Contra el materialismo

«No me hables del alma», me pide un colega. «No aguanto esos cuentos de hados». «No me detengas con especulaciones», me propone un alumno. «La única realidad está aquí, ahora. What You See Is What You Get».

«No creo en mundos paralelos, ni todo ese rollo que enseñáis vosotros en la universidad», me asegura el carnicero que me mantiene provisto de uñas de cerdo y untadas de manteca, «soy realista».

«No perdamos tiempo comentando metafísica», insiste un interlocutor filosófico. Soy materialista. Lo demás «son cosas de niños».

Todos esos conocidos míos coinciden en pensar que el materialismo es la filosofía de adultos, y que las imaginaciones de nuestros antepasados eran infantiles, como si la raza humana hubiese ido ganando inteligencia o madurez, lo que no me parece cierto en absoluto. Entre las ideas más antiguas vienen algunas de las mejores, más geniales, y más útiles, y más inspiradoras que se han concebido. En el mundo de las ideas ser primitiva no equivale a ser sencilla ni infantil.

Hoy en día solemos pensar que el materialismo es moderno y científico. Alabamos de inteligente a quien diga que la mente y el cerebro son la misma cosa, que los pensamientos son descargas electroquímicas, que las emociones son efectos neuronales, y que el amor, como solía decir Denis Diderot, no es más que «una irritación mutua de dos intestinos».

En el materialismo no cabe ni el espíritu ni nada de lo que se encuentra fuera del alcance de la observación. ¿Se trata de veras de una idea moderna? Mi perro es materialista. Es fácil comprender que nuestros antepasados poco evolucionados debían de serlo también. Para ellos, todo lo que existía era físicamente sensible. Sus pensamientos no pasaban de ser impresiones en sus retinas. Detectaban sus emociones como impulsos corporales. Eran materialistas por falta de imaginación, no por exceso de racionalidad. El materialismo, a fin de cuentas, es la filosofía menos sofisticada, menos intelectual, de todas. Mucho más que la metafísica, es genuinamente primitiva, genuinamente infantil: fácil de comprender por conformarse a lo obvio. El descubrimiento de lo invisible -lograr apreciar que existe la posibilidad de encontrar otros mundos a través del ejercicio de la imaginación- era una de las ideas más fecundas que hubiesen podido ocurrir a la mente humana. No sabemos quién fue el genio entre los homínidos que vino a ser el primero en proponérsela a sus contemporáneos. Pero si volviera a aparecer tendríamos que concederle un Premio Nobel, cuanto menos. Ver lo que no está exige potencia intelectual infinitamente más avanzada que percibir lo visible, que no supone más que la observación más básica y menos crítica.

«La verdad se encuentra en las honduras», dijo Demócrito de Abdera hacia fines del siglo V a. de C. O sea, las cosas no son como aparentan. Las superficies engañan. Todas nuestras experiencias vitales apoyan la misma tesis. Penetramos máscara y maquillaje para conocer a una persona. Desintegramos el átomo en busca de partículas que transcienden las leyes físicas. Desgarramos velos. Iluminamos simas y exploramos abismos. No faltan pruebas de que los pensadores del Paleolítico -que también eran buenos espeleólogos- se dieron cuenta de la existencia de lo invisible: lo pintaban, grababan y esculpían. Hasta el día de hoy, donde las condiciones atmosféricas han protegido sus pinturas, espíritus zoomorfos saltan de las profundidades de sus cuevas. Las imprentas de sus manos, perfiladas en ocre, se extienden, como si intentasen tocar el mundo eterno e inalcanzable, hacia el interior de las rocas.

Los antropólogos se tropiezan a menudo con gente pegada a la idea de que el mundo es ilusorio. Para los maoríes tradicionales el universo es un espejo que refleja otro mundo más sustancioso pero menos sensible. Para los sacerdotes dakotas de los llanos norteamericanos, antes de la llegada de misioneros cristianos el cielo auténtico no se podía ver; lo que se veía no era más que una proyección azul. Al observar la tierra, decían, sólo vemos su tonwampi -una apariencia fingida, autorizada por los dioses-.

La idea de que los sentidos nos decepcionan podía ser, entre las más primitivas, la que le lanzó por una carrera distinta de las de otros animales. De hecho, los sentidos se contradicen. Sus experiencias se acumulan de manera que nunca podemos decir que hemos alcanzado el final del proceso. Confundimos las formas, aun viéndolas de cerca. Nos entregamos a espejismos. Existen venenos dulces y remedios ácidos. Hay buenos motivos para no fiarse de los sentidos. El descubrimiento de lo invisible dio lugar a que se inauguraran universos especulativos, dominios de pensamientos colonizados luego por religiones y filosofías.

Los sueños, a lo mejor, le abrieron el paso. Los tikopias de las Islas Salomón califican sus sueños de «cópula espiritual». Drogas psicotrópicas, supongo, iluminaban a menudo el sendero de los chamanes que viajaban tras las huellas de las visiones fugaces. Pero tal vez aún más eficaz en promover la búsqueda era la viva imaginación. Si imaginamos, por ejemplo, el buen resultado de una caza, la cena suculenta que ni hemos tragado puede fijarse en la memoria como un acontecimiento realizado, tal como ver la sombra de un objeto antes de tocar su sustancia. Así, un homínido hubiera podido lograr ser consciente de eventos puramente mentales. Por eso el arte paleolítico mezcla hechos imaginados con representaciones de experiencias auténticas.

Se desveló un mundo animista, lleno de espíritus. Nosotros hablamos metafóricamente de la naturaleza muerta como si respirara vida. Las ondas danzan. Las llamas saltan. Los vientos gritan. Las hojas susurran. Los ríos balbucean. Las piedras prestan testimonio. Sorprendentemente, tales expresiones son escasas en la literatura oral más antigua del mundo. En lugar de metáforas, los vates tribales suelen explicar las acciones aparentemente animadas de entidades inconscientes atribuyéndolas a espíritus vivos dentro de los objetos. No se trata de una suposición tosca o supersticiosa. Por lo contrario, estamos frente a una idea muy sutil: una inferencia racional, aunque inverificable, de la moción de la onda, o la movida del fuego, o el susurro del viento, o el crecimiento del árbol o la resistencia de la piedra.

Podemos apagar el fuego, o romper la onda, o quebrar la piedra, o arrancar el árbol, pero su alma sigue viva. De allí proviene la cautela ecológica de pueblos supuestamente primitivos: piden licencia a la víctima antes de cortar un árbol o matar su presa. Tales, el sabio de Mileto que pronosticó el eclipse del año 585 a. de C., aseguraba que eran las almas de los cuerpos celestiales quienes les aceleraban sus atracciones y aversiones mutuas. El mundo, dijo, «está lleno de dioses». La ciencia ha logrado expulsar a algunos de ellos, pero sus fantasmas siguen inerradicables.

Desconfiar de los sentidos tiene sus problemas. Conduce a nutrir fe en las ilusiones, las fantasías, las alucinaciones, la locura. Todo lo cual engaña, pero también inspira. Abre posibilidades. Alimenta las artes. Hace accesibles ideas inalcanzables por la experiencia, como la eternidad, la infinidad, y la inmortalidad. Habilita a los visionarios y favorece el carisma contra la fuerza, y los talentos contra los tiranos. Así que no me habléis, compañero, ni alumno, ni carnicero, ni colega filosófico, del materialismo. Es cosa de niños.

Felipe Fernández-Armesto es historiador y titular de la cátedra William P. Reynolds de Artes y Letras de la Universidad de Notre Dame.

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