Consideraciones sobre la esperanza

Por Gianni Vattimo, filósofo y político italiano. Traducción de Teresa Oñate, catedrática de Filosofía en la UNED (EL MUNDO, 12/01/08):

Parece mentira -y no deja de encerrar una amarga ironía- tener que decir que la última encíclica de Benedicto XVI, dedicada precisamente a la esperanza, había suscitado una amplia expectativa: la de que no se tratase de un mero ejercicio de banalización con respecto a las expectativas éticas actuales, transmitiendo a la postre un mensaje que cabría considerar en términos de sustancial hipocresía. Esperábamos que no fuese un enésimo documento proveniente de esa especie de cátedra del conservadurismo social que, con demasiada frecuencia, estamos acostumbrados ya a reconocer en la enseñanza de la Iglesia post- y anticonciliar de nuestros días.

La encíclica, Spe salvi, se publica justo ahora, en un presente como el nuestro, cuando por todas partes parece renacer en nosotros la esperanza de que aparezca un signo de cambio capaz de devolvernos el gusto por pertenecer a la Iglesia de Cristo. La encíclica podía en efecto habernos ofrecido una buena ocasión para resucitar esta esperanza.

Su temática, la esperanza salvadora -«Estamos salvados en la Esperanza», decía San Pablo en su Carta a los Romanos- evoca de inmediato los años pasados por el profesor Ratzinger en Tubinga cuando enseñaba, si no me equivoco, también Ernst Bloch, el autor de aquel monumental Principio de Esperanza, que Benedicto XVI no recuerda en absoluto en sus numerosas citas, dedicadas de manera prevalente a los padres de la Iglesia y depuradas con diligencia de toda referencia a la teología contemporánea.

Por tanto, ilusión y desilusión son las primeras impresiones que se obtienen de la lectura -ni fácil ni apresurada- que se puede hacer del texto. Por lo que respecta a las expectativas positivas, destaca esa misma riqueza de referencias a las doctrinas de los padres y, en general, a las fuentes de la espiritualidad cristiana, lo cual impresiona, sin duda, por su auténtico efecto edificante.

Siempre resulta admirable el aspecto docto, casi científico, de los discursos teológicos que pueden nutrirse de una tradición textual e interpretativa tan extensa. Una tradición que no se reduce a la simple astucia de los curas, como podría pretender cualquier autor ateo de éxito. Aquellas páginas antiguas y todos aquellos autores son huellas de experiencias auténticamente vividas y, a menudo, de auténticas vidas de santidad que no pueden tomarse a la ligera.

Pero, entonces, ¿por qué desilusión? Quizá se pueda resumir en la ya señalada ausencia de Bloch -que podríamos, no obstante, aceptar, dado que Ernst Bloch no era un teólogo cristiano-. Y, sin embargo, ¿qué decir de la total ausencia de la teología de la liberación, o de autores tales como Moltmann y tantos otros que han tratado de dar un contenido no puramente espiritualista a la doctrina cristiana de la esperanza?

Es ahí donde se palpa el sentido del tratamiento ratzingeriano de la cuestión, al cual se toma el pulso algo más adelante, cuando en el párrafo 4 del texto se dice sucintamente que «el cristianismo no traía un mensaje socio-revolucionario como el de Espartaco, que fracasó a costa de sus cruentas luchas». No se exagera si se ve en esta frase algo lapidaria, incluida su conclusión, la auténtica clave del discurso papal. Importa subrayar la conclusión: que la esperanza traída por Jesús al mundo no puede ni debe leerse en términos de renovación político-social -como verosímilmente fue leída, sin embargo y en primer lugar por quienes quisieron librarse de El crucificándolo-, lo que parece quedar de sobra demostrado por el fracaso histórico de revueltas tales como la de Espartaco, el liberador de los esclavos.

Más adelante (por ejemplo, en el párrafo 21) será esta misma la razón que se aduzca para rechazar también el mensaje revolucionario de Marx, contra quien se dirige la objeción, bastante gastada en la actualidad, según la cual el comunismo sería una vana pretensión de realizar el reino de Dios en la tierra. Empresa evidentemente imposible y, por tanto, destinada fatalmente a degenerar en violencia. En las mismas líneas en que se objeta a Marx haberse olvidado de que el hombre «es siempre hombre» (es decir, imperfecto e incapaz de salir del estado de su imperfección «connatural»..., pues ¡vaya esperanza!) se añade que si bien Marx inspiró el derrocamiento del viejo orden no nos indicó cómo proceder después, por lo que el pobre Lenin, al parecer, debió resignarse a esperar que el Estado se disolviese por sí mismo. En fin, relatos edificantes.

Pero volviendo a la cuestión esencial: ¿qué indicaciones prácticas habría en la «verdadera» esperanza cristiana? Si seguimos leyendo a Raztinger se trata de éstas: la oración, la mirada al juicio final donde Dios restablecerá la justicia y «el actuar y el sufrir como lugares de aprendizaje de la esperanza». Incluso en estas páginas conclusivas -donde acaso podría aguardarse una mayor novedad, ya que el Papa Benedicto XVI se esfuerza allí por argüir determinadas razones para no seguir creyendo ni en las llamas del infierno ni en la eternidad de la pena administrada a los condenados (parece que más bien todo esto se haya dulcificado deviniendo, digamos, en un infierno purgatorizado)- se vuelve a experimentar la limitación de ese puro «espiritualismo» que confiere a la doctrina ratzingeriana de la esperanza un sentido totalmente abstracto y, en todo caso, banalmente retórico.

El actuar y el sufrir son ejercicios de esperanza, y de esperanza compartida, puesto que el cristiano sufre con el prójimo y no se siente nunca solo. De acuerdo. ¿Pero no sería justo acentuar entonces un poco más el actuar que el sufrir? Es, en cambio, sobre este último, sobre el padecer sobre el que se pone como siempre el acento, siguiendo una línea que, por otra parte, ha resultado dominante dentro de la tradición cristiana. Una tendencia que, precisamente en la actualidad, no pocos teólogos comienzan a poner seriamente en duda.

Según ésta -la línea doliente-, Jesús sufre en la cruz porque es la víctima propicia, la víctima capaz de satisfacer la ira del Padre a causa del pecado original. De ahí la exaltación del sufrimiento como mérito. Mientras que actuar con los otros y sufrir con ellos no tiene nunca (para estos intérpretes) -como debería tener- el sentido de una lucha común contra lo que produce sufrimiento.

El Papa cita en la encíclica un único ejemplo de justicia divina: el del rico Epulón, quien debe expiar su arrogancia y su apego a los bienes de la tierra; pero ni siquiera en ese momento le asalta al Pontífice la sospecha de que el bien y el mal tengan nada que ver con la desigual distribución de las riquezas y del poder. Efectivamente, olvidarse de Bloch no parece haber sido una buena idea.

No sé si el Papa leerá EL MUNDO, pero, por si acaso, querría sugerirle desde estas páginas que reflexione sobre aquella famosa historieta de Bertolt Brecht, la del sastre y el obispo de Ulm. El sastre quería volar y se construyó unas alas de madera y de trapo. «¡Mire obispo, puedo volar, puedo volar!», decía mientras se tiraba desde el campanario de la iglesia y se desplomaba sobre al suelo de la plaza. Entonces, el obispo sentenció diciendo a las gentes: «Volar no forma parte de la naturaleza humana».

Creo que era algo así. Quizá Brecht compusiera esta cancioncilla con el ánimo de recordarnos que las apariencias evidentes muchas veces engañan -como bien saben todos los filósofos-, porque tanto los hombres y mujeres, como el presente, el futuro -y hasta nuestras interpretaciones del pasado- pueden llegar a ser bastante distintos de como son, y hasta, quizá con el tiempo, si se empeñan en lograrlo, y no pierden la esperanza, algo menos imperfectos.