Consultas ciudadanas: ¿sí o no?

El descrédito de la política y el debilitamiento de la democracia son fenómenos que nos preocupan. Esta preocupación explica la aparición, ya desde los años noventa, de experiencias de participación ciudadana e innovación democrática. También explica que muchos analistas (académicos, comentaristas, tertulianos) hayan expresado sus opiniones al respecto. En este terreno, sin embargo, detecto una preocupante tendencia a la incoherencia. Una proliferación de opiniones que, en lugar de favorecer la calidad democrática, usan el espacio comunicativo para hablar de estos asuntos vistiendo la camiseta de su equipo y ondeando banderas con sus colores.

Sólo así se entiende, por ejemplo, el contraste entre los comentarios que despertó la consulta ciudadana sobre la Diagonal de Barcelona y los que ahora se manifiestan sobre la consulta por la independencia de Catalunya. En el primer caso, la mayoría de los altavoces mediáticos subrayaron la absurdidad de preguntar a la ciudadanía sobre una operación urbanística. Lo que hacía falta, argumentaba, era disponer de certezas técnicas (nunca opiniones) y, a partir de ahí, ejercer la obligación de todo gobernante: tomar decisiones (sin delegarlas). En el segundo caso, paradójicamente, los mismos opinadores que habían desacreditado la consulta de la Diagonal se deshacen ahora con alabanzas a la pulcritud democrática de la consulta por la independencia. Incluso, se presentan como defensores de la radicalidad democrática, un concepto que hasta hace cuatro días asociaban a desorientados ‘pijoprogres’ o peligrosos ‘perroflautes’. Comparar las posiciones de algunas de nuestras estrellas mediáticas sobre este tema haría reír, sino fuera por el ejercicio de manipulación política que hay detrás.

Se me dirá que no es solo la peatonalización de la Diagonal que la independencia de Cataluña. Esto es evidente, pero como argumento para defender o atacar una consulta ciudadana no se aguanta. En los países que usamos habitualmente como ejemplos de calidad democrática, como Suiza, los referendos afectan a los asuntos más variados. Se entiende que la ciudadanía está interesada y comprometida en la alta política del país, pero también en la construcción de su entorno más inmediato. No es incompatible. La única razón que explica el sorprendente cambio de opinión de algunos radica en el origen de la iniciativa: una es fantástica porque la promociona el ‘president’ Mas y la otra es horrible porque proviene del alcalde Hereu. La camiseta, por muchos analistas, manda más que la coherencia.
Dos condiciones imprescindibles

A pesar de que la experiencia era muy mejorable, defendí –a menudo en solitario– la consulta del alcalde Hereu. Y, por las mismas razones, daré mi apoyo a la consulta que propone el ‘president’ Mas y, en realidad, la mayor parte del Parlament. En cualquier caso, me gustaría que, si finalmente se hace efectiva la consulta sobre la independencia, se tomen en consideración dos factores. En primer lugar, recordar que es imprescindible fijar una fecha. No podemos dejar abierta la convocatoria a la espera de que las encuestas nos indiquen que la ganaremos, pues la democracia exige compromisos estratégicos que vayan más allá de los cálculos tácticos. Podemos planificar la para dentro de un año o por dentro de diez años en función de una lícita estrategia política, pero debemos fijar un horizonte y asumir un compromiso. De no hacerlo, la política deja de estar al servicio de los ciudadanos y son los ciudadanos, adecuadamente manipulados, los que se ponen al servicio de la política. Una perversión que no deberíamos permitir, ni siquiera cuando eso, como en el caso de la Diagonal, suponga que la posición institucional sea derrotada en el proceso de consulta.

En segundo lugar, una consulta debe venir acompañada de un proceso de debate público honesto y transparente. La democracia directa –como bien sabían los demagogos de la Grecia clásica– es fácilmente moldeable. La consulta de la Diagonal es una lección de lo que no debería volver a pasar. Lo expondré de una manera quizá excesivamente contundente. En este caso, la consulta no supuso un traslado efectivo de poder a los ciudadanos, pues no fueron estos ciudadanos los que hicieron ganar o perder una u otra de las alternativas. De hecho, por un lado, la consulta la perdió el propio gobierno del alcalde Hereu, que la usó como operación de imagen sin ser capaz de controlar que se le girase en contra. Y, por otra parte, la ganaron el grupo Godó y el RACC, dos lobis con intereses coincidentes, al menos en este caso, y con una gran capacidad de influencia. Los primeros dominando el espacio comunicativo y los segundos monopolizando lo que se presenta como el conocimiento experto. Los protagonistas de la democracia son los ciudadanos y, por tanto, hay que evitar en lo posible que su voluntad sea condicionada por intereses particulares y capturada por opinadores que, de hecho, defienden sus colores.

Quim Brugué, catedrático de Ciencia Política (UAB)

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