Confusiones fiscales y sanitarias

Por Fernando Fernández de Andrés, Universidad Antonio de Nebrija (ABC, 09/09/05):

EL debate sobre la financiación sanitaria se está produciendo en un mar de confusiones. Tantas que me viene a la memoria el libro escrito en 1688 en Amsterdam por José de la Vega, un judío español que en Confusión de Confusiones se esforzó en explicar el funcionamiento de las burbujas financieras a unos inversores voraces que habían descubierto las bondades del mercado, el capitalismo y las sociedades anónimas. Cuatro son a mi juicio las confusiones sobre las que se asienta la actual discusión, y en las que hay que enmarcar tanto la propuesta del Gobierno como algunas de las alternativas presentadas.

Primera confusión. La idea misma de que existe un déficit sanitario es una falacia. En sentido genérico – el único en el que, como veremos, se puede utilizar ese término-, no hay más déficit sanitario, que educativo, de asistencia social, de atención a la Tercera Edad, o de justicia o defensa. Las demandas sociales son por definición infinitas y los recursos para satisfacerlas escasos. Esto es algo que todo economista debería saber y no tiene nada que ver con las tendencias demográficas y sociales que tanto se repiten a interés de parte, ni por supuesto con la cruzada liberadora de moral y buenas costumbres sanitarias que nos invade desde la nueva izquierda. Técnicamente, se trata de dos proposiciones irrefutables: no hay saturación en el consumo y, a precio cero, la demanda es infinita. Por tanto si no queremos que por razones estrictamente económicas tengamos un déficit sanitario crónico, en ese sentido amplio del que se puede hablar con propiedad, habrá que cobrar algo por el servicio, o por algunos servicios sanitarios. Esa es la principal justificación económica y no ideológica del llamado ticket moderador, o euro sanitario en nuestros pagos, que en diferentes versiones ya ha sido introducido en países europeos más progresistas que nosotros. Pero como Spain is different, aquí sigue presentándose como una propuesta ultraliberal, supongo que por ignorancia, hasta que como el tipo único en el impuesto sobre la renta se convierta mágicamente en algo de izquierdas.

La segunda confusión parte de un concepto estricto de déficit sanitario que es completamente incorrecto. Podemos medir el gasto sanitario, y eso con ciertas limitaciones. Pero el ingreso sanitario es otra cosa. No hay en nuestra legislación ingresos afectos. Y si, como consecuencia de este estéril debate, los hubiera, habríamos perdido casi un siglo en la modernización de nuestra Hacienda Pública. Porque, ¿con qué argumento impediríamos que la educación pública se financiase con un impuesto específico, o la defensa? Volveríamos a los tiempos, quizás añorados por algunos, en que cada Ministerio dispondría de su propia partida de ingresos y tendríamos serias dificultades para ejercer un control presupuestario centralizado. Y si de lo que estamos hablando es de la deuda sanitaria, de aquellas partidas de gasto realizadas, de las facturas guardadas en el cajón, tenemos un problema de gestión, no fiscal. Aunque sea más fácil echarle la culpa al destino o al siempre a mano Estado central, el malo de todas las películas de producción nacional, sobre todo cuando existe un gobierno que está dispuesto a aceptar las responsabilidades de otros.

La tercera confusión es probablemente más una regresión a épocas que creíamos superadas que una confusión estricta. Me refiero a la asociación inmediata entre un problema a resolver y una subida de impuestos, porque aparentemente todo se soluciona con más gasto público, y todo gasto es susceptible de financiarse con más impuestos. Aunque se insista en que bajar los impuestos es de izquierdas, lo cierto es que si el énfasis se pone en las demandas insatisfechas, se pone presión para que suban los impuestos. De aquellos barros le vienen estos lodos al Gobierno, de su crítica en las insuficiencias al modelo de crecimiento popular por injusto e insolidario, le vienen ahora estos apretones y estas dificultades. Pero que no se engañe, no se van a solucionar con unos puntitos más de presión fiscal, porque recuerden ustedes que esto del equilibrio presupuestario era una obsesión ideológica, no una necesidad de la política fiscal en la Europa del euro. Y ahora, liberados de tanta represión, va siendo hora ya de gastar más.

Pero quizás sea la cuarta confusión la más difícil de erradicar porque ha calado ya en todos los partidos políticos, incluido el único que ejerce la oposición. Se trata de pensar que el problema es del Gobierno central, aunque las competencias sanitarias estén transferidas plenamente porque se calcularon mal en su momento. Primero esto es falso, no se calcularon mal, sino que han cambiado muchas cosas desde entonces. Entre otras, además de la población, que al crecer la economía sostenidamente al cuatro por ciento, el gasto sanitario crece mucho más, porque tiene una alta elasticidad renta. Y tendrán que gestionar esos cambios los que reclamaron insistentemente que lo sabían hacer mejor porque estaban más cerca del ciudadano. Segundo, muchos cambios responden a decisiones tomadas discrecionalmente por las propias comunidades autónomas, como subir el sueldo al personal sanitario nada más ser transferida la sanidad, o aumentar las prestaciones gratuitas. Tercero, es electoralmente rentable aumentar el gasto, pero no tanto hacer uso de las competencias ya existentes para elevar la presión tributaria. Es más fácil, dada la ley electoral vigente, chantajear al Gobierno central cuando necesite nuestros votos. Y obligarle a pagar nuestras facturas.

Así está planteado el debate sanitario, y así se planteará próximamente el debate sobre la reforma educativa. Desde la debilidad de éste y cualquier gobierno central previsible, y desde las confusiones fiscales deliberadas. Porque estamos ante un problema de moral hazzard, perdón por la pedantería, ante la falta de autoridad y credibilidad del Gobierno central para hacerse fuerte y obligar a que cada palo aguante su vela. Para que me entiendan, es lo mismo que le pasa al euro, que nadie se cree que el BCE sea capaz de imponer la disciplina fiscal a algunos países escogidos de Europa, porque nunca les va a dejar quebrar. ¿Se imaginan ustedes a este Gobierno dejando que quiebre una comunidad autónoma porque no puede pagar sus facturas sanitarias? Yo no, y para ser sincero tampoco al siguiente. Por eso, habría que preguntarse con Vargas Llosa, ¿en qué momento se jodió el Perú, Zavalita?