Contando lo que cuenta en materia de desarrollo

Para la mayoría de la gente, la mejor manera de medir el “desarrollo” es por la cantidad de cambio -como mejoras en el ingreso promedio, expectativa de vida o años de escolaridad-. El Índice de Desarrollo Humano (IDH), una medición compuesta del progreso nacional que supervisa mi oficina en el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, combina estas tres estadísticas para clasificar a los países entre sí.

Lo que muchos no ven, sin embargo, es que esas métricas, si bien útiles, no cuentan toda la historia del desarrollo. En verdad, para entender cuán desarrollado es un país, también debemos comprender cómo la vida de la gente se ve afectada por el progreso. Y para entender eso, debemos considerar la calidad del cambio que se está reportando.

Cuando las estadísticas comparan países, requieren de datos conmensurados. Para comparar la asistencia escolar, por ejemplo, los investigadores contarían la cantidad de alumnos inscriptos en cada país, en relación a todos los niños en edad escolar (aunque inclusive esto puede ser un reto en muchos países en desarrollo, donde mantener un registro no siempre es una práctica estándar).

Pero para medir la calidad relativa del sistema educativo de un país, los investigadores querrían determinar si los alumnos en verdad están aprendiendo. Para esos números, los estadísticos necesitarían testear a los alumnos sobre una variedad de temas, un proyecto que es mucho más ambicioso que simplemente controlar la asistencia.

Los estadísticos siempre han reconocido que comparar cantidades es mucho más fácil que comparar calidad. Pero, como las mediciones existentes son todo lo que tenemos, los puntos débiles muchas veces se pasan por alto cuando se clasifican ganancias relativas o se deciden políticas, aunque el “progreso” según un indicador determinado no necesariamente sea genuino. Si el mundo pretende alguna vez alcanzar una paridad en materia de desarrollo, debemos cambiar la manera en que medimos y catalogamos la calidad de las iniciativas políticas.

Consideremos las estadísticas que mide el IDH -expectativa de vida, educación e ingreso per capita-. Las estadísticas sobre la expectativa de vida sugieren que el mundo es cada vez más saludable, y los datos muestran que la gente vive más que nunca; desde 1990, la expectativa promedio de vida ha aumentado aproximadamente seis años. Pero la mejora de la calidad de vida no ha sido tan dramática. Esos años extra suelen estar acompañados de enfermedad y discapacidad -como es el caso de la demencia que, para la Organización Mundial de la Salud, actualmente afecta a 47,5 millones de personas en todo el mundo.

Si bien la expectativa de vida se puede calcular en base a los registros de nacimiento y muerte, los índices que miden la calidad de vida, como las estimaciones anuales de vida ajustadas por discapacidad de la OMS, requieren cantidades considerables de información sobre una amplia variedad de enfermedades y discapacidades en cada país. Y, desafortunadamente, la dificultad para reunir esos datos implica que muchos conjuntos de datos sobre la calidad de vida son incompletos o están compilados de manera infrecuente.

El panorama para la educación es igualmente ambivalente. El mundo, sin duda, está haciendo progresos en cuanto a ampliar el acceso a la escuela. Hay más niños inscriptos y que asisten a clase que nunca. ¿Pero cómo medimos las brechas en la calidad educativa? Unos 250 millones de niños en todo el mundo no aprenden capacidades básicas, aunque la mitad de ellos han pasado por lo menos cuatro años en la escuela. No sorprende que, en la mayoría de los países, las escuelas en los barrios más adinerados por lo general tengan mejores instalaciones, maestros más calificados y tamaños de clases más reducidos. Abordar la desigualdad requiere medir resultados educativos y no tasas de inscripción escolar.

El Programa Internacional de Evaluación de los Alumnos de la OCDE (PISA), que se basa en pruebas que no están directamente vinculadas a los programas escolares, es una estrategia para hacer comparaciones entre países. Los resultados para 2015 pintan un panorama mucho más rico de desempeño educativo entre los países participantes, a la vez que destacan enormes disparidades. Por ejemplo, PISA determinó que “los alumnos desventajados social y económicamente en los países de la OCDE tienen casi tres veces más probabilidades que los alumnos aventajados de no alcanzar el nivel básico de aptitud en ciencia”.

Los datos sobre el empleo -fundamentales para los responsables de las políticas, en tanto se aprestan para el futuro- cuentan una historia similar. El Informe sobre Desarrollo Humano de 2015 reconoció que, en tanto el mundo avanza hacia una economía del conocimiento, los trabajadores poco calificados o marginales corren un riesgo mayor de perder sus empleos, y las oportunidades para la explotación de trabajadores informales o no remunerados aumentan.

Para ponerlo en perspectiva, consideremos las proyecciones de empleo para la Unión Europea, que prevén la incorporación de 16 millones de nuevos empleos entre 2010 y 2020. Pero, en el mismo período, se calcula que la cantidad de empleos disponibles para aquellas personas con una educación formal mínima caerá, en alrededor de 12 millones.

“No todo lo que se puede contar cuenta. No todo lo que cuenta se puede contar”, escribió el sociólogo William Bruce Cameron en 1963. Su máxima sigue siendo válida hoy, aunque cuando se trata de medir el desarrollo humano, yo sugeriría una leve revisión: “No todo lo que se cuenta cuenta para todo”.

Un desarrollo humano equitativo requiere que los responsables de las políticas presten mayor atención a la calidad de los resultados, en lugar de concentrarse esencialmente en las mediciones cuantitativas del cambio. Sólo cuando sabemos cómo el desarrollo está afectando a las personas podemos diseñar políticas que generen las mejoras más valiosas en sus vidas. “La intención de vivir el mayor tiempo posible no es una de las mejores intenciones de la mente”, alguna vez observó el autor Deepak Chopra, “porque cantidad no es lo mismo que calidad”.

Selim Jahan is Director of the Human Development Report Office and lead author of the Human Development Report.

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