Contra el fútbol

Se dice que la fiesta nacional es el toreo. Al fútbol (el término balompié cuajó apenas) se le aplica la no menos tópica denominación de deporte rey. Muchos a los que no nos atrae especialmente -porque algunos quedamos ajenos a su poderío- creemos que el fútbol es hoy, en España y en otros países, la verdadera fiesta nacional. Nada puede competir con un partido importante (aunque para los aficionados todos son partidazos): ni cine, ni libros -¡pobres!- ni política. Nada de nada.

Si fuera el fútbol un deporte más (como, digamos, el atletismo, que personalmente me gusta mucho) nada habría que decir. A unos les gustaría más y a otros menos, como el baloncesto, el balonmano o incluso el ciclismo. No es así. El fútbol, por el muchísmo dinero y público que mueve, ha logrado ser bastante más que un deporte. Ello a pesar de que son muchos más los que lo ven que los que lo practican.

Quienes no somos forofos creemos que todo lo que tiene que ver con el fútbol está sobredimensionado. En los grandes equipos -que son los que de veras cuentan y arrastran masas-, entrenadores y cracks ganan anualmente millones de euros. Sólo los grandes de internet (Bill Gates y similares) manejan esas cifras, propias de la nefasta cultura del pelotazo -¿será casual la metáfora?-, pues ni grandes médicos, ni investigadores en oncología o física nuclear, ni por supuesto creadores, se acercan a tales guarismos. Acaso algún pintor -Van Gogh o Picasso-, y muchos años después de muerto.

Ahora vivimos una fuerte crisis económica, mucha gente lo pasa mal o muy mal, pero pocos se atreven a comentar el tremendo escándalo y la gran injusticia que hace que unos chicos jóvenes diestros con el balón (Ronaldo o Messi, pero también Kaká y Casillas y Piqué y Ramos) ganen, poco más o menos, cifras que los demás ni hemos soñado. No hace falta que sean ni cristianos ni budistas para que la conciencia debiera removerles un poco… ¡Qué menos! Pero acaso la culpa no sea enteramente de los jóvenes jugadores archimillonarios, sino del innúmero público que los venera o los odia, según el equipo del que formen parte.

El fútbol no es sólo el hodierno pan y circo (que dijo el poeta Juvenal) de nuestra sociedad. En los estadios mucho público vierte sus fobias y filias más o menos secretas: rivalidades u odios regionales, separatismos o nacionalismos nada encubiertos (en España y fuera de ella) todo se ventila en el supuesto deporte -que para esos espectadores que se insultan y hasta agreden es más- y por eso se habla de partidos de alto riesgo. ¿Debería corresponderse tal expresión con la terminología deportiva?

¿Qué ocurriría si los futbolistas hablasen de política, como hacía un tosco ex presidente del Barça? Pues que tendríamos batallas campales cada domingo. Los futbolistas procuran no hablar sino de su trabajo y si son guapos anuncian moda y si son feítos anuncian natillas. Dinero para sus pletóricas arcas. ¿Se imagina alguien a un futbolista hablando de libros? Hay escritores forofos del fútbol y escriben o hablan de él, pero no echan en falta (con la publicidad que les supondría) que algún futbolista diga que los lee, y no sólo que juegan a la Play Station…

Se dice que el fútbol es deporte de hombres (desde luego no es de gacelas) pero lo de menos, incluso, es la terminología machista. Es que no se puede jugar ese deporte sin un físico algo bruto -separo físico de persona- porque no hay sino encontronazos, zancadillas y meteduras de pierna con rudeza. Acaso eso deba ser así. No digo nada. El problema es que los espectadores que miran (salvo honrosas excepciones) tienden a imitarlo, sobre todo si son jóvenes. Después de un derbi o de un partido de máxima rivalidad los seguidores del ganador salen a las calles de la ciudad casi con barra libre y casi también con insensato permiso de la autoridad municipal.

Yo mismo (y eso que huía de los chorros de multitud) he visto bandas de botellón, borracheras, vomitonas, golpes a contenedores de basura volcados, broncas, chicos orinando en portales cerrados -era de noche- y naturalmente en un espectáculo degradante y bárbaro, ni un policía cerca. Porque en esas noches de euforia tosca Barça o Madrid -su grandeza– lo toleran todo. Incluso más de una pelea, si alguien no saluda las banderas augustas…

Si ahora digo no tener nada contra el fútbol no me creerán. Pero no tengo nada contra el fútbol. Sí mucho contra la barata sociología futbolera, contra su injusticia y contra la nula reflexión sobre tanto desatino. Las noches de triunfo en fútbol dan vergüenza cívica.

Por Luis Antonio de Villena, escritor y colaborador de EL MUNDO.

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