Consecuencias del resurgimiento del nacionalismo en Japón / Japan’s resurgent nationalism has global ramifications

By Martin Jacques, a visiting research fellow at the Asia Research Centre, London School of Economics (THE GUARDIAN, 27/09/06):

La elección de Shinzo Abe como máximo dirigente del Partido Liberal Democrático de Japón y ahora también primer ministro del país va a tener repercusiones profundas en Japón y en el este de Asia. En su inmensa mayoría, los comentarios en occidente durante el mandato de su antecesor, Junichiro Koizumi, han girado en torno al grado de mayor o menor liberalización que Japón aplicaba a las riendas que sujetaban las fuerzas del mercado. Aunque se trata de un tema de importancia, la cuestión que más debería ocuparnos es el creciente nacionalismo en el país del sol naciente.

Aunque Koizumi no fuera un nacionalista de tendencias derechistas, sí que ha evidenciado una sensibilidad aguda -de una manera muy pragmática- hacia el sentir de una buena parte de la opinión pública y, en este contexto, ha estado muy pendiente del sentimiento nacionalista, cada vez más generalizado. Sus visitas anuales al monumento a la guerra en el santuario de Yasukuni han sido una de las consecuencias de esa actitud.

Abe es un personaje muy diferente. Es mucho más joven (se trata del primer jefe de gobierno de Japón que ha nacido después de la Segunda Guerra Mundial) e hijo de unas circunstancias históricas muy diferentes, lo que sin duda le ha ayudado a articular el pujante movimiento nacionalista. Por si fuera poco, sus raíces familiares se asientan firmemente en la tradición nacionalista: su abuelo, Nobusuke Kishi -que fue ministro del Gabinete que gobernó durante la guerra y posteriormente enviado a prisión como sospechoso de crímenes de guerra de la máxima gravedad-, llegó a ser primer ministro en 1957. Abe ha evitado cuidadosamente expresar sus opiniones personales sobre lo realizado por Japón durante la guerra, aunque sí ha dejado claro que rechaza la opinión, generalmente aceptada, de que el país emprendió una guerra de agresión e invasión de Asia. También ha sembrado dudas, de una forma que Koizumi nunca había expresado, sobre la validez de los juicios de Tokio al término de la contienda, en los cuales se juzgó a los principales dirigentes del país imperial durante el periodo bélico y en los que se declaró culpables a muchos de ellos.

La clase dirigente que gobierna en Japón se ha enfrentado durante mucho tiempo a la vergüenza de asumir el papel de su país en la guerra. Lo máximo que ha llegado a expresar son unas disculpas meramente formularias, reiteradas por Koizumi una vez más a raíz de los disturbios anti japoneses registrados en China durante el año pasado. Nada ha habido en Japón que pueda asimilarse al proceso catártico que Alemania puso en marcha a partir del año 1945. Abe se ha negado incluso a hacer suyas las disculpas puramente rituales que se presentaron por vez primera en 1995. Da la sensación de que este hombre no ve que haya nada por lo que pedir perdón, o muy poco.

La polémica no es algo que tenga que ver simplemente con la Historia; resulta trascendental para las relaciones presentes y venideras de Japón con sus vecinos del este asiático. La agresión a China y Corea -y en menor medida a otras zonas-, sigue representando una fuente formidable de resentimiento en estos países; su resistencia a pedir disculpas no sirve más que para intensificar la sensación de agravio. La elección de Abe corre el riesgo de exacerbar estas tensiones.

Cuando éste heredó su escaño parlamentario a la muerte de su padre, se alineó junto con otros conservadores en la presión al primer ministro para que hiciera una visita a Yasukuni, donde hay enterrados muchos de los muertos de Japón en la Segunda Guerra Mundial, incluidos criminales de guerra. También se sumó a la presión para que se revisaran los libros de texto de las escuelas, con el argumento de que deberían transmitir más orgullo nacional mientras que deberían eliminarse datos sobre determinados crímenes de guerra. El momento clave en el que Abe se retrató como un político nacionalista se produjo en el año 2002 cuando, en respuesta a Corea del Norte -que reconoció haber secuestrado a algunos ciudadanos japoneses en los años 70 y 80-, adoptó una postura de absoluta intransigencia. En julio pasado, a raíz de las pruebas realizadas por Corea del Norte con misiles, sostuvo que Japón debería plantearse la adquisición de capacidad militar preventiva. Su actitud hacia China ha sido agresiva y poco amistosa. Ha sido un acérrimo defensor de las visitas de Koizumi a Yasukuni y él mismo las ha efectuado con frecuencia.

Estas actitudes marcan el tono de lo que podemos esperar que sea su mandato como primer ministro. Se ha encargado de dejar claro que pretende revisar la Constitución pacifista impuesta por Estados Unidos y la Ley Fundamental de Educación, que se promulgó en 1947 como base de la escolarización en la posguerra, con el objetivo de recalcar los valores morales, el patriotismo y la tradición. Es probable que la alianza con Estados Unidos adquiera una importancia aún mayor si cabe a la vista del pujante ascenso de China y que, con el apoyo de los norteamericanos, Japón siga asumiendo un papel de mayor dimensión en el concierto mundial.

Lejos de dejarse convencer por el potencial y la prosperidad crecientes del este de Asia y de China en particular, para hacer borrón y cuenta nueva en sus relaciones con esa parte del mundo, da la impresión de que Japón está decidido a mantener la misma disposición que ha dominado su actitud desde la restauración Meiji [la llamada Era Ilustrada o de modernización de Japón bajo el emperador Mutsu Hito] en 1868; es decir, una actitud de superioridad y distanciamiento. Durante casi todo el periodo transcurrido desde entonces, la parte oriental de Asia, en contraste con el progreso deslumbrante de Japón, se había quedado atascada en un profundo atraso. Sin embargo, eso ya no es así y Japón se siente en la actualidad acosado por un miedo creciente a China y a su comprensible sentimiento de agravio histórico. En Japón, los sentimientos negativos hacia China no han dejado de ir en aumento y sólo un 28% de los japoneses mantiene una consideración positiva [hacia China] según una encuesta reciente, frente a un 55% en el año 2002. En esta misma encuesta reciente, un 50% de los japoneses consideraba una mala noticia el poderío cada vez mayor de China, a pesar del hecho de que el desarrollo de este país ha sido el principal responsable de haber sacado de una larga recesión a Japón.

El mandato de Abe como primer ministro va a presagiar probablemente una exacerbación de las tensiones entre China y Japón en torno a la conducta de éste último durante la Segunda Guerra Mundial, a sus respectivos papeles en el este asiático dentro del contexto de la influencia de China siempre en aumento y a las islas Diaoyu (o Senkaku, como las llama Japón), que se disputan ambos países y cuyas aguas territoriales se cree que contienen importantes reservas de petróleo y gas. La elección de Abe va a ser recibida en Pekín con una preocupación considerable, aunque era algo que se podía predecir con facilidad desde hace algún tiempo.

Justo cuando Asia consolida su posición como la zona más importante del mundo, con diferencia, en el terreno económico, la elección de Abe multiplica las probabilidades de que el este asiático sea objeto de fricciones crecientes entre Japón y China, que son respectivamente la segunda y la tercera economías más poderosas del mundo. Por ello mismo, las ramificaciones no afectarán exclusivamente a esa parte del planeta, sino que afectarán cada vez más a todo el mundo en su conjunto.

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The election of Shinzo Abe as the leader of Japan’s ruling Liberal Democratic party and now prime minister will have profound repercussions for Japan and east Asia. Most western commentary during the premiership of Junichiro Koizumi has been concerned with the extent to which Japan has allowed a freer rein to market forces. While that is important, the question that should really detain us is Japan’s growing nationalism. Although Koizumi was not a rightwing nationalist, he was, in a pragmatic way, acutely sensitive to the public mood and, in this context, mindful of a growing nationalist sentiment: his annual visits to the Yasukuni war shrine were one consequence.

Abe is a very different figure. He is much younger – the first Japanese prime minister to have been born after the war – and a product of very different historical circumstances, which has no doubt helped him to articulate the growing nationalist drift. His familial roots, moreover, lie firmly in the nationalist tradition: his grandfather, Nobusuke Kishi, was a wartime cabinet minister later imprisoned as a class-A war-crimes suspect, who by 1957 had become prime minister. Abe has carefully avoided expressing his opinions on Japan’s wartime record, although he has made it clear that he rejects the consensual view that Japan waged a war of aggression and invasion in Asia. He has also cast doubt – in a way that Koizumi never has – on the validity of the postwar Tokyo trials in which Japan’s wartime leaders were tried and many found guilty.

The Japanese ruling establishment has long fought shy of coming to terms with the country’s role in the war. The most that it has uttered is a formulaic apology that Koizumi again repeated after the anti-Japanese riots in China last year. There has been nothing like the cathartic process that Germany has undertaken since 1945. Abe has even refused to endorse the ritualised apology that was first issued in 1995. It would appear that he sees little or nothing to apologise about.

The argument is not simply about history; it is crucial to Japan’s relations with its east Asian neighbours. Japan’s aggression in China and Korea – and to a lesser extent elsewhere – remains a huge source of resentment in these countries, its failure to apologise only serving to intensify their sense of grievance. The election of Abe threatens to exacerbate these tensions.

When Abe inherited his parliamentary seat after his father’s death, he joined with other conservatives in lobbying the prime minister to visit Yasukuni – where Japan’s war dead, including war criminals, are enshrined. He also pressed for the revision of school textbooks, arguing that they should show more national pride and that details of certain war crimes should be excised. The key moment in Abe’s rise as a nationalist politician came in 2002 when, in response to North Korea’s admission that it had kidnapped some Japanese citizens in the 1970s and 1980s, he adopted a hardline stance. After North Korea’s missile tests last July, he argued that Japan should consider acquiring a pre-emptive military capacity. His attitude towards China has been aggressive and unapologetic. He has been a strong supporter of Koizumi’s visits to Yasukuni and a regular visitor himself.

These stances set the tone for what we can expect from an Abe premiership. He has made it clear that he wants to revise the US-imposed pacifist constitution and the Fundamental Law of Education – which was enacted in 1947 as the basis for postwar schooling – in order to emphasise moral values, patriotism and tradition. The alliance with the US is likely to become even more important in the face of China’s rise, and, with the Americans’ encouragement, Japan will continue to assume a wider global role.

Far from being persuaded by the growing power and prosperity of east Asia – and in particular China – to turn over a new leaf in its relationship with the region, it would appear that Japan is determined to continue with the mindset that has dominated its attitude ever since the Meiji restoration in 1868, namely one of superiority and detachment. For most of that time, in contrast with Japan’s glittering success, the east Asia region has been mired in backwardness. But that is no longer the case, and Japan is now driven by a growing fear of China and its understandable sense of historical grievance. Negative feelings in Japan towards China have been steadily growing, with only 28% holding a positive view in a recent poll, compared with 55% in 2002. In the same poll, 50% of Japanese viewed China’s growing power as a bad thing, notwithstanding the fact that it has been credited with pulling Japan out of a long recession.

Abe’s premiership is likely to presage growing tension between China and Japan over the latter’s conduct in the war, their respective roles in east Asia in the context of China’s ever growing influence, and the disputed Diaoyu (or, as Japan calls them, Senkaku) islands, whose territorial waters are believed to contain major supplies of oil and gas. His election will be viewed with considerable concern in Beijing, although that outcome has been fairly predictable for some time.

As east Asia consolidates its economic position as by far the most important economic region in the world, Abe’s election makes it likely that east Asia will be the subject of increasing friction between Japan and China, the second and third most powerful economies in the world respectively. As such, the ramifications will not simply be regional, but increasingly global.