Construir España

"Catalunya forma parte de España desde los tiempos de los íberos”. Así de rotunda se manifestaba la presidenta del PP catalán, Alicia Sánchez-Camacho, en una reciente entrevista. No es la única dirigente popular a la que le gusten las afirmaciones historiográficas categóricas. El presidente Rajoy, en marzo del 2013, afirmaba que “España es la nación más antigua de Europa. Tiene 500 años de antigüedad”. Esperanza Aguirre también ha flirteado con las lecciones magistrales de historia, aunque discrepa de su presidente en las fechas, porque como decía en noviembre del 2012, “España es una gran nación, con 3.000 años de historia. Eso lo tienen que saber los niños”.

Hay muchas más citas de dirigentes del PP sobre la historia de España, pero yo no me quedaría tanto con las cifras como en el sustrato de la argumentación. La idea es la siguiente: hay un edificio político, España, que preexiste a cualquier otro, un hecho irrefutable que legitima la indisolubilidad nacional.

Todos los estados modernos han creado mitos históricos para legitimarse. Ahora bien, no creo que ningún país disponga de un arsenal de mitos tan incongruentes, y si me lo permiten, casi risibles, como el español. Todos conocemos algunos: la España celtibérica, los reyes visigodos, los reyes católicos...

Retrotraer la unidad de España al mundo ibérico es sencillamente grotesco. Celtas e íberos nunca fueron un pueblo común, la Península era un conglomerado de clanes sin la menor idea unitaria. De hecho, como dice un historiador español: “Si a Viriato le hubieran preguntado si luchaba por España, ni siquiera hubiera entendido la pregunta. Él sólo conocía unos cuantos valles, no el conjunto de la Península, ni mucho menos el concepto político”. En cuanto a los visigodos –¡cuántas generaciones de niños han tenido que aprender la lista de sus reyes!–, nunca controlaron el territorio de la España actual. Por cierto: por algún motivo incomprensible cierta historiografía no ha considerado a los visigodos, que entraron por el norte, como invasores; y en cambio a los musulmanes, que entraron por el sur, sí. En cualquier caso el adjetivo español no aparece... hasta finales del siglo XI, y curiosamente en Francia, y sólo para referirse a los cristianos del sur de los Pirineo. En cuanto a los Reyes Católicos, el mito preferido de Francisco Franco, fue una unión puramente personal en la que los diversos reinos conservaron sus instituciones.

El concepto de España como Estado integral sólo aparece en fechas tan cercanas como el siglo XIX, con las revoluciones liberales. En 1837 Agustín de Argüelles decía “¡Españoles, ya tenéis patria!”. Y en 1835 Alcalá Galiano afirmaba: “Uno de los objetivos principales que debemos proponernos es hacer de España una nación, que no lo es ni lo ha sido hasta ahora”.

Una nación necesita símbolos aglutinadores: bandera, himno y una fiesta nacional; sin símbolos, de hecho, no hay nación. ¿Hay algún símbolo español que tenga 3.000 años, o al menos 500? En absoluto. La bandera española no fue creada hasta una fecha tan tardía como 1785 por orden de Carlos III y sólo como bandera de la flota. Según las fuentes más verosímiles, el diseño –¡qué paradoja!– se basó en el de la bandera de la Corona de Aragón. Es curioso que en noviembre del 2012 la diputada de UPyD, Rosa Díez, afirmara que “sin la Constitución, la senyera ni existiría”. En realidad quizás sea exactamente a la inversa. En cualquier caso la bandera de Carlos III no devino bandera del Estado, es decir, representante de toda la nación y no sólo de la marina, hasta 1843. Y con oposiciones: hasta finales del siglo XIX el poderoso movimiento carlista seguiría usando la bandera blanca con la cruz de Borgoña. El himno nacional español fue compuesto originalmente como una simple Marcha de Granaderos, en 1761. En 1770 Carlos III lo declaró Marcha de Honor, que se tenía que tocar en presencia del rey. Esta identificación con la monarquía hizo que en 1868 se convocara un concurso para componer por fin un himno nacional, pero se declaró desierto. Alfonso XII lo recuperó como Marcha de Honor, y no fue hasta 1908 que Alfonso XIII lo declaró Himno Nacional de España. Y en cuanto a la Fiesta nacional, el 12 de octubre, no se instauró hasta el 1892, cuando se celebró el cuarto centenario del descubrimiento de América, pero no quedó instituida como festiva hasta 1918 con el nombre de Fiesta de la raza española. Con todo, no fue reconocida como Fiesta Nacional hasta una fecha tan reciente cómo... ¡1958!

El día siguiente de la unificación italiana D’Azeglio pronunció aquella famosa frase: “Ya tenemos Italia; ahora tenemos que hacer italianos”. Con esta expresión asumía que Italia era un constructo. Ello no implica mácula alguna: ¿qué edificio político no lo es? Y aun así, la palabra España tiene un significado añadido de tragedia, de fracaso, de melancolía atroz, si ustedes quieren; tiene un poso de fatiga cruel, de carga absurda. España no es un laberinto, es un plomo muerto. Admitámoslo: España no siempre castiga, pero nunca ilusiona. ¿Por qué, sino, tanta periferia desentendida? Las élites españolas tendrían que pensar en D’Azeglio: ellos y los suyos tuvieron más o menos éxito en su propósito de hacer italianos, pero hay una cosa que nunca crearon: antiitalianos.

Albert Sánchez Piñol, escritor y antropólogo.

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