vocación de pioneros, siempre le encantó el español. Por eso, apenas terminó sus dos años de servicio militar, fue a Salamanca a aprender la lengua e hizo después un viaje por Argentina, Brasil y Chile, antes de regresar a Israel. Trabajaba de guía turística cuando conoció al que es ahora su marido, el oftalmólogo colombiano Isaac Aizenman. Éste hacía un viaje de paseo y no pensó nunca trasladarse a Israel, pero el amor cambió sus planes y lo indujo a hacer la aliya. Pnina e Isaac se casaron y en 1997 tuvieron su primera hija, a la que llamaron Gal (“ola de mar”) y tres años después al segundo, Saggi.

Pnina habla un español perfecto, con cantito colombiano, y es, a sus 38 años, una mujer muy bella, pero en sus grandes ojos y en su semblante tan pálido hay algo helado, una tristeza que parece su segunda naturaleza. A juzgar por las fotos que nos muestra, Gal era, en efecto, una niña preciosa: bucles dorados, ojos verdes, sonrisa pícara, alegría de vivir. Aprendía ballet y le gustaba disfrazarse de Ratón Mickey. El miércoles 19 de junio de 2002, Noa, la madre de Pnina, que trabajaba en los jardines de la infancia de un asentamiento vecino a Ramallah, en Ofra, invitó a su hija y a sus dos nietecitos a un espectáculo para niños que ella había organizado.

“Eran los días de la intifada y no se podía salir a ninguna parte, por los atentados”, dice Pnina. “Partí a las dos de la tarde de Maale Adumin con mis dos hijos y fuimos a un paradero de French Hill, donde tomamos un autobús blindado que nos llevó a Ofra. El concierto les encantó a Saggi y a Gal. Regresamos a Jerusalén con Noa, mi madre, que quería echarme una mano en la casa. Volvimos a tomar el autobús blindado que nos dejó en el mismo paradero de la tarde. Allí debía recogernos Isaac, para llevarnos a la casa, en Maale Adumin”.

Conversamos en una terraza de Jerusalén, en una mañana llena de sol, rodeados de unas piedras doradas que parecen centellear. Mi hija y yo estamos sobrecogidos y le digo a Pnina que, si es demasiado doloroso para ella, no necesita contarnos más. “No, no”, me replica en el acto, “usted debe saber”. Pero, en verdad, lo que quiere decir es “El mundo, el universo deben saber”.

“Cruzábamos la calle hacia la esquina donde debía haber estacionado Isaac. Mi madre iba adelante, de la mano de Gal, y yo detrás, con Saggi, en medio de mucha gente. Ya no recuerdo más”. Despertó horas después en el hospital, con quemaduras en el cuerpo y un dolor muy fuerte de cabeza. Le habían aplicado respiración artificial. Gal y su abuela Noa fueron dos de las siete personas muertas al estallar la bomba del terrorista suicida, un militante de las brigadas de los mártires de al-Aqsa, vinculada a al-Fatah, de Arafat. Hubo muchos heridos, entre ellos el pequeño Saggi, al que la policía descubrió sentado en el pavimento, mudo y paralizado de terror, rodeado de trozos humanos sanguinolentos. Para causar más daño, la bomba había sido rellenada de púas y clavos y algunos de ellos se habían incrustado en el cuerpo del niño, que, felizmente, pudo ser salvado.

“Cuando Isaac me contó que mi madre y mi hija habían muerto, algo se murió también dentro de mí”, dice Pnina. “Quise desaparecer, evaporarme. Pero, haciendo un enorme esfuerzo, con Isaac decidimos que no, que había que vivir, por Saggi, por mi padre. Y hemos tenido dos hijitos más. La niña se llama Noga, una síntesis de los nombres de mi madre y mi hija: Noa y Gal”. Pnina ha publicado un libro de poesías para niños, titulado “Poemas a Gal”. Una de las consecuencias de aquello es que, desde entonces, la acompaña siempre “la sombra del terror” -Saggi también padece de ataques de pánico- y, otra, es que han cambiado sus relaciones con Dios. “Quedé enojada con ÉL y ahora no puedo prenderle velas”, dice, con una serenidad glacial todavía más conmovedora que si llorara a gritos. “Siempre me pregunto: ¿dónde está, dónde estuvo Dios ese día? Isaac, en cambio, se ha vuelto mucho más religioso desde entonces y, por eso, respetamos el shabbat”.

Como Pnina, Ariel Scherbakovsky también nació en Jerusalén, hace 25 años, pero vive ahora en Tel Aviv, donde me recibe en su pequeño departamento bohemio y alegre al que se meten las ramas de un ficus por el balcón. Viniendo de esa ciudad sofocada de historia y, pese a la hermosura de sus piedras, opresiva y reaccionaria que es Jerusalén, Tel Aviv representa la cara más abierta, moderna y democrática de Israel. Hijo de argentinos inmigrados, Ariel habla un español lleno de dichos bonaerenses. Me dice que su vida comenzó en verdad a los 13 años, cuando descubrió a los Beatles. Por ellos supo que su vocación era la música. Durante sus tres años de servicio militar se las arregló para que el Ejército israelí lo destinara a una banda militar, de la que fue sonidista. Al volver a la vida civil, se matriculó en una escuela de música. Aprendió a tocar varios instrumentos -hay un viejo piano en su casa- hasta que se decidió por el bajo.

Es un muchacho alto y algo tímido, de visible buena entraña, del que emana algo limpio y generoso. Vive con una muchacha delgadita, de linda sonrisa, también música, de origen australiano: Sagit Shir. Nos cuenta que en la noche del 30 de abril de 2003 estaba en un sitio muy conocido de todos los noctámbulos y aficionados al jazz en Tel Aviv, el Pub Mike’s Place, en el Paseo Marítimo, donde él y su amigo el baterista Shai Iphrach dirigían una Jam session, muy concurrida. Era época de atentados que habían dejado desiertos los lugares nocturnos de Israel, pero a Mike’s Place seguían yendo muchos jóvenes. Era la una y media de la madrugada y Ariel recuerda que, en el atestado local, había un viejo que repartía marihuana a los asistentes. No había bajistas así que él había estado tocando casi toda la noche, con distintos grupos. A esa hora, se sintió extenuado y salió a respirar el aire del mar, a la puerta del local. “Este Jam es malísimo, no tocaré blues nunca más”, le dijo a su novia. En ese momento estalló la bomba.

El terrorista estaba afuera de Mike’s Place. Un rato antes había entrado a explorar el local y se tomó una cerveza. Salió y poco después intentó ingresar de nuevo pero el agente de seguridad de la puerta no se lo permitió. Forcejearon y entonces hizo estallar el explosivo que llevaba bajo sus ropas. Hubo tres muertos y medio centenar de heridos, entre ellos Ariel y Sagit. Las heridas de ella no fueron graves pero él quedó con buena parte del cuerpo quemado y se le incrustaron muchas esquirlas y clavos. No perdió el sentido, o lo perdió sólo unos segundos. Recuerda que buscaba a Sagit, aturdido, y recuerda también el miedo pánico, total, que se apoderó de él. Una foto lo muestra bañado en sangre y con un aire ido, como si no supiera dónde estaba ni quién era ni qué le había ocurrido. Sólo cuando lo llevaban al hospital el dolor se volvió insoportable. Estuvo un mes y medio en cuidados intensivos, tres semanas dormido y con respiración artificial. Cuando convalecía supo que los terroristas eran dos musulmanes británicos, de origen paquistaní, que vivían en Londres y que habían sido reclutados y entrenados por Hamás. Sólo uno llegó a hacer estallar la bomba que llevaba; al otro lo encontraron muerto, cerca del mar.

“No tuve muchas secuelas psicológicas, ningún trauma”, dice, como pidiendo disculpas. “Sólo una gran tristeza, que no se me quitaba con nada. Uno de los muertos era un gran amigo, un guitarrista. Una tristeza por todo el mundo, que me vuelve a veces, como algo físico. Y ya no puedo exponerme al sol, porque mi piel ha quedado lastimada. Lo que me hizo bien fue volver a tocar el bajo, y, sobre todo, el que, apenas pude andar, fuera de nuevo a hacer música en las noches, en Mike’s Place”. A Ariel nunca le interesó la política. No siente odio, ni siquiera por el terrorista que casi los mata a él y a Sagit. “Este es un mundo loco”, dice. “Yo no entiendo a esa gente que considera a la tierra algo sagrado, a los que la tierra vuelve fanáticos. Yo apoyaría cualquier acuerdo que trajera la paz, incluso que devuelvan a los palestinos parte de Jerusalén. Sé que se han cometido contra ellos muchas injusticias”.

No hay ni pizca de pose en sus palabras, habla con la sinceridad desarmante de un muchacho que quisiera que la vida fuera menos brutal y complicada de lo que es a veces en Israel para esos jóvenes que deben pasarse tres, y a veces cuatro de sus mejores años, haciendo una guerra que a menudo no tiene nada de heroico, que puede ser muy sucia. Él y Sagit sueñan con ir alguna vez a Cuba, a Brasil, a esos países donde la música es una pasión que embriaga a toda la sociedad.

¿Quiénes son los terroristas que, desde que comenzó la segunda intifada, entre 2001 y 2005 han asesinado a cerca de un millar de israelíes y herido y traumatizado a varios millares más en atentados suicidas como los que padecieron Pnina, Ariel y Sagit? Muchos, acaso la mayoría -pero de ningún modo todos- son fanáticos religiosos, convencidos por la prédica de imanes extremistas que esa forma de inmolación es el más alto servicio que puede prestar el creyente a Alá, a los que las organizaciones islamistas radicales, como Hamás y la Jihad Islámica, aprovechan políticamente. Aunque sin duda hay una cierta morbosa exageración en ello, muchos hacen énfasis en el incentivo sexual que tendría para el terrorista suicida la promesa coránica de que, en el paraíso, será recompensado con lagos de miel y de vino y 72 vírgenes cuyo himen se renovaría siempre así como su propia potencia sexual. En The Jerusalem Post del 7 de septiembre se reseña un trabajo de un estudioso alemán, Hans-Peter Raddatz, autor de Von Allah zum Terror?, según el cual muchos terroristas suicidas, antes de cometer los atentados en que sacrificarán su vida, “protegen su pene en una envoltura de aluminio a prueba de fuego, en anticipo de los placeres que vendrán”. El comentarista destaca que la religión islámica, con sus severísimas restricciones en materia sexual, hace que esta promesa de placeres carnales resulte irresistible a veces para quienes se han sometido devotamente a sus prohibiciones.

Pero la locura y la estupidez del fanatismo religioso no explican la conducta de todos los terroristas suicidas. Esto me lo han afirmado, con ejemplos, muchos palestinos que, como los doctores Haidar Abd al Shafi o Mustafa Barghouthi, condenan con toda energía esa horrenda práctica. Para ellos, hay muchos casos en que empujan a cometer esos crímenes ciegos la desesperación, la frustración, la miseria y, sobre todo, el convencimiento de que sus vidas no saldrán jamás del pozo negro en que languidecen. El doctor Mahmud Sehwail, un psiquiatra que dirige en Ramallah un Centro para Víctimas de Torturas -hizo estudios de postgrado en Zaragoza- me asegura también que la religión sólo explica a un pequeño número de los terroristas suicidas. “En muchos casos, se trata de gente desesperada, porque han perdido a sus padres, a sus hermanos, a sus hijos, o se han quedado sin trabajo y ven morirse de hambre a su familia, sin poder hacer nada. Hamás y la Yihad Islámica se sirven del desplome moral y el resentimiento y el odio que esas situaciones extremas provocan, para fabricar al terrorista suicida”.

Pocos días después de esta conversación, me entero de un caso, ocurrido en Ramallah, que corrobora esta tesis. Un joven palestino trató de hacerse explotar lanzándose contra una de las barreras militares israelíes abiertas en el muro que poco a poco va cercando a la ciudad. Pero la dinamita que llevaba en el cuerpo no explotó. No era practicante religioso. Salía de un campo de refugiados. Había planeado su acción, para que, luego de su muerte, las organizaciones islamistas ayudaran económicamente a una familia que hasta ahora dependía de él, y a la que, por la falta de trabajo, ya no estaba en condiciones de ayudar. No pretendía servir a Dios con su muerte, ni siquiera a la causa palestina. Sólo llevar un poco de pan a sus padres y hermanos.

La primera terrorista palestina fue Wafa Idris, una enfermera de 29 años, de Ramallah, que había recibido su diploma profesional apenas tres meses antes del 27 de enero de 2002, en que se hizo volar en pedazos en la calle Jaffa de Jerusalén, matando a una e hiriendo a cerca de 140 personas. Vivía en el campo de refugiados de Amari, que existe desde 1948 en los suburbios de Ramallah. Como todos los campos de refugiados que visité -en éste viven unas seis mil personas- es un laberinto de callecitas estrechas y cubiertas de basuras, donde las viviendas de barro, maderas, y algunas de material noble pero casi siempre sin terminar se montan e incrustan una en otra, en un abigarramiento indescriptible. Y por todas partes brotan chiquillos que ensordecen la mañana con sus chillidos. La pobreza es generalizada pero en este campo hay menos desánimo y ruina moral que los que advertí en los de Gaza. Todos los vecinos a los que interrogo me aseguran que nunca hubieran imaginado que su amiga Wafa Idris pudiera hacer lo que hizo. Era una mujer muy normal, dicen, que nunca dio muestras de una ferviente religiosidad.

También me lo dice su madre, una señora de setenta años, cuya vivienda está empastelada de diplomas, fotografías y recuerdos de su hija, así como de banderas de al-Fatah y de carteles que rinden homenaje “a la heroína y a la mártir”. Ni ella ni sus tres hijos sospecharon lo que Wafa Idris se proponía hacer. No era muy religiosa y ni siquiera se vestía con el recato de las creyentes practicantes. En efecto, en muchas fotos se la ve vestida a la occidental, con los cabellos sueltos. Era una muchacha orgullosa y de mucha dignidad, y por eso no lloró ni se quejó cuando su marido la repudió por ser incapaz de darle un hijo. Pero íntimamente algo se quebró en ella y la atormentaba desde entonces. ¿Acaso fue ese drama el que la incitó a ofrecerse a al-Fatah como “mártir”?

La señora hace un pequeño gesto que puede ser una afirmación o una negación. Parece aturdida, sumida en un vértigo, y deja largos intervalos de silencio antes de responder. “Tal vez lo hizo por su hermano Jaleel, mi hijo que estuvo ocho años preso y al que los judíos torturaron en la cárcel”, dice, al fin. Cuando vio en la televisión la cara de su hija y supo lo que había hecho, se desmayó. Despertó en el hospital y lloró mucho. Ahora, ha dejado de llorar. Dice que si hubiera sabido lo que su hija pretendía hacer, tal vez la hubiera atajado. Pero que no deplora que lo hiciera. “Esta es una guerra. Ellos matan y hay que matarlos también. Las bombas ayudan al pueblo”. Es una mujer casi sin ojos, dos rayitas de las que ha desaparecido toda luz. Habla como quien repite una jaculatoria. “Mi hija está ahora en el paraíso. Pronto la veré allá”.

Cualquier análisis sobre el conflicto israelí palestino en la actualidad tiene que dar una importancia neurálgica al tema de los atentados suicidas, sin los cuales sería difícil entender el entrampamiento y la hostilidad recíproca a que aquél ha llegado. Los atentados han causado inmensos sufrimientos, y, también, paranoia, miedo, rencor, deseos de venganza. Y, por último, han servido en bandeja un pretexto ideal a los extremistas de la derecha israelí para justificar unas medidas de represión y amedrentamiento contra la población palestina que en otras circunstancias difícilmente habrían merecido la aprobación de una sociedad que se jactaba de ser la única democracia del Medio Oriente.

3.- El muro: viaje a Bilín:

Fui al parque Liberty Bell Garden de Jerusalén a las once de la mañana y ya estaba allí el ómnibus que llevaría a los pacifistas israelíes a la aldea de Bilín a manifestar, junto con los palestinos del lugar, contra el Muro de Sharon, llamado por éste “la valla de protección” y por sus adversarios “el muro del apartheid”. Otro autobús saldría con el mismo rumbo de Tel Aviv y era probable que también de otras ciudades israelíes partieran manifestantes a aquella aldea árabe de unos pocos centenares de habitantes que, desde febrero de este año, se ha convertido en el símbolo de la resistencia pacífica contra el muro. Casi todos los viernes hay en el lugar mítines de protesta de israelíes y de palestinos. Pero, como en el de la semana pasada hubo violencia -el diario Haaretz saca hoy, 9 de septiembre, en primera página, la foto de un joven desarmado al que un soldado patea sin misericordia- Meir Margalit piensa que acaso hoy acudan más pacifistas que otras veces.

Meir Margalit es uno de los sobrevivientes del gran naufragio que sufrió la izquierda israelí luego de la decepción que causó en el electorado el fracaso de las negociaciones de Camp David y Taba en el 2000 y las bombas de los terroristas suicidas. Era, cuando vino a Israel de la Argentina, a los 18 años, un sionista de derecha. Se enroló en el Tsahal en una tropa de choque, que, además, construía asentamientos en los territorios ocupados. Fue uno de los constructores de la colonia de Netzarim, en Gaza. Herido en la guerra del Yom Kippur de 1973, experimentó en el hospital donde convalecía una crisis profunda, de la que salió convertido en un militante pacifista y un crítico severo de los partidarios del Gran Israel. Desde entonces lucha por que su país devuelva a los palestinos los territorios ocupados. Dirige una asociación que se dedica a reconstruir las casas de los árabes que el gobierno israelí demuele para castigar a las familias de los suicidas, para ensanchar los asentamientos o para construir el muro.

La víspera, me mostró, en la aldea de Anata, en las afueras de Jerusalén, la casa de Salim Shawamre, demolida cinco veces y cinco veces reconstruida por él y sus amigos. “Nosotros luchamos contra la limpieza étnica”, dice. Utilizan todos los resquicios que permite la ley para atajar o demorar lo más posible las confiscaciones de tierras y de viviendas a los árabes, y para hacer conocer internacionalmente los despojos y atropellos. Me explica que las demoliciones de viviendas se llevan a cabo la mayoría de las veces con el argumento de que aquéllas se han construido sin obtener todos los permisos debidos, algo que es frecuente en Jerusalén oriental y en las aldeas árabes. Muchas veces, aduciendo que son ilegales, el gobierno se niega a indemnizar a los árabes las propiedades que confisca para construir la “valla de seguridad”. Luego me hace un recorrido por algunos lugares donde la expansión de los colonos ha causado estragos: el asentamiento de Maale Hazait ha devorado el patio de un colegio donde los niños hacían deporte y el pueblo de Abudis ha sido partido en dos mitades por el muro. Me lleva luego a ver algunos agujeros en la imponente pared de concreto por donde mujeres y viejos se arrastran como lombrices para ganar el otro lado. “¿Es ésta la seguridad que el muro va a garantizar?”, se pregunta, con ironía. “¿Va el muro a atajar los cohetes Kassam de los terroristas o más bien a incentivarlos? La verdad es que esta política sólo quiere cortar la continuidad territorial de Palestina y conjurar el miedo al fantasma demográfico de que algún día haya más árabes que judíos en Israel”.

Es un hombre de algo más de cincuenta años, que habla con suavidad, y al que todas las mujeres y hombres de una cierta edad que llegan al parque de Liberty Bell Garden saludan con afecto. Me presenta a un señor que debe raspar los setenta, y que, precavido, trae una botella de agua mineral en las manos y una gran visera contra el sol, con esta frase: “Éste es el último marxista-leninista que queda en el mundo”. El veterano caballero se ríe, asintiendo, y, señalándome a los pacifistas que van subiendo al ómnibus, comenta con melancolía: “Quedamos pocos ¿no?, pero al menos esto es mejor que nada”.

No sólo viejos comunistas, socialistas y militantes del ahora aletargado movimiento Peace Now intentarán llegar hoy a Bilín. Hay también jóvenes de vestimentas estrafalarias, hippies, punks, ecologistas y algunos religiosos ortodoxos, perdidos entre aquéllos. De algunos se diría que van a un concierto de rock. En Israel se los unifica bajo la denominación de “anarquistas” y muchos de ellos se definen a sí mismos como tales, para aumentar los malentendidos. Lo justo sería llamarlos a unos y otros idealistas, pues eso es lo que son, en su empeño -quijotesco teniendo en cuenta la derechización tan acusada del país- en luchar contra un Muro que apoya no sólo el establecimiento político -laboristas y likudistas, religiosos y laicos por igual- sino una robusta mayoría de ciudadanos. Porque en Israel, aunque muy encogida en los últimos años, hay todavía una izquierda que mantiene vivos el idealismo, la pasión por la verdad y el sentido ético de la política que han desaparecido en casi todas las izquierdas del resto del mundo.

Contrariamente a lo que se cree, el Muro no fue una idea de Sharon, sino del Partido Laborista. Aquél, y el Likud, se opusieron encarnizadamente a este proyecto: ellos creían en el Gran Israel y la construcción de una valla les parecía admitir el principio intolerable de una Palestina independiente. Me lo confirman tres personas que estuvieron cerca de Sharon cuando el asunto se discutió: los generales Uzi Dayan y Ramat Cal, así como Efraim Halevy, asesor de aquél en cuestiones de seguridad. Uno de ellos añade: “Cuando, por fin, se resignó a aceptar el Muro, Sharon lo hizo con la condición de que tuviera las características que él impondría”.

El Muro, erigido dentro de Cisjordania, del que está ya construida la mitad, tendrá unos 650 kilómetros de largo y es un espeso bloque de cemento armado, de ocho metros de altura, en el que se elevan, cada cierta distancia, torres blindadas de vigilancia equipadas con sofisticados armamentos, y al que complementan reflectores, cámaras, vallas electrificadas, y, en algunos lugares, trincheras y una doble o triple línea de parapetos. Tanto los generales mencionados, como Shimón Peres, y prácticamente todos los israelíes del establecimiento con quienes conversé, me aseguraron que el Muro se justifica por razones de seguridad y que lo prueba el que gracias a él los atentados suicidas hayan disminuido drásticamente. Yo, después de haber recorrido buena parte del Muro y de haberlo cruzado y descruzado por lo menos una docena de veces -pesadillezca experiencia que nunca olvidaré-, creo que aquella razón no es la primordial. Y que la razón profunda del Muro que construye Sharon es ganar para Israel una parte importante de los territorios ocupados, aislar a las ciudades árabes una de otra, convirtiéndolas poco menos que en guetos, y cuadrillar y fracturar de tal modo Cisjordania que el eventual Estado que se establezca allí nazca asfixiado y condenado a la total inopia administrativa y económica.

La apropiación de territorio no es, ni mucho menos, el peor de los estropicios que causa. Porque, para proteger a los asentamientos de los colonos, sigue una línea zigzagueante, va y viene, se revuelve sobre sí mismo, irrumpe brutalmente en pueblos y aldeas partiéndolas en dos o tres partes, separando a las familias, a los escolares de sus colegios, a los campesinos de sus huertos, a los enfermos de sus médicos y hospitales, a los trabajadores de sus centros de trabajo, complicando y arruinando la vida de los hombres y mujeres del común. Hay ciudades como Kalkilia, al Norte de Cisjordania, a la que el Muro emparedaba separándola del mundo y de las tres aldeas que viven de ella. La Corte Suprema de Israel sentenció el 15 de septiembre, cuando yo ya había partido, que 13 kilómetros del Muro fueran modificados para aliviar el estrangulamiento a que estaba sometida esa ciudad. Pero, a la vez, justifica el derecho del Ejército a construir el Muro, rechazando de este modo la resolución dictada en julio del año pasado por el Tribunal Internacional de Justicia de la Haya, que lo declaró ilegal y ordenó su derribo y la indemnización a los miles de palestinos afectados. El gobierno de Sharon ya había hecho saber que no prestaría la más mínima consideración a ese fallo.

La suerte de Kalkilia es la de Belén y de innumerables poblaciones palestinas más pequeñas a las que el Muro condena prácticamente a una muerte lenta. Hay que haberlo visto de cerca para medir en toda su inhumanidad lo que significa para los niños hacer las larguísimas colas que les permitan llegar a sus escuelas y la desesperación de las mujeres que, bajo un sol de plomo, cargadas de las compras del día, aguardan a veces tres o cuatro horas para cruzar las barreras que, súbitamente, sin la menor explicación, se cierran de pronto hasta el día siguiente dejándolas separadas de sus hogares o de sus centros de trabajo. Como, además, existe una cuarentena para los palestinos que, al menor desplazamiento, necesitan un permiso especial, lo que prácticamente les cierra la posibilidad de trabajar en territorio israelí, el Muro, al dificultar hasta lo indescriptible los intercambios comerciales o la busca de empleo en localidades que no sean las de la propia residencia, agrava los índices de desocupación y la caída de los niveles de vida de los palestinos, ya muy bajos. Se calcula en más de cien mil el número de palestinos a los que el Muro dejará incomunicados. Es difícil describir la humillación, las vejaciones, la frustración, la amargura de esa población a la que se castiga de ese modo ciego e indiscriminado por las acciones terroristas de unas pequeñas minorías de criminales fanáticos. En verdad, es difícil concebir que la mejor manera de combatir el terrorismo sea hundiendo a todo un pueblo en la miseria, el desempleo, y un sistema de vida claustral y abusivo que se parece mucho al de los campos de concentración. Es inevitable pensar que, detrás de todo ese minucioso sistema de control y desquiciamiento de la vida de una sociedad entera, haya en verdad la intención de desmoralizarla, de derrotarla psicológicamente, una manera de empujarla a la desesperación de actos de rebeldía insensatos, que deslegitimen su causa, y permitan al Estado poderoso y prácticamente invulnerable que es hoy día Israel, obligarla a aceptar las condiciones de paz que se le inflijan o, simplemente, seguirla castigando hasta reducirla a la anomia o el perecimiento.

Es para protestar contra este estado de cosas que los pacifistas de la vieja y de la nueva generación han subido al ómnibus que debe llevarlos a Bilín. Yo los sigo, con Meir Margarit, mi hija Morgana y Ricardo Mir de Francia, un joven periodista español, en un auto alquilado. Ha habido rumores inquietantes de último momento según los cuales, para evitar la manifestación de este viernes, el gobierno ha declarado el estado de sitio en aquel lugar. Se ha trazado un itinerario que evita la línea recta, con la ingenua ilusión de esquivar las barreras militares. Es inútil, porque, antes del llegar al asentamiento de Upper Modiin, nos cierra el paso una patrulla y nos obliga a dar un nuevo rodeo. Yendo y viniendo de un lado al otro, por un terreno requemado por el sol y abultado de colinas rocallosas, se nos pasa buena parte de la mañana. Bilín parece un espejismo que se desvanece cada vez que nos acercamos a él.

La primera manifestación en Bilín se produjo el 20 de febrero de este año, cuando los tractores del Ejército de Israel arrasaron los primeros almendros y olivos de las afueras de ese pueblo de unos 1.700 para iniciar la construcción de un Muro que dejaría divorciados para siempre a los campesinos de sus huertos de cultivo y de los terrenos donde pastan sus animales. Al mismo tiempo, se supo que dos nuevos asentamientos de colonos se levantarían en las inmediaciones. Fue la gota que colmó el vaso. Desde ese día, todos los viernes, a veces algunas decenas, y a veces unos cuantos cientos, de palestinos e israelíes, y también de voluntarios extranjeros, luego de que terminan las oraciones en la mezquita, salen a desfilar por la trayectoria que va a seguir el Muro, y cantan canciones de protesta, corean estribillos, lanzan piedras, y, a veces, improvisan espectáculos en que participan los niños del lugar. No parecen cosas que puedan poner en peligro al Estado israelí. ¿Por qué, entonces, éste ha reaccionado cada vez con más intemperancia hasta llegar a las agresiones físicas y los lanzamientos de granadas lacrimógenas y atronadoras y disparos con balas de goma de la semana pasada? Porque, con buen olfato, ha adivinado que estos pequeños grupos podrían ir creciendo, acaso resucitando al movimiento pacifista israelí y fomentando una solidaridad internacional que perturbe los beneficios que espera sacar de aquel monstruo serpenteante de concreto.

Esta semana, el Ejército israelí ha decidido impedir la menor demostración. Amigos que ya se encontraban en Bilín desde el amanecer o la noche anterior hacen saber a Meir Margalit por teléfono que los soldados han lanzado granadas lacrimógenas al interior de la mezquita y que hay varios heridos. Están reclamando una ambulancia. Hemos llegado a una colina vecina a aquella en cuya ladera se desparraman las casitas de Bilín y hasta aquí llega el eco de los disparos. Unos policías de civil, irritados, nos advierten que ha sido declarado el estado de sitio para Bilín y que de ninguna manera podremos acercarnos a la aldea. Pero la gente del ómnibus ha abandonado el vehículo y se ha lanzado a campo traviesa, para tratar de llegar a pie a Bilín, bajando y trepando los cerros. Es un espectáculo bastante conmovedor ver a las viejas y viejos pacifistas, ayudándose con bastones y pañuelos amarrados a la cabeza, avanzando con dificultad, pero con convicción, entre las breñas. Los detiene una barrera militar que les lanza granadas lacrimógenas y captura a unos cuantos. Pero por lo menos un centenar de chiquillas y chiquillos se les escurren y los vemos saltando como cabras, ya a la altura de las primeras viviendas de Bilín.

Morgana y Ricardo van tras ellos. Meir y yo nos quedamos observando, desde un altozano, pero poco después éste me convence que es una descortesía quedarse tan lejos de la candela. Bajamos hasta donde se producen algunos forcejeos entre manifestantes y soldados, pero éstos, que deben tener instrucciones al respecto, dejan en paz a periodistas y fotógrafos, y sólo detienen a los pacifistas, metiéndolos a unas camionetas. ¿Qué les ocurrirá ahora? Nos lo explica Claudia Levin, una israelí de origen argentino, que, aprovechando un momento de desorden, se escabulle de los soldados que la han arrestado y nos pide que la saquemos de allí. Es cineasta y está haciendo un documental sobre Bilín. La han detenido ya otras veces. El Ejército ficha a los detenidos, les impone una multa, y los despacha generalmente el mismo día, a menos que los acuse de agredir a los soldados, en cuyo caso les abre un proceso. Nos cuenta que éste es ahora uno de los poquísimos casos en que israelíes y palestinos colaboran en una acción conjunta y que probablemente a ello se deba que el gobierno aplique aquí la mano dura. “A nosotros no nos tratan con el cariño con que trataban a los colonos que sacaron de los asentamientos de Gaza”, bromea. Es una mujer joven y conversadora. Nos cuenta que ha pasado muchas noches en Bilín y que ha filmado escenas en que se ve a los niños del pueblo improvisando situaciones teatrales para representarlas en las manifestaciones de los viernes. “Para ellos esto es también una diversión”, añade, “aunque a veces los gases los dejen sin respiración y las balas de goma los tumben y hasta los desmayen”.

4.- El horror se llama Hebrón:

Hebrón, ciudad palestina de unos 130.000 habitantes árabes y 500 colonos judíos, está sólo a 36 kilómetros de Jerusalén, pero llegar a ella es una aventura de contornos kafkianos, que puede durar muchas horas. El mapa indica que hay varias entradas posibles a Hebrón, pero, en la realidad, muchas de esas entradas están clausuradas con grandes piedras o altos de basura o con barreras militares, en las que, como en el juego infantil de “el paraíso” (“¿Es aquí el paraíso?”. “No, en la otra esquina”) los soldados de guardia, muy amables, despachan al automovilista a otro checkpoint diez o veinte kilómetros más allá que, por supuesto, resulta también cerrado. Después de un par de horas de este juego deprimente optamos por intentar algo que parecía improbable: llegar a la ciudad cruzando por el asentamiento de Kiryat Arba. Lo conseguimos gracias a la aptitud persuasiva del novio de mi hija Morgana, que nos acompañaba y que es judío y habla hebreo.

El asentamiento de Kiryat Arba, con sus elegantes edificios y avenidas arboladas, almacenes, farmacias, jardines y casitas primorosas, todo de una limpieza inmaculada, da la impresión de ser uno de esos suburbios estadounidenses para gente muy próspera y no un lugar que está en el corazón del más tenso y conflictivo rincón del Medio Oriente. Hebrón, en cambio, es la imagen de la desolación y el dolor. Hablo del llamado sector H-2, la parte más antigua de esta antiquísima ciudad -una quinta parte del total-, que está aún bajo control militar de Israel y donde se hallan incrustados los cuatro asentamientos donde viven unos quinientos colonos. En esta zona se halla uno de los lugares más santos para el Judaísmo y el Islam, la llamada Tumba de los Patriarcas, donde, en febrero de 1994, el colono Baruch Goldstein ametralló a los musulmanes que allí oraban, matando a 29 e hiriendo a varias docenas más.

Es para proteger a estos colonos que toda la zona está erizada de barreras, campamentos y puestos militares y recorrida por patrullas israelíes. Pero, tal como van las cosas, esa movilización será dentro de poco bastante innecesaria porque ese sector de Hebrón, donde se lleva a cabo una sistemática limpieza étnica o religiosa, quedará sin vecinos árabes. Su mercado es varias veces centenario y, al parecer, cuando las tiendas estaban abiertas y acudían compradores era tan multicolor, variado y atestado como el de Jerusalén. Ahora está vacío y con las puertas de todos los comercios selladas. Recorriéndolo, uno se siente en el limbo. Y también cuando camina por las desiertas calles de los contornos, con todas las fachadas clausuradas con placas metálicas y en cuyos techos se divisan de tanto en tanto puestos militares. Las paredes de todo este barrio semivacío están llenas de inscripciones racistas “Muerte a los árabes” y también de insultos y amenazas a Sharon, por la desactivación de Gaza. Frente al cementerio hay una inscripción homicida: “Sharon: Rabin te espera aquí”.

El periodista Gideon Levy, del diario Haaretz -un magnífico periodista y un excelente diario, por lo demás- a quien conocí mientras recorría Hebrón, señala en un artículo del 11 de septiembre que en los últimos cinco años unos 25.000 residentes han sido erradicados de sus hogares en la zona H-2 de la ciudad. Y sólo en el barrio de Tel Rumeida, donde está el asentamiento de este nombre, de las 500 familias árabes que allí residían quedan apenas 50. Lo extraordinario es que éstas no se hayan marchado todavía, sometidas como están a un acoso sistemático y feroz de parte de los colonos, que las apedrean, arrojan basuras y excrementos a sus casas, montan expediciones para invadir sus viviendas y destrozarlas, y atacan a sus niños cuando regresan de la escuela, ante la absoluta indiferencia de los soldados israelíes que presencian estas atrocidades. Nadie me lo ha contado: yo lo he visto con mis propios ojos y lo he oído con mis propios oídos de boca de las mismas víctimas. Y tengo en mi poder un vídeo donde se ve la espeluznante escena de niños y niñas del asentamiento de Tel Rumeida apedreando y pateando a los escolares árabes y sus maestras de la escuela “Córdoba” (Qurtaba), del barrio, quienes, para protegerse unos a otros, regresan a sus hogares en grupo en vez de hacerlo de manera individual. Cuando comenté esto con amigos israelíes, algunos me miraron con incredulidad y vi en sus ojos la sospecha de que yo exageraba o mentía, como suelen hacer los novelistas. Ocurre que ninguno de ellos pisa jamás Hebrón ni tampoco lee a Gideon Levy, a quien consideran el típico judío “judeófobo y antisemita”.

Para llegar a la casa de Hashem al-Gaza, o a la de cualquiera de sus vecinos árabes, no es posible hacerlo por la puerta principal, pues está bloqueada con altos de inmundicias y piedras que arrojan contra ella los colonos, instalados en un asentamiento que sobrevuela todo el barrio. Hay que hacerlo por la parte de atrás, escalando la empinada colina poco menos que a gatas, como una cabra, y deslizándose muy de prisa por la pequeña huerta y el jardín, también cubiertos de desperdicios y excrementos, igual que los techos. Pero, a pesar de ello, y de tener tapiadas las ventanas por temor a los proyectiles de los irascibles vecinos, el interior de la casa de Hashem al-Gaza es cálido y confortable.

Es un hombre de 43 años, alto y escuálido, que nos ofrece té y nos presenta a sus dos hijos, de siete y dos años. La niña, Raghad, va a la escuela, y ella y sus primos Jannat, Yundus, Yousef y Ahmad, también del barrio, han sido agredidos muchas veces al venir de la escuela por los niños del asentamiento Ramat Ishay. Están bien entrenados y saben que deben venir siempre juntos, a la carrera, procurando utilizar los ángulos muertos de la calle. También saben que no deben salir jamás al jardín ni al huerto y vivir siempre amurallados dentro de la casa. Pero ni siquiera allí es seguro que estén a salvo. Pues, en enero de 2003, un sábado en la tarde, súbitamente 10 colonos y 3 policías israelíes irrumpieron en la casa. Encerraron a Hashem, su mujer y los niños en el interior, y, con una sierra mecánica, cortaron todas las viñas del huerto, que habían sembrado los ancestros del dueño de casa. Salimos para que me las muestre: ahí están, mutiladas y rodeadas de mierda y de detritus. “Pero, a pesar de todo, ni yo ni mi familia saldremos de aquí”, afirma, con fuerza. “Si quieren, que nos maten”.

Cuando digo que me parece increíble que los soldados, que tienen un puesto a pocos metros de allí, permitan a los colonos someter a los árabes del barrio a esa cacería implacable, Yehuda Shaul me explica que las instrucciones que reciben del Ejército son muy precisas: tratar de persuadirlos de que no actúen contra la ley, pero que están prohibidos de arrestarlos. Él debe saberlo: estuvo cuatro años en el Ejército y llegó a tener un puesto de comando. Es un muchacho grueso y apasionado, de apenas 22 años, pero parece mucho mayor, por la intensidad con la que vive y habla. Es uno de los justos que tiene este país.

Yehuda nació en una familia muy religiosa y él lo fue también. En cierta forma lo debe seguir siendo, pues lleva en la cabeza la kipá, aunque ahora, por lo que trata de hacer, su familia ha roto con él. Era un patriota y entró al Tsahal, a hacer su servicio militar, lleno de orgullo y de entusiasmo. Debió de hacerlo muy bien, porque, cumplidos los tres años obligatorios, le propusieron que se quedara en filas y siguiera unos cursos de comando. Al volver a la vida civil, optó por lo que hacen muchos jóvenes israelíes: el viaje a India. Un viaje lustral, para descansar, meditar, y limpiarse la cabeza. Para él, ese viaje significó también cambiar de piel y de ideas, y volver a Israel poseído de un designio temerario: romper el silencio sobre la verdadera función del Ejército en Gaza y en los territorios ocupados. “En India, el recuerdo del terror que vi en los ojos de los niños palestinos, el de las mujeres de las casas que invadíamos, de los hombres que golpeábamos o matábamos no me dejaba dormir. Si no hubiera hecho algo, no hubiera podido seguir viviendo”.

Con un grupo de 64 ex soldados como él (seis de los cuales aceptaron dar testimonio mostrando sus caras) Yehuda Shaul fundó la organización Breaking the Silence (Romper el Silencio) que ahora, me dice, tiene cerca de 300 adherentes, todos hombres y mujeres que han pasado por el Ejército, decididos a denunciar los excesos y violencias cometidas por el Tsahal en los territorios ocupados. Publican un boletín, reúnen material informativo, recogen testimonios, y el año pasado hicieron una Exposición fotográfica en Tel Aviv que visitaron varios millares de personas. Estamos conversando en una placita de Hebrón sombreada por sauces y una señora que está en la banca del lado de pronto reconoce a Yehuda y lo insulta, indignada. Él no se inmuta y con objetividad traduce: “Me ha llamado el desintegrador de Israel”.

“No soy un pacifista”, me dice, “tampoco un político. No estoy afiliado a partido alguno y nunca lo estaré. Lo que hacen los colonos, aquí y en otras partes de los territorios, es una distorsión total de mi religión. Sólo queremos abrir los ojos del gran público. La inmensa mayoría de los israelíes no sospechan siquiera los horrores que perpetra el Ejército con los palestinos. Las torturas, los asesinatos, los abusos que se cometen a diario. Los asentamientos de colonos son la fuente de todos los problemas”.

Cuando le oí decir lo mismo hace unos días a la escritora y periodista Amira Hass en la bella terraza del Hotel Aldeira, de Gaza -el único lugar que admite ese adjetivo en esa desventurada y feísima ciudad-, que los asentamientos son el meollo del problema palestino-israelí y el obstáculo más grave para poder resolverlo, dudé. Pero ahora, 10 días después, luego de haber visto y oído tantas cosas, creo que ambos tienen razón. Los asentamientos no son pasajeras operaciones que puedan ser desmontadas fácilmente, como se podría creer luego de lo ocurrido en Gaza. Allí, las 21 colonias y sus 8.500 ocupantes han podido ser desalojados, luego de una espectacular movilización de todo el Ejército de Israel. Pero en Cisjordania hay casi 200.000 colonos y centenares de asentamientos, algunos de los cuales se han convertido, como Kiryat Arba, en verdaderas ciudades equipadas con todos los servicios y adelantos más modernos, de altísimos niveles de vida y armadas hasta los dientes, cuyos pobladores son, en su gran mayoría, militantes religiosos y nacionalistas, convencidos de que están allí cumpliendo un mandato divino y dispuestos a cualquier extremo para impedir que los despojen de una tierra que, según ellos, Dios entregó a Israel. Si se suma estos colonos a los que ocupan los asentamientos construidos en Jerusalén Este y alrededores, el número sobrepasa los 400.000.

Todos los Gobiernos israelíes, de derecha o de izquierda, han fomentado, aprobado o se han resignado a la proliferación de estos asentamientos en las tierras ocupadas desde que, en 1967, Israel las invadió. Curiosamente, a veces han sido los Gobiernos que parecían más dispuestos a llegar a un acuerdo con los palestinos, los que más hablaban de la paz, como los de Rabin y de Ehud Barak, los que fueron más tolerantes con la apertura de colonias. Durante el Gobierno de Barak, por ejemplo, el número de asentamientos se duplicó en Cisjordania. Lo cual quiere decir, seguramente, que tanto laboristas como conservadores fueron siempre incapaces de aceptar de verdad, con todo lo que ello implicaba, que a cambio de la paz Israel debería abandonar todos los territorios marcados por las fronteras de 1967.

Muy pocos vieron esto cuando se firmaron los acuerdos de Oslo de 1993. En ellos, no se hacía siquiera mención del asunto espinoso de los asentamientos. “Y por eso”, dice Amira Hass, “estaban condenados a fracasar”. Ella fue una de las pocas personas de la izquierda israelí que no sólo no se entusiasmó con aquél acuerdo que todos los pacifistas y progresistas de Israel celebraron como una gran victoria. Y, por eso, a Amira Hass no le sorprendió nada que pocos años después de firmados todo fuera para peor.

Se trata de una extraordinaria mujer, a la que quise conocer desde que leí el primer artículo suyo, en Haaretz. Hija de dos sobrevivientes del Holocausto y militantes comunistas, estudió en la Universidad Hebrea de Jerusalén y pasó dos meses en la Rumania de Ceausescu, lo que, dice, la vacunó para siempre del comunismo. Trabaja desde hace años en Haaretz. En 1993 se fue a vivir en los territorios ocupados, primero Gaza y luego Ramallah, donde todavía reside, porque “quería saber cómo era sentirse aplastada por un Ejército colonizador, obligada a pedir permisos para trabajar, para viajar, para moverme dentro de la misma ciudad”. Ha aprendido el árabe que, advierto, habla con total desenvoltura. Sus artículos son siempre minuciosamente documentados y, todos ellos, animados de un poderoso aliento moral, de una voluntad de justicia que estremece al lector. Recomiendo a toda persona que quiera saber qué significa vivir bajo una dominación colonial leer su libro Drinking the sea at Gaza (1996) (Bebiendo el mar en Gaza), uno de los más tristes y vibrantes que haya leído en mucho tiempo. Es otro de los justos de Israel.

Por culpa de los asentamientos, dice, se ha ido construyendo el sistema de dominación de la población palestina en Israel. Es un sistema opresivo, por una parte, y, por otra, profundamente corruptor. Pues, al establecer categorías distintas entre la población ocupada, algunos obtienen más permisos, otros menos, y los demás ninguno. Esto les impide actuar de una manera coordinada y enfrenta a unos contra otros, en busca de los pequeños privilegios que concede el ocupante. Amira Hass es muy pesimista con lo que pueda ocurrir después de la desocupación de Gaza. No cree que este proceso tenga continuación. “Palestina está de tal modo quebrada y cuarteada por los asentamientos que nunca será viable como una entidad soberana”. Y, respecto a la Franja, sostiene que mientras Israel mantenga el control de las fronteras -aire, mar y tierra-, cerrando a los habitantes de Gaza la posibilidad de exportar y de comerciar con el West Bank, seguirán en la pobreza y la desocupación. Habla con seguridad y sin la menor truculencia. Pero cuando cuenta la sofocación y la claustrofobia que agobia a los vecinos de Gaza, y de la desesperación que padecen los refugiados, le brillan los ojos de indignación.

Me presenta a varios palestinos, que deben ser viejos conocidos suyos, pues le hacen bromas. Y le repiten que es una imprudente al seguir movilizándose sola por las calles de Gaza, de noche, ahora que se han puesto de moda los secuestros. Pero tengo la impresión de que a esta israelí que hace ya más de diez años ha elegido vivir bajo las bombas y los estados de sitio y los ataques terroristas, un secuestrador más o menos no debe quitarle el sueño.

Gracias a ella paso una de las veladas más simpáticas de toda mi estancia en la región. Me lleva a cenar donde una pareja de amigos que la alojan, en un barrio algo excéntrico de la ciudad de Gaza. Él es ingeniero y su esposa dirige una ONG que trabaja organizando a las mujeres y animándolas a defender sus derechos. Son jóvenes, modernos, guapos y, en el mundo de sufrimiento y violencia que los rodea, serenos y sensatos. Se conocieron cuando eran estudiantes becados en Praga y desde entonces, a la vez que se ganan la vida ejerciendo profesiones liberales, militan, defendiendo una opción reformista. En las últimas elecciones palestinas apoyaron la candidatura de Mustafá Barghouthi. “De jóvenes éramos comunistas, pero como el comunismo ya se murió, ahora somos lo que queda: moderados, centristas, reformistas, eso”. Hacen bromas y no sólo ponen una buena cara a lo que pueda venir sino que su optimismo es tan genuino que me contagia: sí, sí, hay esperanza, algo bueno ha pasado con la salida de los colonos de Gaza y no es imposible que siga pasando.

5.- Los creyentes.

Los creyentes absolutos siempre me han puesto nervioso, sin dejar de despertarme cierta envidia. Por eso no me siento muy cómodo en la casita de Ezequiel y Odeya y sus tres lindos niños que revolotean en torno, pese a que los dueños de casa no pueden ser más hospitalarios: han preparado refrescos y galletitas y se prestan de buena gana a contestar mis preguntas, incluso las más impertinentes.

Estamos en una de las pulcras viviendas del asentamiento israelí de Mizpeh Jerico, en el West Bank, que consta de 300 familias (unas 1.500 personas), militantes del movimiento colono y religiosos a ultranza. No deben ser confundidos con los haredim, los inusitados pobladores de Mea Shearim, en Jerusalén, o del barrio de B’nei B’rak, en Tel Aviv, que visten con los gorros de piel y los abrigos que llevaban sus ancestros en los guetos polacos y rusos, que hablan en yiddish y, muchos de ellos, desconocen al Estado israelí porque, a su juicio, su existencia demora la llegada del Mesías. Los haredim constituyen una reducida minoría y, en cambio, el movimiento colono de Gush Emunim (El Bloque de los Fieles) y afines, que cuenta con decenas, acaso cientos de miles, defiende el nacionalismo, el mesianismo y la ortodoxia en sus expresiones más extremas. Cuando Amos Oz los llama “peligrosísimos” para el futuro democrático de Israel dice una verdad como una casa.

Y, sin embargo, al joven, afable y delicado Ezequiel Lifschitz, de 27 años, hijo de padre israelí y de madre norteamericana, mientras no hable de política ni de religión, nadie lo tomaría por un fanático. Es risueño, simpático, y atiende a sus hijos y les tolera las travesuras con infinita paciencia (“Tenemos ya tres y tendremos todos los que nos mande el Señor”). Constantemente vienen a sus labios las palabras “bondad” y “amor”. Pero en sus ojos claros, casi líquidos, hay esa mirada de los que se saben poseedores de la verdad y nunca dudan. Es ingeniero informático y, como muchos colonos de Mizpeh Jerico, trabaja en Jerusalén, a media hora de allí.

“Los creyentes miramos las cosas de manera diferente”, me dice. “Dios ha fijado a cada nación una meta. La Torah dijo que los judíos volveríamos a Israel y aquí estamos. La meta para los judíos es reconstruir el país que perdimos. De ese modo Israel contribuirá a que haya un mundo mejor que el actual. Esta tierra nos la dio Dios e Israel no podría cumplir su misión si no la reocupáramos toda, sin el menor recorte, incluyendo a Judea, Samaria y Gaza. Puede que no ocurra de inmediato, pero tarde o temprano ocurrirá. Tenemos todo el tiempo por delante. Rezo mucho para que se cumpla la profecía cuanto antes”.

Ezequiel y Odeya acaban de regresar de Gaza, donde, como varios miles de colonos, fueron a solidarizarse con sus compañeros de los 21 asentamientos que Sharon ordenó evacuar. Los padres de Odeya, una muchacha delgada y tímida que parece como sumergida en esos vestidos bolsudos que ocultan las formas de las mujeres ortodoxas, estuvieron 24 años en Gush Katif, un asentamiento que construyeron con sus manos desde que era sólo un desierto pedregoso y ardiente, lleno de serpientes y alimañas. Ha sido para ellos, dice Odeya, un doloroso desgarramiento. Y no es la primera vez que les sucede. Hace 24 años, el propio Sharon, entonces ministro de Defensa del gobierno de Menachem Begin, los sacó del asentamiento de Yammit, en el Sinaí, porque estaba en los territorios que Israel devolvió a Egipto. Mi hija Morgana y su novio estuvieron en Gaza con los padres de Odeya, cuando éstos, entre llantos y plegarias, esperaban todavía que Dios compareciera para poner fin a esa injusticia nunca vista: “Los judíos quitándoles la tierra a los judíos”. Pero Dios no compareció y abandonaron el lugar sin ofrecer resistencia a los soldados. Ahora están en un hotel, inciertos ante su futuro. Odeya y sus once hermanos sólo han conocido, desde su nacimiento, la vida en los asentamientos.

“Para nosotros, que somos buenos creyentes, que amamos a nuestra Nación y a nuestro Ejército, lo ocurrido en Gaza nos hace mucho daño”, añade Ezequiel. “Yo, antes, cuando veía un soldado israelí tenía deseos de besarle el uniforme. Ahora, ya no. Pero las cosas cambiarán. Nuestra obligación es hacer comprender a esos hermanos que están equivocados. En Gush Katif, en Gaza, la comunidad donde estaban los padres de Odeya era admirable. Se rendía culto a Dios todo el tiempo. Nunca se cerró una puerta de casa ni un automóvil. No había robos ni delitos, todo era religión, cultura y felicidad para los niños. Esa agricultura modernísima la crearon los colonos. Los árabes trabajaban felices para ellos. Antes, se morían de hambre. Y, por eso, nos agradecían haber ido allí. Sacar a los judíos de Gaza no va a resolver ningún problema, más bien los multiplicará”.

Curiosamente, Ezequiel y los demás colonos rara vez utilizan como argumento para defender la legitimidad que dicen tener sobre las tierras que ocupan el que, en la mayoría de los casos, ellos las hayan trabajado con diligencia y heroísmo, en condiciones muy difíciles, llevando agua a desiertos estériles e introduciendo técnicas gracias a los cuales aquellos páramos donde se establecieron las colonias se han convertido en comunidades modernas y prósperas. No. El argumento que viene naturalmente a sus bocas es el divino: esta tierra es nuestra porque Dios nos la dio. Una razón sólo válida para creyentes.

“No queremos matar a nadie”, afirma Ezequiel. “Yo, personalmente, a los árabes les daría dinero y les diría: ‘Hasta luego’. Ellos nos están enseñando que hay que saber morir por la tierra que uno considera sagrada. La idea de que haya dos estados aquí en Israel va contra la Torah y es tan sacrílega como encender fuego en shabbat. Nuestra política debe ser inflexible: los árabes que acepten que ésta es tierra judía, que nunca será suya, pueden quedarse a trabajar aquí, para nosotros. Los que no lo acepten, deben irse. Y los que se rebelen y quieran pelear, deben saber que los mataremos. Sólo si Israel cumple lo que dice la Torah será una nación útil al resto del mundo”.

Ezequiel y sus tres hijos andan descalzos por la casa. Para los religiosos ultra-ortodoxos no sólo mostrar los cabellos y las formas del cuerpo es obsceno en una mujer; también lucir los tobillos y el empeine, y, por eso, las señoras suelen llevar los pies embutidos en dos pares de gruesas medias. Que Odeya, la frágil dueña de casa, calce sandalias es un síntoma de liberalidad.

Lo que es seguro es que a la esposa de Nafiz Azzam, a diferencia de la de Ezequiel, nunca la conoceré. Porque para los islamistas mesiánicos la mujer es un objeto que no debe ser expuesta a la contemplación pública. Los dos hombres no pueden ser más distintos ni ser más irreconciliables enemigos; y, sin embargo, entre el joven colono israelí y el extremista musulmán, dirigente de la Jihad Islámica, que me recibe en un tenebroso edificio de la ciudad de Gaza, en un cuarto lleno de carteles negros proclamando “Alá es el más grande” y citando versos coránicos, hay un denominador común: ambos son creyentes absolutos e intransigentes, de mirada fría, y tienen, para todos los problemas, respuestas simples y categóricas.

La Jihad Islámica alcanza apenas entre un 6 o 7 por ciento de seguidores en Palestina, muy por debajo del otro movimiento islamista y terrorista, Hamás, a quien se le calcula entre 28 y 30%, pero es todavía más radical que éste y menos dispuesto a hacer la menor concesión al realismo político. Nafiz Azzam, de sólo 47 años, parece bastante mayor. Viste con modestia y tiene una expresión dura que se suaviza cada vez que su hijito menor, que lo acompaña durante toda nuestra conversación, se le sube en las rodillas y juega con su barba y sus cabellos. Entonces, esa terrible mirada suya se dulcifica.

Nació en Rafah, en 1958, y estudió medicina en Egipto, con el fundador del movimiento, Fathi al-Shukaki. En 1981 fue capturado y deportado a Gaza. Luego, pasó 8 años en una cárcel israelí, donde le destrozaron una mano. Pero no le quebraron el espíritu, pues organizó huelgas y movilizó a sus compañeros. En 1994 se casó y es padre de seis hijos, cinco varones y una niña. “No tenemos nada contra los judíos”, me asegura. “En el Corán Dios anima a los musulmanes a ser generosos con quienes no son creyentes. ¿Pero, qué vinieron a hacer los judíos aquí, en nuestra tierra? Los israelíes han importado un millón de rusos y les han dado nuestras casas y nuestras aldeas. Todo el mundo sabe que ni la mitad de ellos son judíos. Y nosotros, los palestinos, encerrados dentro de alambradas y teniendo que pedirles permiso para salir aunque sea unas horas de estas prisiones. ¿Qué pueblo toleraría eso?”.

Habla muy rápido, mirando el vacío, como quien recita, y mi traductor tiene dificultad para seguirlo. “El retiro de los ocupantes de Gaza es bueno”, añade, “pero sólo un punto de partida. No han salido por propia voluntad, sino obligados por la lucha y el sacrificio de los palestinos. Por el momento, el problema número uno que tenemos no es ése, sino que haya paz y colaboración entre nosotros, los palestinos. Las disputas internas son un regalo al enemigo. Sólo unidos derrotaremos a Israel”. Cuando le digo que la imagen de la Jihad Islámica en el mundo es muy negativa por los atentados terroristas de los suicidas que su movimiento practica, se impacienta: “Las acciones de nuestros mártires son una respuesta a las matanzas que Israel comete contra nuestros niños, ancianos y mujeres. Nosotros les hemos propuesto cesar nuestras acciones, si ellos hacen lo mismo. Pero, ni siquiera han respondido”.

Cuando le digo que he hablado, tanto en Gaza, como en Ramallah y Hebrón con palestinos según los cuales la solución del problema palestino-israelí sería un Estado laico, binacional, donde judíos y musulmanes coexistieran y se mezclaran, me mira, compasivo, como se mira a los débiles mentales. “Ése es un sueño imposible”, comenta, con una risita sarcástica. “Palestina será una república islámica, donde los creyentes de otras religiones, cristianos y judíos, serán tolerados, a condición de que acepten vivir bajo los preceptos del Corán”. Y se apresura a precisar que esta República tendrá excelentes relaciones con Europa, que comprende a los palestinos, a diferencia de Estados Unidos, que ha prestado siempre un apoyo incondicional a Israel. Pese a ello, la Jihad Islámica, “ha condenado los atentados de al-Qaeda en New York y Washington, así como los de Madrid y Londres”.

¿Desarmará la Jihad Islámica a sus combatientes, obedeciendo el llamado que ha hecho el Presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas, con motivo de la evacuación de Gaza? “Nosotros no nos desarmaremos nunca”. Pese al secreto espanto que me produce el personaje, no puedo dejar de sentir cierta lástima cuando me despido de él, pues tengo la certeza absoluta de que más pronto que tarde será una de las víctimas de los asesinatos selectivos con que Sharon se ha propuesto rendir a los extremistas islamistas.

Que estos últimos no tienen la menor intención de renunciar a las armas lo compruebo de manera muy vívida pocos días después, cuando me toca asistir, en un descampado en las orillas de la ciudad de Gaza, a una demostración de destreza militar de los Comités de la Resistencia Popular, una organización de combatientes que reúne a militantes de la Jihad Islámica, de Hamás y de al-Fatah para acciones concretas contra Israel. Todo el espectáculo consiste en una exaltada apoteosis de la guerra y el terror, y, también, de irresponsabilidad total por parte de los organizadores. Mientras los combatientes, estimulados por canciones guerreras derramadas por ensordecedores parlantes sobre la multitud y alabanzas frenéticas a Alá y citas coránicas, descargan sus fusiles, pistolas, lanzagranadas y misiles sobre blancos de cartón que llevan pintadas banderas israelíes, centenares de chiquillos, algunos que apenas han aprendido a tenerse de pie, corretean felices entre los disparos. Un solo individuo, armado de un látigo, trata de apartarlos, lo que, por cierto, encanta a las criaturas y añade excitación a su riesgosa aventura. No me explico cómo no resultan muchos de ellos heridos o muertos en ese exhibicionismo grotesco e insensato. Y, por eso, no me extraña nada leer en la prensa, unos días después de haber salido de Israel, que, en una ceremonia parecida a la que yo vi, organizada por Hamás en las calles del campo de refugiados de Yabalia, haya estallado un camión con explosivos matando a todos los militantes que lo ocupaban y a buen número de niños que correteaban a su alrededor. Como si no fuera bastante con los bombardeos que Israel descarga a veces sobre las ciudades palestinas para penalizar a la población civil por las acciones terroristas de los fanáticos islamistas, éstos, a su vez, añaden su granito de arena al salvajismo de que son víctimas los hombres y mujeres más humildes, trufando los barrios de escondites repletos de armas y explosivos y con demostraciones bélicas en las que, al menor descuido, pueden sobrevenir tragedias como la de Yabalia.

En el espectáculo al que asistí, los combatientes de los Comités de la Resistencia Popular hacían volar un tanque (de cartón piedra) con obuses, dinamitaban una casa, secuestraban a un individuo al que arrebataban de su automóvil después de ejecutar a su chófer y sus guardaespaldas, tomaban una colina con una ofensiva de granadas, y, número cumbre, unos hombres alados se descolgaban del techo de un edificio de varias plantas, disparando sus metralletas a la vez que descendían sobre el vacío prendidos de unas cuerdas. Viendo rebotar esas balas en la tierra, a pocos pasos de donde nos apretábamos los espectadores, recordé un ensayo de Edward Said, donde -con cuánta razón- lamentaba la afición de sus compatriotas por esas mojigangas bélicas -las máscaras, los disparos al aire, las pistolas, las exhibiciones de machismo vociferante- que sólo sirven para desacreditar su justa causa. Para que todo esto resultara aún más absurdo había, a poca distancia de nosotros, sobre nuestras cabezas, un dirigible israelí registrando y filmando sin duda el espectáculo.

En medio de ese ruido infernal, cambié unas palabras con un periodista de la televisión palestina que miraba todo aquello con el mismo disgusto que yo. “Éstos”, me dijo, señalando a los enmascarados con fusiles, “serán nuestro peor problema cuando alcancemos por fin la libertad. ¿Cómo puede funcionar una sociedad democrática con facciones armadas de gente que no sabe hacer otra cosa que la guerra? ¿Y cuántos movimientos y grupos armados cree usted que hay en la actualidad solamente en Gaza? ¡Decenas!”. Tenía toda la razón del mundo, claro está. Entre los palestinos moderados y urbanos con los que dialogué -como Haidar Abd al Shafi, Mustafa Barghouthi, Hanan Ashrawi, Yasser Abed Rabbo y otros- y estos personajes había la distancia astronómica que separa a Ezequiel Lifschitz de una Amira Hass o un Gideon Levy.

Mientras presenciaba todo aquello, advertí de pronto que, entre aquellos mil o dos mil creyentes absolutos que me rodeaban pegando tiros, no había una sola mujer. Con la excepción de mi hija, que, saltando entre la balacera, tomaba fotos. Alarmado, se lo señalé a su novio: “Stefan, fíjate, Morgana es aquí la única mujer”. “Y yo el único judío”, me consoló él.

6. Ratoneras humanas:

Del millón trescientos mil palestinos que habitan en los 365 kilómetros cuadrados de Gaza -el lugar de mayor densidad demográfica del Medio Oriente-, más de dos tercios se apiñan en las ratoneras humanas que son los campos de refugiados, productos de la llamada “guerra de independencia” de Israel, en 1948, cuando unos ochocientos mil palestinos fueron desarraigados de sus aldeas y aventados al exilio. Sólo unos ciento cincuenta mil permanecieron en Palestina. Medio siglo después todavía existen campos de refugiados en Gaza, Cisjordania, y en Siria, Líbano y Jordania, donde viven aún varios millones de los siete en que se calcula la población palestina (un millón de ellos son ciudadanos israelíes).

A lo largo de mucho tiempo, Israel acusó a los países árabes de haber forzado aquel desarraigo, incitando a los palestinos a huir de sus aldeas, y, luego, de haberlos mantenido en aquellos guetos, sin integrarlos a sus respectivas sociedades por razones políticas, es decir, para poder acusar a Israel de vocación imperial y colonialista. Pero los llamados historiadores “revisionistas” israelíes, como Benny Morris e Ilan Pappe, han desbaratado esta tesis, mostrando que la expulsión de los árabes durante la guerra de 1948 fue planeada y ejecutada por los líderes sionistas del Israel que nacía como una operación de limpieza étnica masiva. Varios centenares de aldeas y comunidades árabes desaparecieron y sus vestigios están enterrados hoy bajo las florecientes y modernas ciudades de Israel. En el día que pasé con él, en Haifa, en cuya Universidad enseña, Ilan Pappe me mostró los lugares, hoy eficientes campos agrícolas o centros industriales, donde estuvieron algunos de esos pueblos palestinos que se eclipsaron en 1948 y existen ahora sólo como fantasmas en la memoria de los refugiados y en la terca voluntad de resucitarlos de algunos historiadores inconformistas.

Visité tres campos de refugiados, dos en Gaza, el enorme de Yabalia y el más pequeño de al-Shatti, y el de Amari, en Ramallah. En los tres tuve la sensación de estar recorriendo los llamados “pueblos jóvenes” de Lima, pero no los más desarrollados, sino los más pobres y atestados, aquellos donde, en los años ochenta, levantaban sus chozas de barro o sus viviendas de esteras, trapos y latas los campesinos que huían del hambre y el terrorismo de los Andes. Pese a la distancia y a las circunstancias diversas, el espectáculo era casi idéntico: hacinamiento, suciedad, altos de basura en las calles, ratas, falta de luz, de agua corriente, de desagües, proliferación de criaturas descalzas y, junto a algunas construcciones sólidas, multitud de viviendas a medio hacer, paralizadas de pronto sin que se completara el techo, una pared o un cuarto, que parecían mutiladas y desventradas. Aunque, tal vez, aquí, el apiñamiento tendía a ser mayor, como si para aprovechar más el espacio y hacer sitio a más gente, o para abrigarse y protegerse, las viviendas se hubieran ido estrechando e imbricando unas en otras, hasta conformar verdaderos dédalos urbanos. Y, al igual que allá, en el Perú, un fuerte sentido de la hospitalidad, el empeño de la gente para agasajar al forastero con algo, un pedazo de pan, una taza de té.

Produce cierto vértigo pensar que quienes viven en estas condiciones execrables, conforman ya tres o cuatro generaciones, es decir, que la gran mayoría de sus pobladores no conoce otra forma de vida que esta muerte lenta. Y que gran parte de ellos, no ha tenido ocasión siquiera de conocer los lugares de donde dicen ser oriundos. Porque nadie en los campos de refugiados, cuando se le pregunta dónde nació, responde: “En Yabalia”, o “en al-Shatti” o “en Amari”. Aún los más pequeñitos nombran la aldea o la ciudad donde nacieron sus padres o abuelos, conjuro mágico que de algún modo quisiera abolir psicológicamente la tragedia del desarraigo que padecieron sus familias y también expresar la ilusión de volver algún día al lar originario.

¿Por qué no encontré un solo perro vagabundo en Gaza? Me lo explicó una palestina cristiana, empleada de una agencia de ayuda humanitaria a los refugiados. Es dueña de cinco perritos y vive inquieta por lo que les pudiera pasar. La saliva del can se asocia en el Corán con lo impuro y lo ruin, y, según la leyenda, al Profeta no le gustaban. Por eso son escasos los musulmanes de Gaza que los crían. Y algunos fanáticos los matan.

Casi todos los refugiados con los que hablé, cuando les pregunté cuál era el problema más grave que enfrentaban, me respondieron: “La falta de trabajo”. (Una de las excepciones fue una señora que, en un centro de ayuda para las mujeres víctimas de maltratos, me dijo, en al-Shatti: “La falta de libertad en la familia”). Gaza vivía, o malvivía, gracias a que sus habitantes cruzaban la frontera e iban a trabajar como agricultores, obreros, artesanos o domésticos a Israel. Cuando, a partir 1991, el Gobierno israelí, alegando razones de seguridad -muchos terroristas procedían de Gaza-, comenzó a restringir los permisos de trabajo, en la Franja cundió el paro y cayeron los niveles de vida en picado. Para suplir a esos trabajadores, Israel importa rumanos, filipinos, tailandeses y hasta sudamericanos. En las buenas épocas, más de cien mil árabes cruzaban cada día las barreras militares de la frontera. Hoy, apenas puñaditos privilegiados de cien a ciento cincuenta personas. Por eso, el paro en Gaza alcanza al 70% de la población y sus ciudades y campos de refugiados ofrecen ese espectáculo dramático, de abandono, ocio forzado y decrepitud.

Las cifras que ofrecen las organizaciones internacionales sobre el estado de la salud, enfermedades, mortalidad infantil, suicidios, en los campos son escalofriantes. El doctor Mahmud Sehwail, en su Centro para la Rehabilitación y Tratamiento de Víctimas de Torturas, me refirió una investigación que habían hecho él y los cuatro psiquiatras que lo acompañan no hacía mucho, entre niños palestinos con problemas psicológicos: casi dos tercios de ellos manifestaron deseos de morir. Sin la distribución de alimentos que lleva a cabo la UNRWA y los esfuerzos que ella hace, al igual que otras instituciones y ONG’s, para impulsar talleres y artesanías y capacitar a los desempleados, la suerte de la desdichada población de la Franja de Gaza sería todavía muchísimo peor. Pero, por valiosos que sean, estos empeños son gotas de agua en un arenal. Por eso, no es extraño que se advierta un pesimismo tenaz y generalizado en los campos de refugiados cuando se interroga a hombres y mujeres sobre si tienen esperanzas de que, con la partida de los colonos y los soldados israelíes, las cosas mejoren para ellos. Miradas escépticas, expresiones indolentes, dubitativas, tristeza y cólera.

Sin embargo, este sentimiento de furor, en los campos, se vuelca tanto contra la Autoridad Nacional Palestina como contra el ocupante judío, y acaso más contra aquélla que contra éste. Las acusaciones son siempre las mismas: unos corruptos, no cumplieron nada de lo que prometieron, se robaron el dinero de las donaciones y ayudas en vez de hacer algo por el pueblo. Cuando yo insistía: “¿El Presidente Arafat, también?”, vacilaban, cambiaban de tema, matizaban: “Él, no, sus colaboradores, todos los demás”. Y la gran mayoría contrastaba esta conducta con la gente de Hamás, “que vive como nosotros, que no roba, que abre escuelas, hospitales, que cumple lo que dice”. La simpatía por esta organización extremista islámica parecía obedecer sobre todo, mucho más que a razones religiosas -conforme a lo que me dijeron muchos dirigentes palestinos de oposición-, a la ayuda social que se canaliza a través de ella.

En todos los hogares a los que entré había jóvenes o viejos que habían estado en cárceles israelíes o tenían hijos, hermanos o padres o parientes que lo estaban todavía. A eso se debe que el hebreo esté tan extendido en Gaza y Cisjordania. Y todos habían padecido en algún momento incursiones violentas de patrullas militares o policiales de Israel, o habían visto demoler casas, y todos los niños movían la cabeza afirmativamente, con orgullo o picardía, mostrando el puño, cuando les preguntaba si alguna vez habían lanzado piedras a los colonos o a los soldados. La frustración y el odio eran por momentos una atmósfera tan cargada que costaba trabajo respirar.

Pero, tal vez, más que la cólera contra el ocupante, y que la desesperación por la falta de trabajo, lo que más socava la moral de la humanidad desvalida que puebla los campos de refugiados sea la claustrofobia, la sensación de vivir en campos de concentración, donde todas las puertas están guardadas por guardianes severos que, con cualquier pretexto, se ponen muy violentos. Conseguir un permiso para cruzar a Israel es laborioso, difícil, a menudo imposible. Pero también lo era para circular dentro de la misma Franja de Gaza, que el ocupante había cuadriculado de barreras militares y rejas. De manera que cada cual estaba confinado en su pequeña parcela, como los animales en sus jaulas del zoológico.

Cuando le pregunto al doctor Haidar Abd al-Shafi, en una terraza que mira al mar de Gaza, si cree que alguna vez se cerrará el abismo emocional que separa hoy a judíos y árabes en Palestina, me asegura que es perfectamente posible. Y recuerda su niñez en Hebrón, cuando el mejor amigo de su padre era el rabino, que visitaba siempre a su familia. Tiene más de noventa años y está derecho como un árbol y muy lúcido. Es respetado por todas las tendencias y considerado el padre del nacionalismo palestino. Con un olfato extraordinario, fue uno de los escasos palestinos que, yendo contra la corriente, apoyó la partición de Palestina en dos estados independientes que decretó la ONU en 1947 y urgió a sus compatriotas a acatarla. Si lo hubieran escuchado, no sólo se hubiera ahorrado toda la sangre que desde entonces ha corrido: el Estado Palestino sería una realidad consumada y de fronteras mucho más anchas de las que ahora aspira a tener.

Fue opositor y crítico severo de Arafat -“No confío en los líderes carismáticos”- y dice que la paz será inmediata si Israel acepta volver a los límites de 1967. “Esto nos dejaría apenas con la cuarta parte de Palestina. ¿Qué menos podemos aceptar?”. Él, un demócrata convencido, ¿no teme la creciente popularidad de Hamás entre los refugiados? “Hay que constituir un Consejo, en que todas las tendencias estén representadas, sin excepción. Si las organizaciones extremistas asumen responsabilidades políticas y empiezan a trabajar de manera institucional, se irán democratizando. La ideología irá siendo reemplazada por el realismo y el sentido práctico, algo que trae siempre consigo el ejercicio de la democracia”.

Curiosamente, una opinión muy parecida -que Hamás podría, poco a poco, moderarse, renunciar al terrorismo y operar en democracia- se la he oído a uno de los grandes expertos en seguridad de Israel, Efraim Halevy, que asesoró a Sharon en esta materia. “Pienso que Hamás va a competir de igual a igual con al-Fatah de Abu Mazen en las elecciones para el Parlamento palestino. Puede, entonces, convertirse, de gran problema, en una vía de solución de todos los problemas. Es una organización representativa, en la que el pueblo confía. Si evoluciona en el sentido que creo, podría enfrentarse a al Qaeda y salvar al Islam del abismo al que Osama ben Laden lo está empujando. Desde hace algún tiempo, aunque usted no lo crea, la gente de Hamás busca abrir un diálogo con dirigentes israelíes de alto nivel”.

El doctor Haidar Abd al-Shafi no cree que el “derecho al retorno” de los refugiados palestinos de la diáspora -unos dos millones- sea un problema insoluble para sellar la paz con Israel. “Lo importante es que los israelíes acepten el principio: que quienes fueron arrojados de sus tierras tienen derecho a volver a ellas. Si lo aceptan, nos sentaremos a negociar la mejor manera de ponerlo en práctica: compensaciones económicas, intercambio de territorios, en fin, hay muchas fórmulas”.

También el dirigente de la OLP, Yasser Abed Rabbo, cree que, si hay un poco de buena voluntad en ambas partes, todo el contencioso palestino-israelí puede ser objeto de “un compromiso”. Como lo ha sido ese Acuerdo de Ginebra que él y Yossi Beilin firmaron en 2003. Me recibe en su oficina de Ramallah, acompañado de su mujer, la novelista y documentalista Liana Badr, que conoce la literatura “realista-mágica” de América Latina como la palma de su mano. “Usted no sabe lo que es tener al Women’s Lib en casa”, se queja él y su mujer recibe aquello con franco alborozo, como un piropo. (Le aseguro que lo sé muy bien). Sin más preámbulos le digo que en los tres campos de refugiados que he visitado he oído hablar pestes a todo el mundo de la Autoridad Palestina, a la que acusan de corrompida hasta los tuétanos. Reconoce que hay mucho de cierto en esas acusaciones, pero también exageración, una manera de volcar la frustración y la impotencia acumuladas. Me asegura que ahora se están haciendo esfuerzos denodados para acabar con los tráficos y los favoritismos.

Es un hombre menudo, de hablar suave y educado, que lleva un cuarto de siglo militando en la OLP. Ha estado preso, y no sólo en Israel, “sino también donde mis hermanos árabes” y, varias veces, a punto de morir. Él participó en las negociaciones de Camp David de 2000 que convocó el presidente Clinton y en las de Taba. ¿Por qué rechazó Arafat una propuesta tan amplia como la que recibió de Israel en aquella ocasión? “No fue el 98% de los territorios ocupados lo que ofrecían devolver. Sólo el 94%. Y, respecto a Jerusalén, proponían una complicada fórmula: dividir el control de la ciudad en cinco sistemas, con soberanía propia en algunos y soberanía compartida en otros. Pero, en última instancia, lo que frustró la negociación es que no estuvo nada preparada. Todo se discutía por primera vez, no hubo ese trabajo previo, que va estableciendo pautas, acuerdos, de modo que en la negociación final sólo se remachen los detalles. Clinton exigió ese encuentro y quizo forzar el acuerdo, pero todo era caótico y precipitado. Por eso fracasó. En Taba, en cambio, fue distinto. Allí sí hubo un trabajo serio y un principio de acuerdos importantes. Pero ya era tarde: era seguro que Ehud Barak perdería las elecciones, que tendrían lugar a los pocos días. Por eso Shlomo Ben Ami dijo que en esas condiciones era imposible para la delegación que presidía firmar un acuerdo que, de antemano, Sharon anunciaba que no respetaría”. Pero se avanzó bastante y hubo un diálogo fluido entre palestinos e israelíes. “Nos reuníamos en el cuarto de hotel de Shlomo Ben Ami al que le llamábamos ‘El Burdel’, porque era todo de terciopelo rojo, y con espejos por doquier”.

Yasser Abed Rabbo cree que nada está perdido, que el Acuerdo de Ginebra ha sido una manera de resucitar aquel espíritu de entendimiento que reinó en Taba y que puede volver a reinar. “Perfecto”, ordena Liana Badr. “Ahora, dejemos un rato de lado el feminismo y la política. Y hablemos de literatura”.

7.- Los justos:

Para mi sorpresa, la primera vez que fui a Israel, en 1974 o 1975, descubrí que yo, pese a todo, seguía siendo de izquierda. Llevaba ya buen número de años criticando el sectarismo y la cerrazón ideológica de esa izquierda hemipléjica latinoamericana que condenaba a los dictadores si eran de derecha pero los adulaba y bañaba en incienso si se proclamaban comunistas como Fidel Castro, que defendía el populismo y se negaba a aceptar que el estatismo y el dirigismo no sólo arruinaban la economía y condenaban a la pobreza a una sociedad, sino hacían proliferar la corrupción, instalaban la censura intelectual y de prensa, y acababan por suprimir hasta el último resquicio de libertad. Todo ello me había llevado a una reflexión autocrítica bastante difícil, pero liberadora, y a reivindicar los valores “formales” de la democracia burguesa, la soberanía individual, el Estado pequeño y la sociedad civil grande, y las políticas de mercado de la filosofía liberal.

Pero, en aquel mes que pasé en Israel, descubrí una izquierda que carecía de las taras dogmáticas, anacrónicas y reñidas con la libertad, de la izquierda en América Latina y en Europa. Allí, la izquierda, por lo menos en el amplio grupo de israelíes que la representaba con el que tuve ocasión de alternar -qué habrá sido de mi compañero de viaje por el Neguev, Julio Adín-, todavía actuaba movida por razones más morales que ideológicas, era profundamente democrática -tolerante, pluralista, antiautoritaria- y entendía que su primera obligación no era capturar el poder de cualquier modo sino criticarlo, limitarlo y corregir sus estropicios. Por las particulares características de la historia de Israel, allí, la izquierda, que denunciaba los abusos contra los árabes y militaba a favor de la paz y el abandono de los territorios ocupados, y por la democratización del Estado israelí, había conservado aquel idealismo libertario y el sentido ético de la política que a mí, de joven, me habían seducido tanto. Desde entonces, las cinco veces que he vuelto allí he confirmado esta impresión inicial y por eso siempre digo que el único lugar en el mundo en el que, pese a mis convicciones liberales, todavía me siento de izquierda es Israel.

Esta vez, más que las otras. Pese a que, lo que merece el nombre de izquierda se ha reducido en Israel a su más mínima expresión, acaso apenas a unos pocos centenares de “justos”, en el sentido en que usaba esta palabra Albert Camus. Un puñado de mujeres y hombres excepcionalmente íntegros y valerosos, que dan una batalla política, intelectual, cultural y periodística poco menos que quijotesca, porque el grueso de la sociedad se ha ido enquistando más y más, sobre todo a partir del año 2000, cuando el fracaso de Camp David, el inicio de la segunda Intifada y la proliferación de los atentados terroristas del islamismo fundamentalista contra blancos civiles, en un conservadurismo nacionalista, chauvinista y xenófobo, con una fuerte impronta religiosa. Nada da una idea más cabal de esta derechización extrema de Israel que imaginar que las próximas elecciones enfrentarán, prácticamente como únicas estrellas, a Ariel Sharon y Benjamín Netanyahu, este último convertido en un demagogo ultra nacionalista que con sus acusaciones de haberse entregado al enemigo ha conseguido convertir a aquél en un moderado y un centrista. Amos Oz tiene razón: el surrealismo no está en Israel en la literatura sino en la política.

Los justos no piensan igual, discrepan mucho entre sí, y, acaso, si se los encerrara a todos en un recinto, estallarían injurias y bofetadas. Pero todos ellos practican lo que Weber llamaba las políticas de convicción antes que las de responsabilidad, y todos son durísimos críticos de su gobierno y de su Estado, incesantes denunciadores de los abusos y crímenes de que son víctimas los palestinos y sistemáticos defensores de una paz que, a su juicio, sólo será posible cuando Israel abandone la ocupación colonial de Cisjordania y reconozca el derecho de los palestinos a tener su Estado independiente con Jerusalén, cuya soberanía sería compartida, como capital. Pero, acaso, el empeño más tenaz de los justos sea tratar de abrir los ojos de sus compatriotas que se niegan a ver y oír lo que pasa a su alrededor, y que, dentro de un sistema cada vez más orientado -como el de la minoría blanca en la Sudáfrica del apartheid- a no saber, ni enterarse, de lo que ocurre en Gaza y Cisjordania y de lo que los soldados y los gobiernos hacen allí, mueven cielo y tierra para aguarle la fiesta, es decir, la buena conciencia y la tranquilidad, a la mayoría conformista.

Sionistas o antisionistas, laicos o religiosos, periodistas o académicos, políticos o profesionales, operan generalmente al margen de los partidos, de manera independiente o desde pequeñas organizaciones, fundaciones o ONG más bien marginales, en una labor que les trae sin duda sinsabores y, como recompensa, nada más que la satisfacción moral de ser consecuentes con sus ideas, la conciencia del deber cumplido. Es verdad que, para ellos, Israel es una sociedad democrática y que sus derechos están amparados, aunque, tal vez, la antipatía y la hostilidad que llegan a despertar entre sus compatriotas -uno de mis deportes ha sido estos quince días mencionar sus nombres en ciertos círculos para ver cómo las pasiones se ponían a crepitar- les deben de hacer la vida mucho más difícil que a los demás.

Varios de ellos han asomado ya por esta serie de artículos y hay, desde luego, muchos más a los que no visité y ni siquiera conozco. Pero ese puñado era un buen muestrario del temple de que están dotados y de la admirable tarea que llevan a cabo. Nunca olvidaré a Amira Hass, la periodista israelí que vive entre los palestinos de Gaza y de Ramallah hace años para “saber lo que es vivir bajo una ocupación colonial” y cuyas crónicas, como las de su colega Gideon Levy, en Haaretz, son siempre un llamado de alerta a la conciencia cívica. Ellos dicen lo que nadie más dice y lo que la opinión pública no quiere saber. Ni al ex soldado Yehuda Shaul y sus colaboradores recién salidos de la adolescencia, exhortando a sus compañeros de armas a “romper el silencio” y confesar los horrores que comete, inevitablemente, todo ejército de ocupación. Ni, por cierto, a Meir Margalit y sus amigos, reconstruyendo laboriosamente, una y otra vez, contra toda esperanza, las casas demolidas de los palestinos sólo para que los tanques las vuelvan a demoler. Ni a la espléndida Allegra Pacheco, abogada israelí, defensora de presos, que sacó de la cárcel (donde pasó 16 años por lanzar un coctail Molotov) al palestino Abed al Rahman al Ahmar y luego se casó con él. Ahora viven en Belén y al primero de sus dos hijos le han puesto un nombre simbólico: ¡Jerusalén!

La lista sería bastante larga, y siempre insuficiente, porque acaso los más meritorios entre los justos sean las mujeres y los hombres anónimos, aquellos cuyos nombres jamás llegan a los periódicos. Pero prefiero concentrarme en el historiador Ilan Pappe, acaso el israelí que ha ido más lejos en el inconfomismo y el que viene librando la batalla más radical contra el establecimiento político y académico de su país.

Nacido en Haifa, en 1954, hijo de judíos alemanes, estudió historia en la Universidad Hebrea de Jerusalén y en Oxford, donde se doctoró con una tesis sobre la guerra de 1948, cuando la independencia de Israel. Es un tema sobre el que ha publicado varios estudios, defendiendo la idea de que, contrariamente a lo sostenido por la versión canónica del sionismo, aquella guerra constituyó una auténtica limpieza étnica, en la que la inmensa mayoría de la población palestina fue expulsada y sus aldeas destruidas a fin de ganar territorios para el Estado de Israel. En esos trabajos funda Ilan Pappe su convicción, muy atacada en su país, de que Israel tiene la obligación de admitir haber cometido ese despojo y de reconocer el “derecho al retorno” de los refugiados palestinos como condición previa para la paz.

Es profesor de Historia del Medio Oriente en la Universidad de Haifa y no hace mucho tiempo protagonizó un sonado escándalo cuando se solidarizó públicamente con un boicot de las universidades británicas contra las Universidades de Haifa y de Bar-Ilan, en Israel, acusadas de discriminación y acoso a Teddy Katz, autor de una tesis de maestría sobre una matanza, en Tandura, en 1948. Aunque Pappe no dirigió esta tesis, se solidarizó con Katz. El escándalo fue descomunal y hubo un movimiento para expulsar a Ilan Pappe de la Universidad, algo que no ha prosperado, sin duda por el gran respaldo internacional que tuvo del mundo universitario en Europa y en los Estados Unidos, donde goza de un sólido prestigio. (Recomiendo, a quienes quieran conocer el rigor intelectual de Pappe y su radicalismo justiciero su A History of Modern Palestine. One Land, Two Peoples, publicada por Cambridge University Press en 2004).

Para tener una idea de los rencores que sus posiciones producen en su país, citaré estas líneas escritas en Maariv, por Erel Segal, exhortando a los israelíes a: “Si lo ven venir hacia ustedes en la calle, cambien de acera. No se sienten a su lado en ningún transporte público. No cambien una palabra con él, ni buena ni mala. Trátenlo como los judíos de todas las generaciones hemos tratado siempre a aquellos que se apartaban de la comunidad”.

Pensé que encontraría a alguien tenso o apasionado -no es cómodo vivir si sus paisanos lo creen a uno un traidor, lo sé por experiencia propia- pero, por el contrario, me encontré con un hombre campechano y vital, con sentido del humor, desprovisto de vanidad y que se resistía a hablar de sus problemas personales. Más bien me llevó a conocer un cementerio en ruinas, el de Balad al-Sheikh, hoy llamado Nesher, donde está la tumba de un guerrero palestino Iz al-din al-Kassam, que, me dijo, una vez al año un grupo de voluntarios viene a limpiar.

Me hizo conocer la Haifa “árabe”, lo que queda de ella por lo menos, los lugares donde estuvieron las aldeas abolidas, y, en el centro de la ciudad, las casas expropiadas por Ben Gurión, abandonadas o a medio derruir, de los árabes prósperos que se fueron a vivir en el exilio. Esas casas Ilan Pappe y sus colaboradores las fotografían y tratan de identificar a sus dueños originales o herederos (hace poco habían localizado a uno de ellos, en París), para reconstruir una sociedad y una época que la historia oficial quiere borrar. En el Instituto de Estudios Árabes que dirige, en una vivienda antigua, me muestra una exposición donde se exhibe en fotografías y diseños aquella ciudad árabe de la que hoy día quedan sólo vestigios y de la que, dice apenado, pronto quedarán únicamente estas imágenes.

No sólo conoce su ciudad al dedillo sino que la ama; en cada esquina, en cada rincón, tiene una anécdota que contar, un personaje que evocar. Pero se le ensombrece la voz cuando recuerda que 75.000 árabes fueron expulsados de esta ciudad en pocos días, en 1948. Dimos una larga caminata por la hermosa Colonia Alemana, donde un muchacho se acercó a Pappe, efusivo, a decirle que él había sido el primer profesor israelí que fue a su colegio a darles una conferencia y les habló en árabe. Qué abierta y simpática resulta Haifa, qué moderna y fresca, viniendo de la opresiva y beata Jerusalén. Sólo durante la cena, en un restaurante del barrio, se animó el historiador a hablar de política actual.

Está convencido de que la evacuación de Gaza no tendrá trascendencia, porque esos 21 asentamientos son nada, comparados con los centenares de Cisjordania, que Sharon no tiene la menor intención de desocupar. Mientras Israel no lo haga, y reconozca el derecho de Palestina a la soberanía y al retorno de los refugiados, no habrá solución al conflicto y, larvada o abierta, la guerra continuará. Su crítica al sionismo es frontal: un país no puede ser democrático de verdad si practica el exclusivismo religioso o étnico. Es algo que los sionistas de izquierda no se resignan a admitir, y, por eso, Ilan Pappe es muy severo contra ellos. “Por lo menos, con los ultras y los conservadores las cosas están claras, uno sabe a qué atenerse. Pero los sionistas quieren ser progresistas y luchan por la paz y la reconciliación y tienen buena conciencia. Y no aceptan que la idea de un Estado sólo para los judíos es absolutamente incompatible con una verdadera democracia y una sociedad normal”. Él es uno de los más elocuentes defensores de un Estado único y binacional, en el que judíos y árabes sean ciudadanos con los mismos derechos y deberes.

Pappe vive a unos veinte minutos de Haifa, en un suburbio encaramado en la cumbre de una colina desde la cual, en esta noche clara y tibia, mediterránea a más no poder, se ven todas las estrellas del cielo. Tiene dos hijos pequeños y una mujer encantadora. Les pregunto si no tuvieron problemas con sus vecinos para instalarse aquí. Por lo visto, cuando se supo que venían, alguien hizo correr un papel acusándolo a él de anti-semita. Pero la pareja no se dio por enterada y, apenas llegaron, invitaron a todo el barrio a tomar una copa en la casa. Vinieron muchos. Se llevan bien y, a veces, alguno de los vecinos, cuando nadie lo ve ni lo oye, susurra al oído de Ilan: “Estoy de acuerdo contigo”.

Oyendo a esta pareja, conversando con Ilan Pappe, en aquella hermosa noche estrellada, me conmoví mucho. Fue una de las últimas entrevistas que tuve en Israel, en esas dos semanas enloquecidas, en las que, constantemente, tenía que luchar contra la tremenda impresión que me había causado la situación del país. Un país que ha crecido, se ha enriquecido y se ha vuelto tan poderoso que -ojalá me equivoque- podría seguir viviendo así muchos años, sin la menor urgencia de resolver su problema con los palestinos. Porque lo cierto es que, por dolorosos y terribles que sean en lo individual y familiar, los atentados terroristas sólo son unos pequeños rasguños en la piel de ese elefante que es ahora Israel, algo que no amenaza su existencia, ni sus altos niveles de vida, ni, ay, su conciencia. Todavía peor: en cierto sentido, a diferencia de lo que ocurre con los palestinos -donde el conflicto se plantea en términos de supervivencia, de vida o de muerte- para los israelíes el conflicto ha pasado a ser algo más bien marginal, una rutina en la que su poderoso Ejército se entrena, actualiza y refuerza. Como escribió alguna vez Shlomo Ben Ami, Israel se ha vuelto un país que no sabe vivir en paz, sólo en la guerra.

Sin embargo, conversando con Ilan Pappe y su mujer mi pesimismo no parecía justificado. Ambos tienen una convicción tan acendrada de que, más pronto que tarde, todo comenzará a cambiar en la buena dirección, que me la contagian. Las injusticias históricas terminan siempre por ser reconocidas, por merecer la condena universal, e, incluso, la reparación debida. ¿No es acaso el pueblo judío la mejor prueba de ello? Las atroces matanzas, los guetos, las persecuciones seculares ¿acabaron acaso con ellos? Al final, la verdad se impuso. También se impondrá en este caso. Lo importante es no dudar, no quedar paralizado. Sino actuar, hablar, escribir, hacer todo lo que uno está en condiciones de hacer, para que la historia tenga un buen final.

Porque hay en Israel todavía gentes como Ilan Pappe, aunque sean hoy una pequeña minoría, hay que tener esperanza de que las cosas, después de Gaza, vayan para mejor. Pero no ocurrirá de manera automática, ni mucho menos por la buena voluntad de los actuales gobernantes de Israel. Sino por ese trabajo callado, paciente, incesante, de heroicas hormigas, de los justos de Israel.