Contador de historias

Por Andoni Unzalu Garaigordobil (EL CORREO DIGITAL, 25/01/07):

Anteayer moría en Varsovia Ryszard Kapuscinski. Un viajero incansable. Un embajador polaco a la inversa, intentó acercar a sus conciudadanos la existencia de otros mundos y otras gentes totalmente desconocidos para ellos. ¿Qué es Kapuscinski ¿Un periodista? ¿Un viajero en busca de países exóticos? ¿Escritor, tal vez? Para mí es todo junto pero fundamentalmente un observador honesto del ‘otro’. Era consciente de que toda frontera tiene a su vez otra frontera en un ‘continuum’ que se cierra volviendo otra vez al mismo sitio. La frontera como esfuerzo inútil para cerrar la ventana al mundo recorre muchos de sus escritos. La frontera rusa siberiana; miles de kilómetros de alambre espinoso proclamando de forma ostentosa su presencia e inutilidad en la estepa nevada. El cruzar fronteras era para él el mayor acto de libertad.

Creo que le gustaría que le recordáramos como seguidor (admirador) de Heródoto, de alguien que quería dejar recuerdo escrito, no de sí mismo, sino de los otros para que la memoria de la Humanidad no tuviera vacíos sobre los sufrimientos de los menos favorecidos por la fortuna. Porque sus relatos son en su mayoría relatos de dolor y sufrimiento, de gentes sin ningún futuro.

Quiero recordar hoy a este escritor polaco recordando algunas de las historias que él nos cuenta.

Comienzan el año 1939, cuando los marineros rusos apostados en el puente no les dejan entrar en su pueblo. Cuenta la época de la guerra en la escuela aprendiendo ruso con un único libro de Stalin (un único libro y un único ejemplar para toda la clase). Empezaban el alfabeto no por la ‘a’ sino por la ‘s’, que era la primera letra de Stalin. Y de repente empiezan a desaparecer niños de clase; hoy uno y al siguiente otro más. Nadie pregunta o comenta por qué faltan los niños. No hace falta, todos lo saben: ha comenzado la deportación a Sibir. Pronunciado así, en ruso, ‘Sibir’, como símbolo de todos los terrores. Al final llega el día en que el profesor tampoco está. En esa época temprana aprendió lo que querían decir los uniformes azul celeste de los NKVD o las camisas blancas con pañuelo rojo de los pioneros.

Su viaje a Magadan como peregrinación en memoria de los millones de asesinados y torturados en las minas y campos helados. De esta historia se me quedó grabada la imagen de la rosa helada sobre la nieve. Como un acto estrictamente personal para devolver algo de humanidad a las personas asesinadas por el estalinismo: Quiere hacer una ofrenda a los muertos pero en aquellos parajes desolados no sabe cómo hacerlo. Se le ocurre comprar unas rosas y camina buscando un sitio adecuado para depositarlas. Al llegar al final del pueblo las deposita sobre la nieve; para entonces, las rosas ya son rosas de cristal; se han helado completamente.

Su primer cruce de la frontera. Aterriza en Roma y conoce por primera vez al ‘otro’ por excelencia en los países comunistas. Le sorprenden los escaparates y las luces. Y las dependientas de las tiendas que, para su enorme sorpresa, son muy amables e, incluso, quieren vender y te dan las gracias al marcharte.

Sus peleas con el idioma extranjero: esa gran frontera para acceder al conocimiento del otro. Sólo lo que tiene nombre existe. Pero más tarde relativiza esta frontera; hay muchas formas de comunicarse con el otro; llegó a entenderse perfectamente con un chófer que sólo sabía dos palabras: ‘problem’ y ‘no problem’. Y aprendió a usar su idioma polaco con precisión y usura. Eran tiempos en los que se mandaban las noticias por teletipo, cada palabra costaba medio dólar, sólo tenía un presupuesto de cuarenta dólares por noticia. 80 palabras, precisas, condensadas, con las que explicaba a los polacos un golpe de Estado o una guerra africana.

Sus viajes africanos; ese continente prisionero de la malaria, las moscas y las guerras. Y las hambrunas como colofón de todas las desgracias. Nunca podré olvidar la imagen del niño negro, lleno de moscas, comiendo un cuenco de arroz llevado allí por las ONG occidentales. Ese cuenco, dice, ha costado más dinero a la burocracia occidental que una buena cena en ‘Maxim’s’.

De sus historias recuerdo sobre todo las imágenes más que los textos. Veo a Kapuscinski como un pintor con caballete y caja de pinturas que en cualquier lugar, una plaza, una casa o un palacio monta su lienzo y lo pinta. Sus cuadros son de estructura abierta, uno los puede ir completando: por ejemplo, su visita al Kremlin. Los policías que, saliendo de la nada, siempre le paran. La puerta por la que sacaron a Beria, ya detenido, escondido en el maletero de uno de esos coches negros enormes. Y yo voy añadiendo detalles. La reunión del comité con Kruchev nervioso para decidir cuándo apretar el timbre que abriría la puerta a los militares que lo iban a detener. En otro ángulo pongo a Beria, que muy pronto se da cuenta de la encerrona y garabatea de forma mecánica con un lápiz rojo en un papel: ‘Peligro, peligro, peligro’.

O veo en un telediario un accidente en la enorme piscina de Moscú y me acuerdo de la historia de la Iglesia de Cristo Salvador contada por Kapuscinski. Cómo estuvieron días y días a cañonazos, con dinamita, para destruirla, porque Stalin quería levantar en su lugar el rascacielos más alto del mundo y, fracasado el proyecto, Kruchev, más práctico, mandó construir la piscina. La piscina que he visto hoy en el telediario.

Ha muerto Ryszard Kapuscinski, contador de historias. Un infarto ha parado de forma definitiva sus viajes por el mundo. Pero nosotros seguiremos viajando por Rusia, África, Irán o Sudamérica, caminado con añoranza por las páginas de sus libros. Igual que él viajaba a la antigüedad emborronando las páginas de su libro más querido: ‘Historias de Heródoto’.