Consejo de Guerra

Por Javier Gómez de Liaño, abogado y magistrado excedente. Es autor de la novela La Casa de los Momos (EL MUNDO, 04/03/03):

Espero que no se me negará el reconocimiento de mi más que sobrada experiencia en las guerras del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), torneo al que asistí desde el campo de batalla durante cinco años, cuatro meses y dos días. No voy a contar, porque no hace al caso, ninguna refriega concreta; tampoco habré de mostrar alguna que otra herida sufrida ni me referiré a la carga ideológica de no pocos de sus miembros, pasados y presentes, sobre lo cual quizá pudiera decir cosas aún ignoradas. Sólo se trata de comentar la curiosa exhibición de que han hecho gala varios miembros del CGPJ a propósito de los planes de guerra contra Irak.

Si la información no me ha llegado mal, ocho vocales de tan alta institución -los propuestos por IU y PSOE- aprobaron hace unos días un documento donde se dice, entre otras cosas, que «ante la catástrofe para la Humanidad que puede ocasionar el previsible conflicto bélico en Oriente Próximo» se sienten «en la obligación moral de expresar a la sociedad española que no es posible avalar una guerra preventiva que antepone la fuerza de las armas a la vida de miles de inocentes». Claro que, dos semanas antes de este comunicado, un juez muy conocido -el más conocido de todos los jueces- firmó un artículo donde, extravagancias sintácticas aparte, se podían leer cosas como éstas: «Apostato de quienes dirigen un Estado que no es capaz de contener una locura como la que estamos viviendo; de un Gobierno que, entre surcos de negro vertido, y con una tendencia al reino de la seguridad a secas… es incapaz de alzar la voz… para oponerse a la bota militar que amenaza con pisotearnos y destruirnos como pueblo y como sociedad de valores de pronta democracia y reciente libertad».

He de empezar declarando que no descarto que en la actitud de estos vocales y en la del famoso juez cada posición personal esté dibujada con honestidad y altura de miras, pero en sus palabras se atisba cierto mesianismo político, lo cual es casi peor, pues nada hay más torpe que la falaz pretensión de creerse dios de los grandes profetas de la política. Si cada cual debe estar en su sitio y representar el papel que le tocó en suerte, no parece que los vocales que suscriben ese manifiesto y el juez sean, unos y otro, juristas o jueces en exclusiva, esto es, personas que trabajan sólo por el puro afán de arreglar la Justicia o impartirla, sin ningún otro fin trascendente, o sea, político, lo cual, por espurio, vicia el cometido original.

El CGPJ nació -hace ahora más de 20 años- para que la Justicia fuese gobernada y organizada con independencia. De ahí que resulte muy duro admitir que esa institución se utilice para ponerse al servicio de fines o nociones -por nobles que supongamos- que no sean los que la ley encomienda. El CGPJ es el órgano de gobierno del mismo (artículo 122 de la Constitución), que ejerce su misión en los términos que la ley -sólo la ley- le encomienda, entre los cuales no figuran el hacer manifiestos ni enarbolar estandartes a favor o en contra de la guerra. A mi juicio, los acuerdos del Pleno o de las diferentes comisiones no pueden -ni deben- confundirse con las proclamas políticas ni es lícito abusar de unos ciudadanos que en su mayoría están del todo disgustados con el funcionamiento de la administración de Justicia. Doy por supuesto que cabría invocar el socorrido comodín de la buena fe, pero mucho me temo que no es por ahí por donde van las cosas.

Hay personas que hacen servicio propio del servicio al prójimo que les paga, y de ese erróneo, o avieso, entendimiento de los deberes del cargo se derivan muy confusas y graves consecuencias.Sin ánimo de molestar, tengo para mí que los vocales progresistas, con su nota, se han manifestado sobre la guerra con la misma falta de equilibrio con que, de vez en cuando, tratan algunos asuntos de la Justicia. Da toda la impresión de que el lema que parece haber presidido la reunión donde acordaron manifestarse -también en otras, tediosas o animadas- fue «no estar callados».El político que va de juez suele arbitrar soluciones que acaban siempre como el rosario de la aurora, pero el juez metido en faenas políticas no pasa de ser un chisgarabís de la vida pública al que le encanta hacerse notar y sueña con aplausos y premios.Los jueces -también los vocales del CGPJ- parapolíticos o pseudopolíticos se suelen ir de la lengua o de la pluma, olvidándose de que el pez muere por la boca.

Uno cree que a los miembros del CGPJ firmantes del atípico manifiesto «contra la guerra» más les hubiera valido estar callados, porque el CGPJ no está para hacer política pacifista o belicista, como tampoco lo están -de ahí que no lo hagan- el Tribunal Constitucional, el Tribunal de Cuentas, el Consejo de Estado o la Real Academia Española. En el supuesto contrario, el funcionamiento de estas instituciones se atasca, chirría y cruje. Si el CGPJ tiene dicho que los jueces deben permanecer ajenos a cualquier polémica con otros poderes públicos e incluso en más una ocasión ha sancionado duramente a quien ha hecho uso legítimo de la libertad de expresión, es indiscutible que los dos casos que me ocupan caen fuera de lo que se llaman competencias e invaden el resbaladizo terreno de la grafomanía.

Respecto al fondo del asunto, o sea, la guerra que se avecina, en diversas ocasiones dije por escrito lo que pienso de la guerra, como circunstancia humana y como actividad digna de consideraciones éticas. Recuerdo que cuando la guerra de Afganistán advertí que el conflicto era un paso más en la carrera de armamentos que empezó hace medio siglo y que galopa como un potro desbocado; algo tan suicida y vergonzoso como el derroche de riqueza emprendido para acelerar la desaparición del hombre, cuando el hombre, en una proporción de seis a uno, pasa hambre y no sabe leer y escribir.Pena da ver que los países más ricos del mundo gasten su dinero en ayudar a morir, en lugar de hacerlo en ayudar a vivir.

Pero mucho antes y mejor que yo -desde las discusiones entre Trasímaco y Sócrates en La República, hasta nuestros días-, son legión los pensadores dedicados a analizar la guerra. A las columnas de opinión y editoriales que se vienen sucediendo durante los últimos días me remito. Por cierto, me llama la atención que todavía los haya en la doble actitud de hacer la guerra y discutir sobre sus principios. Me parece una terrible paradoja que la guerra necesite ser justificada. Salvo a un paranoico incurable, a nadie puede apetecerle una guerra en un mundo de armas de destrucción masiva y de bombas con cabezas nucleares.

Hay gentes -léase a Maquiavelo- que piensan en la guerra aun en tiempos de paz. Quien esto escribe pertenece a eso que se denomina gente normal, corriente o del montón y, aparte de que Maquiavelo siempre le pareció un listo y un aprovechado, entiende, salvo mejor y más fundada opinión, que las guerras se hacen siempre por dinero, pues al hombre jamás le movieron generosos ideales sino bastardos objetivos. El nervio de la guerra es el poder y no en vano Filipo decía que toda ciudadela puede ser tomada por asalto con tal de que pueda hacerse ascender hasta ella un asno cargado de oro. Mientras los que mueran sean los de siempre -lo que Cela llamaría carne de derrota-, todo va bien.

No sé si por influencia generacional o familiar, pero siendo estudiante ya me parecía que en las guerras nadie tenía razón y que los soldados eran todos unos homicidas por obediencia.No hay seres humanos predestinados al sacrificio ni tampoco nacidos para matar. Hoy, asomados ya al tercer milenio de nuestra era, a todos nos debería doler el corazón porque el hombre siga usando la palabra guerra. La Humanidad, a lo que se va viendo, no sólo no escarmienta sino que se empecina en partirse la cabeza tropezando siempre con las mismas piedras. Digo yo que si acaso los mortales no tendremos alguna válvula obstruida que nos impide tomar en serio la absoluta evidencia de que el mundo se encuentra abocado a una guerra -la tercera-que, sin duda, sería la última y definitiva.Hobbes se preguntaba acerca de qué tipo de derrota militar justificaba el sometimiento al tirano, y tres siglos más tarde todavía tenemos dudas acerca de si un sistema de defensa preventiva será capaz de despejar la amenaza de la aniquilación nuclear. Ulises y el Cíclope no eran tan diferentes como se nos pintan. El uno, cuando se le presentaba la ocasión, maltrataba a sus semejantes y los esclavizaba; el otro, si quería comer carne humana, los ponía en su menú para la cena.

Vuelvo al motivo de estas líneas. La declaración pacifista de los ocho vocales del CGPJ parece poco pulcra. Quizá este ejemplo, con otros cuantos, sea el espejo de la España judicial en la que se vive: la España judicial partidista. Además, uno, en su escepticismo, no cree que haya fórmulas mágicas para nada. Si ni siquiera existen para adelgazar, menos aún las habrá para conseguir la paz entre los hombres, esa víbora de picadura venenosa que llegado el caso es capaz de matar a su madre o al vecino por un quítame allá esas pajas. Con el mayor de los respetos para quienes opinan lo contrario, a mí me parece que en esto de los manifiestos y las declaraciones solemnes y grandilocuentes, como en aquellos otros supuestos de los encerrados y los huelguistas de hambre, puede haber mucha buena voluntad y hasta elevadas dosis de verdad, pero tampoco descartemos que quizá sea la máscara o el antifaz de no pocos oportunistas.

Cita de autoridad. «No creeré nunca que los responsables de la guerra son únicamente los poderosos, los gobernantes y los capitalistas.Los hombres nacen con el instinto de destrucción, de masacrar, de asesinar, de devorar. La guerra persistirá mientras la Humanidad no sufra una enorme metamorfosis. Las reconstrucciones, las tierras cultivadas volverán a ser destruidas. Y la Humanidad tendrá que volver a empezar de nuevo». Estas palabras pertenecen al diario de Ana Frank y fueron escritas el 17 de octubre de 1944. Si las traigo a colación es porque sé que son muchos los que también opinan así. Incluido yo.

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