Congreso, de regreso

Congreso, de regreso

La impresionante victoria este mes del opositor Congreso Nacional Indio en tres elecciones de asambleas estatales –los “parlamentos” locales que deciden quién gobierna las 29 unidades provinciales federales de la India- es un golpe duro para el gobernante Partido Popular Indio del primer ministro Narendra Modi (BJP por su sigla en inglés). El resultado electoral ha alterado drásticamente la predicción complaciente de los seguidores de Modi de que sería reelegido fácilmente para un segundo mandato de cinco años en las próximas elecciones generales, antes de mayo de 2019.

La derrota de los gobiernos del BJP en los estados hindi de Madhya Pradesh, Rajasthan y Chhattisgarh cobra mucha más relevancia porque la región representa un bastión de apoyo para el partido. Los resultados reflejan una creciente desilusión con el desempeño del BJP tanto en Nueva Delhi como en los estados que gobierna, así como el surgimiento de Congreso, un partido anteriormente debilitado que hoy aparece como una alternativa creíble.

Una razón importante para el mal desempeño del BJP es su desatención del sector agrícola, del que todavía dependen más del 60% de los indios para su supervivencia. Con pérdidas de cosechas, planes fallidos de seguro de cultivos que beneficiaron a las aseguradoras y no a los agricultores endeudados y una atención inadecuada a la irrigación, el crédito, el apoyo a los precios y otros aportes necesarios, los suicidios de agricultores han aumentado a niveles sin precedentes. El desamparo rural ha sido un factor común en gran parte de la India, y un alto porcentaje de la culpa se centra inevitablemente en la incapacidad de hacerle frente que mostraron el gobierno central y los gobiernos estatales. Apenas antes de las elecciones estatales, decenas de miles de agricultores de todo el país marcharon en la capital nacional, Nueva Delhi, exigiendo que se escucharan sus reclamos.

Otros errores de políticas del BJP también debilitaron el respaldo para las administraciones en el poder. El plan de desmonetización irresponsable, irreflexivo y mal implementado del gobierno de Modi en 2016 fue un desastre para la economía, podando un 1,5% del crecimiento del PIB y devastando a los trabajadores rurales y asalariados pobres, cuya subsistencia depende de los flujos diarios de efectivo. Los trabajadores agrícolas pobres nunca se terminaron de recuperar de esta herida innecesaria infligida por el gobierno. Tampoco se recuperaron las empresas pequeñas y las microempresas, la columna vertebral de la economía de la India, muchas de las cuales cerraron por la desmonetización y nunca reabrieron sus puertas, dejando a millones de personas sin trabajo.

Eso hace que el desempleo sea la tercera razón más importante de la debacle electoral del BJP. Modi precipitadamente prometió que crearía 20 millones de empleos por año, lo que implica que a esta altura ya se tendrían que haber creado casi 100 millones de puestos de trabajo. Ésa siempre fue una quimera, pero su gobierno no ha logrado crear ni siquiera 1,5 millón de empleos en los últimos cuatro años. En la India hay muchísimos jóvenes que no pueden encontrar trabajos rentados y ninguna otra cuestión es más importante a los ojos del 65% de la población que tiene menos de 35 años.

Si a esto le sumamos la desilusión con el BJP de las “castas reconocidas” y de las “tribus reconocidas” (llamadas así porque están enumeradas en la Constitución), las flaquezas electorales del partido gobernante se vuelven evidentes. El liderazgo de casta superior del BJP ha despreciado a quienes consideran inferiores a ellos en la escala social, incluidos los Dalit (antes conocidos como los “intocables”) y los Adivasi, o aborígenes. Los votantes tribales en Chhattisgarh abandonaron al BJP en masa cuando se publicaron informes de que sus tierras tradicionales estaban siendo compradas para un “desarrollo”, mientras que los Dalit en Rajasthan sufrieron numerosas humillaciones públicas y se revelaron en las urnas.

En los tres estados, los votantes desafectos se inclinaron por el partido que habían repudiado en las elecciones anteriores: Congreso, hoy liderado por Rahul Gandhi, de 48 años. Durante años, se había sugerido que Gandhi –hijo, nieto y bisnieto de primeros ministros indios- pertenecía a una “dinastía” y que no era apto para la tarea de liderar el país, y que ni siquiera los votantes descontentos con el BJP necesariamente iban a votar por Congreso. Gandhi ignoró esas críticas y encabezó una campaña enérgica, asistió a 82 marchas y logró echar por tierra el argumento de que era ineficaz o ya estaba designado. La victoria de su partido en los tres estados (que ningún analista político o encuestadora había previsto) fue un triunfo personal y consolidó a Congreso como la pieza clave del impulso de la oposición para derrotar al BJP en la próxima elección general.

El BJP, mientras se lama las heridas después de semejante derrota, ahora debe decidir qué tipo de campaña electoral llevará a cabo para retener el poder en Nueva Delhi. El atractivo económico para los votantes que funcionó tan bien en 2014 esta vez carecerá de credibilidad, dada la espectacular incapacidad del gobierno para cumplir alguna de sus promesas. Eso nos deja frente a dos tácticas posibles.

Una es llevar a cabo una campaña al estilo presidencial que muestre una imagen mítica de Modi como la única opción contra lo que el BJP mostrará como un grupo variopinto de candidatos de la oposición. La otra es redoblar la política incendiaria de ánimo anti-musulmán que al partido le ha redituado tanto en el pasado, basándose en la peligrosa doctrina de Hindutva, según la cual la India es una tierra de hindúes y debería autoproclamarse un estado hindú.

Esta segunda estrategia se ve plasmada en los discursos demagogos de los líderes del BJP y en una campaña concertada para darles a las ciudades y pueblos que suenan musulmanes nombres hindúes nuevos y supuestamente más auténticos. Pero mientras que la demonización por parte del BJP de los musulmanes y cristianos de la India podría satisfacer sus intereses políticos de corto plazo, implica peligros de largo plazo en una sociedad plural. El futuro de la India enfrentará serios riesgos si sus líderes llevan a estas comunidades a una hostilidad manifiesta hacia su propio país.

El desafío de gobernar una democracia díscola nunca es fácil. Pero los indios claramente anhelan un gobierno que se preocupe por todos los ciudadanos, que cure las divisiones que ha creado el BJP y que ofrezca resultados económicos. Es un reto, pero las elecciones recientes sugieren que Congreso está más preparado que el BJP para hacerle frente.

Shashi Tharoor, a former UN under-secretary-general and former Indian Minister of State for Human Resource Development and Minister of State for External Affairs, is currently an MP for the Indian National Congress and Chairman of the Parliamentary Standing Committee on External Affairs. He is the author of Pax Indica: India and the World of the 21st Century.

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