Conquistas de ciudadanía

Por Joan Coscubiela. Secretario general de CCOO-Catalunya (EL PERIÓDICO, 08/03/06):

La segunda mitad del siglo XX ha vivido la irrupción de las reivindicaciones de género en todos los ámbitos, también en las prioridades reivindicativas y en la composición de las organizaciones sociales. Aquel sindicalismo mayoritariamente masculino, industrial y de gran empresa ha dado paso a organizaciones más diversas, en las que el 35% de la afiliación –me refiero a CCOO– son mujeres. Este cambio está produciendo transformaciones importantes en la configuración de los derechos de ciudadanía.
A pesar de lo mucho que queda, los avances han sido notables y es necesario reconocerlo en unos momentos en que la desmemoria colectiva construida sobre la mentira se ha convertido en manos de algunos en un arma de destrucción masiva de la conciencia social. Por eso conviene recordar que hace escasamente 30 años el Código Penal español castigaba con cárcel el adulterio de la mujer y en el caso del hombre sólo si se daba en forma de «amancebamiento en el hogar familiar». O que la ley obligaba a las mujeres a tener la autorización de su marido para la apertura de una cuenta corriente. O que el Código de Trabajo franquista exigía a la mujer la autorización del marido para firmar un contrato de trabajo.
En este trayecto histórico, muchas de las reivindicaciones de las mujeres han sido el motor que ha impulsado la consecución de verdaderas conquistas de civilización, en beneficio de toda la sociedad. La lucha por la igualdad salarial de las mujeres contra la discriminación indirecta, exigiendo que la igualdad no fuera meramente formal, sino que debía ser real y efectiva, ha sido clave para que hoy todos los trabajadores podamos exigir la igualdad salarial plena para trabajos de igual valor. La exigencia de no discriminación en la promoción profesional de las mujeres en las empresas ha abierto la puerta a que algunos convenios establezcan criterios objetivos para la promoción profesional y cláusulas de no discriminación que han acabado beneficiando a todos los trabajadores sin distinción.

ALGO PARECIDO sucede con la compatibilidad entre vida personal y laboral, que ha situado en el centro de la agenda social y política el problema de nuestros horarios y formas de organización del trabajo. Una vez más son las mujeres la punta de lanza, aunque sólo sea porque son las que más sufren las tensiones provocadas por una situación de transición social, en la que la incorporación plena de las mujeres al trabajo asalariado no ha ido acompañada ni de la asunción de responsabilidades compartidas por los hombres ni de la creación de servicios a la comunidad que cubran aquellas necesidades sociales, que hasta ahora asumían las mujeres en exclusiva.
El proyecto de ley de atención a las personas dependientes nace para dar respuesta a esta nueva realidad social. La doble jornada de las mujeres –triple, dicen mis compañeras sindicalistas– está obligando a plantearse un nuevo concepto de flexibilidad en la organización del trabajo. Hasta ahora lo imperante es la adaptación de los trabajadores y sus circunstancias personales a las necesidades productivas de las empresas. Incluso con prácticas como las guarderías laborales en los centros de trabajo, que bajo la apariencia de una política laboral avanzada, supeditan la educación de los niños a las necesidades de las empresas. Nuestro reto debe ser conseguir una flexibilidad negociada y con rostro humano. En la sociedad del conocimiento debe ser posible un modelo de organización del trabajo en el que sea la máquina –en sentido genérico– la que se adapte a las personas y no al contrario. El último ejemplo lo tenemos en la recientemente consensuada ley de igualdad, que abre el camino a la negociación de planes de igualdad en el mundo de la empresa, muy acostumbrado a que los derechos constitucionales se queden en la puerta de los centros de trabajo. Y al regular los derechos de los hombres ante el nacimiento o la adopción nos permiten asumir la paternidad.

ESTE CAMINO de civilización que recorremos sería impensable sin las reivindicaciones de las mujeres. Hay, sin embargo, un aspecto en que los cambios se resisten demasiado. Me refiero al de las formas de dirigir, de liderar, de gobernar tanto en las empresas como en las organizaciones sociales, por no hablar del mundo de la política. Un nefasto gobierno del tiempo, de los horarios, de las relaciones interpersonales que excluye en la práctica a las mujeres y a algunos hombres de la posibilidad de asumir responsabilidades. La exigencia de una dedicación absoluta de las personas con responsabilidades, que en ocasiones se convierte en excluyente de otras actividades humanas. En este aspecto el camino está por empezar y podría ser –lo será– la última y más importante aportación de las mujeres a esta trayectoria de hacer de las reivindicaciones de género verdaderas conquistas de ciudadanía.