Consenso y realidad ante el 21-D

Apenas hemos superado un intento de golpe de Estado en Cataluña -una experiencia que nos marcará durante generaciones- y ya nos vemos metidos en una convocatoria electoral que adquiere tintes dramáticos. Ignoro cuál será el resultado final, pero tengo claro que hay dos elementos que podrían ayudar a las fuerzas constitucionalistas a sacar el mejor resultado posible y tal vez a ganar. Ambos son efectos secundarios y positivos de la fracasada ofensiva secesionista.

El primero es el consenso. Los mayores logros sociales, económicos y políticos de nuestro país se han basado en el consenso, explícito o implícito. En los últimos años apenas parecía haber lugar para el encuentro. Los españoles tuvimos que ir a las urnas dos veces en seis meses porque no resultaba posible formar Gobierno, y poco faltó para que fuéramos una tercera. Durante el largo proceso golpista, los grandes partidos españoles parecían incapaces de ponerse de acuerdo en cómo afrontarlo. De hecho, el PSOE pasó un tiempo sin ponerse de acuerdo consigo mismo. Finalmente, cuando los hechos se fueron consumando, PP, PSOE y Ciudadanos (sus diputados suman más del 70% en el Congreso) han actuado de forma coordinada. Cualquier coalición implica renunciar a algo, y creo que los tres partidos han sabido hacerlo, a pesar de que sus diagnósticos no son idénticos ni sus recetas las mismas. Este consenso ha sido bien valorado por los españoles, entre ellos muchos catalanes, mientras que se ha castigado al partido que, fingiendo equidistancia, ha hecho el juego sucio a los independentistas: Podemos.

No esperaba que Ciudadanos, PP y PSC fueran en coalición, ni siquiera estoy segura de que fuera deseable. Lo que sí creo es que los tres partidos deberían reflexionar sobre su forma de afrontar la competencia electoral. Imagino que, ante la inminencia de los comicios, muchos estrategas, basándose en su sabiduría acumulada, estarán aconsejando a los líderes constitucionalistas arañar votos, precisamente, de los otros constitucionalistas. Es difícil que haya un votante indeciso entre ERC y Ciudadanos, pero no tanto entre Ciudadanos y el PSC o el PP. Actuar como si estuviéramos en una convocatoria normal sería peor que un pecado: sería un error. Si las expectativas de los partidos favorables a la legalidad han mejorado con el consenso, dudo que vayan a hacerlo también con la confrontación directa.

Entiendo el dilema al que se enfrentan algunos, en especial los socialistas. La pregunta de “con quién va a pactar usted” es siempre incómoda para un candidato. Tal vez por eso Iceta ha dicho tres cosas que forman un triángulo de lógica imposible: que no apoyará a Arrimadas, que no hará presidente a un separatista y que no permitirá que se repitan las elecciones. Es muy probable que, llegado el momento, eliminar dos de estas opciones haga inevitable la tercera. Pero no hay que tenérselo muy en cuenta: es una campaña electoral. Más me preocupan las declaraciones de Adriana Lastra comparando a Albert Rivera con el fundador de la Falange. Invocar los fantasmas del franquismo es lo que han hecho los golpistas. Y no parece inteligente insultar al líder de un partido con el que tal vez tengas que llegar a un acuerdo para formar gobierno.

El PSC y el PSOE no deberían perder de vista que durante este triste proceso hemos escuchado la voz de una izquierda no nacionalista, algo que algunos ya no creíamos posible. Y no ha sido sólo Josep Borrell -que apoyará al PSC desde fuera de las listas y con su propio discurso-; también Paco Frutos ha recordado que el nacionalismo (no digamos ya cuando es separatista) es contrario a los valores de igualdad y solidaridad. En los entornos mediático, artístico e intelectual han surgido voces por la izquierda para protestar por los abusos del nacionalismo, que se han unido a las pocas que nunca callaron, como las de Félix Ovejero o Francesc de Carreras. No agradeceremos lo suficiente su valentía a Isabel Coixet, a Rosa María Sardá o a Joan Manuel Serrat. Esta izquierda alternativa sabe que puede discrepar de la derecha en muchas cosas, pero no en la existencia de un terreno de juego común: España como una comunidad de ciudadanos libres e iguales. Los socialistas harían bien en no ignorar estas voces. Tal vez de ellas surja una alternativa.

El otro elemento que los constitucionalistas deben tener muy en cuenta es, sencillamente, la realidad. No es una obviedad. Jamás, en lo que llevo en política, he visto semejante ejercicio de fantasía como el que están desplegando los secesionistas. Una había supuesto que, una vez aplicado el 155 y convocadas las elecciones, los Puigdemont, Junqueras y Rovira cesarían en sus mentiras. Qué vana era mi esperanza. Antes al contrario: se han atrincherado en su realidad paralela. Puigdemont, desde su refugio bruselense, pide un referéndum para que Cataluña salga de la UE. Rovira, a la que han dejado a cargo del castillo nacionalista, habla de fantasmales amenazas de “muertos en la calle” y asegura que nunca existió la vía unilateral hacia la secesión. Otro portavoz de ERC afirmó hace pocas semanas que seguían adelante con el plan pero sin fechas, porque les “ponían mucha presión”. Claro, es que cuando algo tiene un horario previsto de pronto se vuelve real.

La realidad es el artículo 155 de la Constitución. Se ha aplicado y no se ha desatado el infierno que vaticinaban los agoreros. De hecho, la vida ha mejorado en Cataluña: con los derechos de los catalanes garantizados se ha reducido la incertidumbre y parece que mejoran las muy mermadas cifras de la economía. Pero el factor más real, incontrovertible y poderoso del artículo 155 es que no se agota como un extintor una vez que se usa, sino que sigue siendo una herramienta disponible para los poderes del Estado. Dicho sea de otro modo: que se aplicará cuantas veces sea necesario.

Los secesionistas tratan desesperadamente de convertir estas elecciones en un plebiscito sobre el 155. Por una vez, los constitucionalistas podrían ver el envite y decir claramente a los catalanes: nosotros tampoco queremos que vuelva a aplicarse, de modo que no votéis a quienes lo han hecho irremediable. Pero debe quedar claro que la democracia española se defenderá siempre de quien trate de destruirla. No hay nada vergonzoso en ello, lo habría en lo contrario.

La estrategia secesionista se reduce a la disonancia cognitiva. Engañaron a mucha gente, y como a nadie le gusta sentirse engañado, cuentan con que la mayoría de sus seguidores siga comprando sus nuevas y disparatadas mentiras antes que enfrentarse con la realidad. Las empresas que huyen, la economía que se resiente, el portazo de la Unión Europea, el vacío internacional… todos estos hechos que convierten la secesión en un auténtico disparate deben subrayarse con la máxima claridad, en lugar de entretenerse en sacar a relucir las diferencias entre los partidos que han defendido el Estado de derecho. Los votantes conocen esas diferencias y podrán elegir. Lo importante es poner al secesionismo ante el espejo que no quieren mirar.

Una campaña electoral que no ignore el consenso que surgió ante el golpe secesionista y que subraye la realidad de lo sucedido ayudará a los partidos constitucionalistas. No es hora de arañar unos pocos votos al partido al que te une el respeto a la legalidad, sino de desactivar en lo posible al secesionismo para que el próximo 21-D haya una mayoría histórica que permita dar por zanjado el episodio golpista y alumbre la Cataluña plural que tanto tiempo ha estado oculta por la abusiva hegemonía nacionalista.

Beatriz Becerra es vicepresidenta de la subcomisión de Derechos Humanos en el Parlamento Europeo y eurodiputada del Grupo de la Alianza de Liberales y Demócratas por Europa (ALDE).

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