Confrontar la realidad

Por Ferrán Ruiz Tarragó, autor de La nueva educación, Premio de Ensayo 2006 de la Fundación Everis (EL PERIÓDICO, 03/01/08):

En el ámbito económico se reconoce que el mundo cambia rápidamente, que las cosas son muy diferentes de como eran hace algunos años y que hay que hacer grandes y constantes esfuerzos para adaptarse y prosperar. La competencia en los negocios es enorme y para sobrevivir es imprescindible combinar innovación y visión de futuro.
Cuando los resultados de lo que se hace no son lo bastante buenos hay que espabilarse y cambiar, y no cabe achacar a nadie la culpa de que las cosas sean así, ni mucho menos atribuir la responsabilidad de lo que ocurre a que los clientes que no valoran el producto o el servicio que se les ofrece. El realismo predomina y la norma es avanzar aunque el futuro sea incierto. No atreverse o no saber cambiar es la receta segura del fracaso.
Estas consideraciones no son ajenas al sistema educativo. Es indudable que hay cosas que han cambiado mucho en lo que se refiere a la educación de los jóvenes. Los que más lo ha hecho son los propios alumnos, en tanto que absorben y reflejan los extraordinarios cambios de su entorno. Los enseñantes viven día a día el hecho de que el alumnado, incluido el de la escuela primaria, es mucho más complejo y diverso que antes, y que a menudo está poco dispuesto a hacer lo que se le propone o exige.

EL ACCESO a masas ingentes de información de todo tipo, los nuevos canales de comunicación interpersonal, la naturaleza y el papel distinto de las familias, la publicidad machacona que induce al consumo, los modelos de comportamiento de la televisión y los discutibles esquemas de diversión que propone la industria del ocio son factores que moldean a una juventud que ha cambiado muchísimo más que las organizaciones que la sociedad diseñó hace tiempo para formarla.
Siendo los alumnos distintos de los de antes en muchos aspectos no es de extrañar que conducir su educación sea más complejo. Para enseñantes exhaustos, decepcionados y angustiados tal vez sirva de desahogo echarles la culpa ("no hay nada que hacer porque no quieren estudiar"), pero así se distorsiona el difícil ejercicio de confrontar la realidad para saber cómo cambiarla. Se tiende a obviar el hecho de que la obligación del sistema educativo y de cada escuela es gestionar la complejidad y estar a la altura de la misma, lo que, como en el mundo económico, exige medios y métodos renovados.

CON LA vista puesta en afrontar con éxito a largo plazo las nuevas realidades hay que reconocer que, a pesar de la generalización de la educación obligatoria y de bastantes leyes educativas (una cada seis años y medio desde las Cortes de Cádiz), los centros de enseñanza apenas se han adaptado en aspectos cruciales de organización y funcionamiento. Incluso la visión de lo que constituye aprender y educarse permanece sustancialmente estática, sin dar la debida prioridad a que el primer reto de la sociedad del conocimiento es asegurar que todos los escolares adquieren sólidamente las destrezas básicas sobre las que se construyen todas las demás.
Es por ello imprescindible garantizar que a una edad temprana todos y cada uno de los niños y niñas lean bien, escriban correctamente, se expresen verbalmente con fluidez y dominen los aspectos fundamentales del cálculo. A nivel de educación primaria, todo debería subordinarse a este objetivo, que no por ambicioso es imposible. La necesaria y por otra parte tan cacareada autonomía de los centros escolares (que puede servir de excusa para seguir obrando como siempre) debe desarrollarse para implantar, liderar y gestionar todos los cambios necesarios con esta finalidad.
Dando por supuesto que esto interesa a todos los padres y al conjunto de la sociedad, el realismo aconseja establecer un mecanismo para controlar en qué medida se consigue, no con fines estadísticos, sino para hacer efectivo el derecho de cada alumno a adquirir bien estas competencias. Se debería establecer una prueba o reválida de competencias de alfabetización y cálculo (no de conocimientos de tipo curricular) a una edad temprana, como 10 u 11 años, cuando aún no es demasiado tarde.
El resultado no sería una puntuación comparativa, sino un diag- nóstico individual de cada uno de los alumno, que especificara en qué medida poseen estas competencias, siempre con el objetivo último de hacer todo lo necesario para recuperar los déficits que se detecten, reorganizando la actividad escolar todo lo que sea preciso con esta finalidad. En ningún caso se trataría de filtrar o de segregar, sino de saber lo que hay que hacer con cada alumno, de conocer a fondo cuál es su situación para personalizar y guiar su aprendizaje antes de que llegue a la educación secundaria. En aras del realismo y del rigor, este mecanismo debería ser externo a los propios centros educativos.

EL PEOR servicio que se puede dar a un alumno es que durante su escolarización no aprenda lo más básico, el fundamento sobre el que debe construir todo su aprendizaje posterior.
Evitar que esto continúe ocurriendo a gran escala puede requerir mucho coraje, pero es el primer y más fundamental ejercicio de realismo que nuestra educación necesita, aunque sus efectos sólo sean a largo plazo. Si planificar es pensar en el efecto futuro de las decisiones actuales, actuar en este sentido sería la mejor planificación para el futuro de las personas y de la sociedad.