Conjetura sobre el silencio

Por José María Ridao, embajador de España en la Unesco (EL PAÍS, 20/01/06):

El 10 de enero de 1860, Ivan Turguenev pronunció en Londres una conferencia cuyos beneficios se destinarían a la “Sociedad de Socorros a los hombres de letras y de ciencias menesterosos”, y en la que se propuso comparar dos obras que, según sus noticias, habrían sido impresas en 1605: Hamlet y la primera parte del Quijote. En aquella ocasión, la principal línea de razonamiento del autor de Padres e hijos fue la de contraponer la manera en la que uno y otro personajes confrontan sus acciones con el ideal que les anima. En el caso del hidalgo manchego, Turguenev destaca “la fe ante todo, la fe en algo eterno, inconmovible, en la verdad; en una palabra, en la verdad que se encuentra fuera del individuo”. Por descontado, esa fe, ese ideal, está sacado del mundo fantástico de las novelas de caballería, y ahí radica “el lado cómico del Quijote”. Ahora bien, “el ideal mismo queda intacto en toda su pureza” y el personaje que se aferra a él sin desmayo reproduce los rasgos que definen a todo “entusiasta”, a todo “servidor de la idea”. Más allá del desprecio hacia las cosas materiales y de una ausencia de vanidad que no le impide, sin embargo, confiar ciegamente en su voluntad y en su fuerza, Turguenev observa en Don Quijote y, por consiguiente, en los hombres que se enfrentan al ideal de acuerdo con pautas semejantes a la suya, que “el constante afán de lograr la misma meta confiere cierta uniformidad a sus pensamientos, cierta estrechez a su mente”; de igual manera, estima que Don Quijote, imbuido de un gran ideal, es incapaz de “mudar de convicción o abandonar una acción por otra”.

En el caso de Hamlet, Turguenev observa, por el contrario, “el análisis ante todo; luego, el egoísmo, y, por tanto, la ausencia absoluta de fe”. A diferencia de la estrechez de mente de la que adolece Don Quijote en razón de su apego a una sola idea y a un solo propósito, la inteligencia de Hamlet “está demasiado desarrollada para contentarse con lo que encuentra en sí mismo” y adquiere, en consecuencia, una aguda, casi martirizada, “conciencia de su debilidad”. Incapaz de confiar en su voluntad, y menos en su fuerza, se inclina por la “ironía, el polo opuesto del entusiasmo de Don Quijote”. En contraste con la fe inquebrantable de éste, “no cree en sí mismo, pero es vanidoso”, y aunque “no sabe lo que quiere ni para qué vive”, se distancia una vez más del personaje de Cervantes porque, frente a su desprecio hacia las cosas materiales, Hamlet “se aferra a la vida”. Podrá dudar del bien, pero “combate encarnizadamente” el mal, ilustrando entonces “el lado trágico (…) de la vida humana: el pensamiento es indispensable para la acción, pero pensamiento y voluntad se han separado y cada día es mayor el abismo entre ellos”.

Esta caracterización de los individuos según su relación con el ideal evoca con sorprendente nitidez la controvertida sentencia del griego Arquíloco, al punto de que hace planear la sospecha de que Turguenev pudiera tenerla presente en el momento de redactar su conferencia. “La zorra sabe muchas cosas -escribió Arquíloco-, pero el erizo sabe una importante”. El extenso margen de interpretación que ofrece la sentencia, cuya escueta caracterización podría haber inspirado la descripción de la actitud de Hamlet como la de la zorra y la obsesión de Don Quijote como la del erizo, sirvió de estímulo a Isaiah Berlin para indagar en el pensamiento, no del autor de Padres e hijos, sino en el de Tolstói. Para Berlin, Tolstoi se aproxima a los rasgos con los que, según Turguenev, Shakespeare habría imaginado a Hamlet, de manera que “su genio es destructivo hasta la devastación. Él sólo puede señalar su objetivo poniendo al descubierto los falsos carteles anunciadores; aislar la verdad, aniquilando todo lo que no lo sea”. Y por lo que refiere no al pensamiento de Tolstói, sino a su carácter, Berlin lo describe con palabras que parecen calcadas, una vez más, de las que Turguenev emplea referidas a Hamlet. “Era orgulloso hasta la locura -escribe Berlin- y, a la vez, se odiaba. Era omnisciente y dudaba de todo. Era frío y violentamente apasionado. Era despectivo y, al mismo tiempo, se humillaba. Se sentía atormentado y distante”.

En aquella conferencia de 1860, Turguenev recuerda a sus oyentes que, a pesar de la tajante caracterización de los individuos en su trato con el ideal que acababa de trazar, “gracias a una sabia disposición de la naturaleza, no hay Hamlets completos, como tampoco Quijotes íntegros; ambos representan tan sólo la expresión de dos direcciones extremas, jalones colocados por los poetas en la bifurcación de dos rutas distintas”. También Isaiah Berlin, por su parte, se aproxima a la figura de Tolstói como si se adentrase por una, y sólo una, de esas “rutas distintas” del pensamiento a las que se refiere Turguenev, y que es la que se correspondería con la de la zorra. En cuanto a la ruta que coincidiría con la del erizo, Berlin parece dejarla momentáneamente en la sombra. El lector puede suponer que se trata de la que siguen los grandes hombres de acción, ya sea desde el gobierno, ya desde los movimientos revolucionarios que, en sus diversas y casi siempre trágicas especies, proliferaron en tiempos de Tolstói y se extendieron hasta la toma del poder por los bolcheviques en 1917.

Será, con todo, en un largo ensayo sobre Turguenev y sobre su representación del nihilismo donde Berlin vuelva sobre una idea apuntada por al autor de Padres e hijos en aquella conferencia de Londres; en concreto, sobre la existencia de un espacio, de un cierto trayecto o recorrido en el que coincidirían, antes de bifurcarse definitivamente, las “rutas distintas” que definen la relación con el ideal de un cierto tipo de individuos caracterizados por la circunstancia de no ser ni “Hamlets completos”, ni tampoco “Quijotes íntegros”. Se trataría de gentes lo mismo de acción que de pensamiento a quienes “todo lo que sea general, abstracto, absoluto”, les repugna, pero que, al tiempo, manifiestan un férreo compromiso con una visión del mundo “apacible, perspicaz, concreta e incurablemente realista”. Según Berlin, éste sería el caso de Turguenev, un escritor que como “ningún otro en la completa historia de la literatura rusa, y quizá de la literatura en general, habría sido tan feroz y continuamente atacado, lo mismo desde la derecha que desde la izquierda”. La razón de este aislamiento cada vez más hermético habría que buscarla, siempre de acuerdo con Berlin, en el hecho de que Turguenev pertenece a una categoría de personas capaces de “resistir la imantación que ejerce cada polo de fuerza y de llamar a la moderación en situaciones turbulentas”. Se trata de escritores o políticos cuya lucidez, cuya capacidad de ver más allá de las llamaradas de la lucha y adecuar sus juicios y sus acciones al momento en que hasta los enemigos más recalcitrantes tendrán que transigir, les coloca en una “compleja situación”, a menudo interpretada como “debilidad, equidistancia, oportunismo, cobardía”.

Berlin, que al igual que Tolstói, que al igual, en definitiva, que Turguenev, suele razonar “poniendo al descubierto los falsos carteles anunciadores”, parece en

esta ocasión elevar el tono para salir en su defensa: “aunque esta descripción -‘debilidad, equidistancia, oportunismo, cobardía’- se pueda aplicar a algunas personas, no es cierta respecto de Erasmo; no es cierta respecto de Montaigne; no es cierta respecto de Spinoza”. La enumeración, semejante a una melancólica letanía en la que van apareciendo, desgranados al paso, los nombres de quienes a lo largo de la historia supieron resistirse a “la imantación que ejerce cada polo de fuerza”, se prolonga hasta incluir a algunos representantes de movimientos políticos desarrollados durante las primeras y tumultuosas décadas del siglo XX. Berlin describe los esfuerzos de estos hombres y mujeres en términos de un dilema irresoluble, que pretende desgarrarlos entre la renuncia a sus principios o la traición a la causa en la que creen, pero que, en contrapartida, no les lleva a claudicar ni a cesar de repetir “sus palabras moderadas y racionales, aun sin ninguna esperanza genuina de ser escuchados”. Su convicción más arraigada es la de que “los medios perversos destruyen los fines justos”, al tiempo que combinan el “horror hacia los reaccionarios” con el “miedo hacia las posiciones feroces”, todo ello “mezclado con un ansia apasionada por hacerse entender”.

Parecería que desde estas actitudes para las que tarde o temprano deja de existir ningún refugio se llegaría, de manera inevitable, a promover caminos intermedios, terceras vías y, en resumidas cuentas, alguna de las múltiples variantes de la torre de marfil, de la prédica au dessus de la mêlée. Berlin cierra el paso a esta malévola interpretación, porque, siendo verdad que quienes militan en esta causa cada vez más acosada y exigua, consideran que excusar o justificar los “excesos” del propio campo o del propio partido les colocaría “a contrapelo de la civilización”, no es menos cierto que “ir contra los suyos, incluso de permanecer indiferente a su destino o abandonarlos a las fuerzas de la reacción” les resulta aún más impensable. Están comprometidos con lo que están comprometidos: “La razón, el secularismo, los derechos del individuo, la libertad de expresión, de asociación y de prensa, la libertad de grupos y razas y naciones, la mayor igualdad económica y social, y, sobre todo, el Estado de derecho”. Y respetan escrupulosamente su compromiso aun cuando “en lo más encendido de la batalla, hacen oídos sordos del estruendo y tratan de promover armisticios, salvar vidas, evitar el caos”. No hay por qué negarlo: no ofrecen ninguna solución ni lo pretenden, “sólo gradualismo y educación, sólo razón”.

La atención que Berlin dedica al pensamiento de Turguenev, a esa parte de la ruta que, antes de bifurcarse definitivamente, hacen juntos la zorra y el erizo, los Hamlets y los Quijotes imperfectos, no obedece al propósito de ilustrar un viejo y casi olvidado conflicto ideológico cuyas huellas podrían rastrearse en dos obras de genio publicadas en 1605. Antes por el contrario, ese conflicto habría desbordado las épocas y las fronteras, convirtiéndose en “una característica corriente en la vida política”, en toda vida política, de ayer o de hoy. Una y otra vez, como un retorno obsesivo que parece, no obstante, condenado a ser eterno, se repite la ansiedad e, incluso, el drama de estos hombres y mujeres que se comprometen con la razón pero no con las razones de las partes, que no renuncian a sus principios ni traicionan la causa en la que creen, que no emprenden caminos intermedios ni terceras vías porque aspiran a correr la misma suerte que los que son, pese a todos los errores, pese a todos los excesos, los suyos. Por enérgicas que sean las voces de estos hombres y mujeres, por indomable que sea su voluntad, acaban convencidos de que la única respuesta que cabe dar a quienes, cada vez con insistencia más montaraz, les preguntan dónde están y les reclaman que se sumen al coro de unos fanáticos u otros es el silencio.

Un silencio que, sin embargo, no es cualquier silencio, puesto que no oculta sino que exhibe su creciente pesadumbre ente el hecho de que, en la disyuntiva de Arquíloco, el espacio de los que saben muchas cosas se ha ido reduciendo hasta casi desparecer, mientras que no ha cesado de crecer el de los que saben una importante. Y puesto que la cosa importante que saben unos no suele coincidir con la cosa importante que saben los otros, y puesto que, además, los puentes se han ido quebrando insensatamente en el fragor y en el estruendo, las condiciones para lo peor llegarán a estar creadas. Para entonces, los erizos ebrios de doctrina habrán convencido a todos de que la libertad con la que viven y la prosperidad de la que gozan no sirven de nada si antes no se dirimen, incluso recurriendo a las soluciones más brutales, las cuestiones que cuentan para ellos. Cuestiones, por supuesto, de principio y siempre ligadas al alto y único ideal que les anima. Cuestiones, en fin, tan perentorias, tan irrenunciables, tan dignas de los mayores sacrificios, como si los ejércitos que unos ven son los rebaños de los otros, o si, en efecto, son gigantes los molinos.