Contra Escila, con Caribdis

Por Pedro J. Ramírez, Director de El Mundo (EL MUNDO, 11/06/06):

Vive el Cielo que si yo tuviera el poder y la sabiduría de la nereida Tetis, ayudaría al presidente Zapatero a sortear los dos grandes escollos que se interponen entre su posición actual y la vía por la que él pretende resolver el problema vasco, aun a costa de que eso supusiera equipararle con Jasón, el noble e idealista jefe de los argonautas, e inquietar una vez más a esa parte importante de nuestros lectores que le considera un aventurero a la vez atolondrado y sin escrúpulos. Incluso quien como él hace juegos malabares con los pivotes esenciales del Estado, tiene derecho en tanto que gobernante legítimo -lo repito una vez más- a pedir y obtener la ayuda de todos, siempre que respete la legalidad y los límites de sus compromisos públicamente asumidos. Dos requisitos cuyo cumplimiento ha quedado al día de hoy, como mínimo, en suspenso.

Desconociendo, en todo caso, ese rumbo secreto que sólo la diosa submarina, hija de Zeus, fue capaz de comunicar al líder de la expedición que buscaba el vellocino de oro, debo constreñir mi colaboración a advertirle lealmente que está a punto de cometer el mismo error que en la siguiente gran saga literaria de la antigüedad cometió Ulises al afrontar su gran dilema marinero. ¿Conseguiré con este exordio llamar al menos su atención y hacerle desoír los funestos consejos de nuestros adversarios periodísticos que, cual interesada Circe, le arrastran hacia la perdición? Nadie podrá al menos reprocharme no haberlo intentado.

El dilema consiste en elegir entre Escila y Caribdis, dos graves peligros descritos en el Canto XII de La Odisea y emparejados desde entonces como polos de una ingrata disyuntiva. ¿Pero son equivalentes ambos riesgos? ¿Existe una forma de distinguir cuál es el viento que nos conduce a la Guatemala que supondría la interrupción del alto el fuego del que ineludiblemente nos llevará a la Guatepeor que implicaría convertirse en rehén de las exigencias políticas de ETA?

Desde luego que cabe preguntarse también, como cuestión previa, quién diablos le mandaría a este tío meterse en el Estrecho de Mesina desprovisto de los más elementales útiles de navegación y empezar a dar bandazos sin terminar ni siquiera de contarle la verdad a la tripulación. Pero eso ya no tiene remedio y de ahí que sólo quepa buscar la menos indeseable de las contrariedades.

Homero es lo suficientemente elocuente como para que no necesitemos añadir nada a su descripción -en boca de la seductora Circe- de los dos monstruos que, como metáfora de sendos obstáculos físicos, amenazaban a los marineros en ese tortuoso paso junto al talón de la bota itálica. «Escila aúlla que da miedo… Doce son sus pies, todos deformes, y seis sus largos cuellos; en cada uno hay una espantosa cabeza y en ella tres filas de dientes apiñados y espesos, llenos de negra muerte… También verás otro escollo mucho más llano con una gran higuera cubierta de follaje. Debajo de ella la divina Caribdis sorbe ruidosamente la negra agua. Tres veces durante el día la suelta y otras tres vuelve a sorberla que da miedo. ¡Ojalá no te encuentres allí cuando la está sorbiendo, pues no te libraría de la muerte ni el que sacude la Tierra!».

Y, a continuación llega el fatídico consejo: «Conque acércate, más bien, con rapidez al escollo de Escila y haz pasar de largo la nave, porque mejor es echar en falta a seis compañeros que no a todos juntos».

Ulises, tan sobrado como ZP, cree que él conseguirá, a base de habilidad, fuerza y arrojo, lo que nadie ha logrado todavía. «Diosa, dime con verdad si podré escapar de la funesta Caribdis y rechazar también a Escila cuando trate de dañar a mis compañeros», le pregunta con audacia a Circe. A lo que la hija de Poseidón -tal vez arrepentida ya de su recomendación- responde: «Desdichado, en verdad te placen las obras de la guerra y el esfuerzo. ¿Es que no quieres ceder ni siquiera a los dioses inmortales? Porque ella no es mortal, sino un azote inmortal, terrible, doloroso, salvaje e invencible».

Pero las bases de la atracción fatal ya han quedado establecidas. Ulises boga hacia Escila, alejándose del rugiente remolino de Caribdis. Es consciente de que acude a un baile con los peores lobos surgidos del Hades, pero está convencido de que a él no le pasará lo que a los demás. Que su buena estrella y mejor ánimo doblegarán a la bestia y protegerán a su tripulación.

El espejismo se desvanece tan pronto como, por utilizar la expresión de Pepe Blanco, llega el momento de «mirar a los ojos» a cada una de las cabezas del monstruo. Dejemos que el propio Ulises lo relate: «El terror se apoderó de mis compañeros y, mientras la mirábamos temiendo morir, Escila me arrebató de la cóncava nave seis compañeros, los que eran mejores de brazos y fuerza… Escila los devoró en la misma puerta mientras gritaban y tendían sus manos hacia mí en terrible forcejeo. Aquello fue lo más triste que he visto con mis ojos de todo cuanto he sufrido recorriendo los caminos del mar».

Si yo fuera concejal del Partido Socialista de Euskadi me lo pensaría dos veces antes de renunciar a la escolta como prueba de confianza en el «proceso de paz». No vaya a ser que les pase como a aquellos aristócratas franceses que quisieron ser los primeros en dar ejemplo de altruismo y solidaridad, renunciando a sus privilegios, y tan sólo consiguieron un lugar preferente en la cola de la guillotina. Que no les quepa duda de que si ETA-Batasuna no consigue del imprudente navegante que se acerca a ella el suculento tributo político que busca, antes o después se cobrará, como siempre, el peaje en carne humana. Está en su naturaleza.

La terrible disyuntiva de tener que optar entre dos males seguros -entre la espada y la pared, dice la expresión castellana- ha trascendido a la mitología griega y aflora, en cualquier era y lugar, en todo momento de gran convulsión política. Y, puestos a elegir, casi siempre prevalece la idea romántica de secundar el consejo de Circe y dirigirse como hizo Ulises hacia la fiera más patentemente corrupia. O sea, salir de la ciudad y arrojarse con dignidad y furia contra el filo de la espada del peligro, pues más vale morir con honra que vivir acogotado contra la pared del vilipendio.

Nadie expresó mejor este dilema que el audaz e insensato Camille Desmoulins cuando, a finales de 1793, lanzó su periódico Le Vieux Cordelier defendiendo la tesis de que el barco de la Revolución debía «bogar entre dos escollos: el moderantismo y la exageración». Él tenía muy claro que había llegado el momento de inclinarse por la primera opción para acabar con el Terror mediante una política de indulgencia, pero el miedo al qué dirán y la retórica dominante en el París de los clubes revolucionarios -eso sí que eran tertulias radiofónicas- le llevaron a recomendar de boquilla la segunda. «Ya he dicho -escribió invocando una idea de su amigo Danton- que extremar la Revolución tenía menos peligro y era preferible a quedarse corto, que en la ruta que llevaba el barco era preferible acercarse a la roca de la exageración que al banco de arena del moderantismo».

Esa misma es la elección suicida a la que lleva camino de aferrarse el Ulises de La Moncloa. Su deseo hubiera sido poder sortear tanto el intento del PP de succionarle en su inmovilismo -virtuoso inmovilismo constitucional, dicho sea de paso- como la pretensión de Batasuna de abrazarle en su ofensiva rupturista, pero si al final no queda más remedio que acercarse a uno de los dos «escollos», vivamos peligrosamente y veamos qué nos pasa -como dice el Grupo Risa- «con los Arnaldillos y los Ternerillas».

Tres meses después de escrito lo antedicho, Desmoulins recibió una dosis definitiva de su propia prescripción, al ser guillotinado -junto a Danton y una amalgama de aventureros y truhanes que incluía al español Guzmán- por el Comité de Salud Pública controlado por su amigo del alma, testigo de boda y compañero de colegio Maximiliano Robespierre. Quien cabalga sobre un tigre, y encima le hinca las espuelas, siempre termina devorado por el tigre.

Después de su torpe huida hacia delante con el anuncio de la reunión del PSE con Batasuna y de la firme reacción parlamentaria de Rajoy, ¿le queda a Zapatero otra salida que no suponga convertirse en prisionero de la voracidad más o menos espaciada de lo que, en definitiva, seguirá siendo una banda terrorista camuflada tras un movimiento político? Yo le pido que vuelva por un momento la vista atrás y, estimulado por el clamor de la multitudinaria concentración de ayer, contemple de nuevo sin prejuicios cuánto representa Caribdis.

La propia experiencia de Ulises cuando, de regreso a Itaca, después de haber perdido ya a todos sus compañeros en los sucesivos naufragios que siguieron al fatal encuentro con Escila, vuelve al Estrecho de Mesina, debería hacer reflexionar al presidente. Esta vez la cita es con «la funesta Caribdis». ¿Y qué le sucede al héroe? Él mismo nos explica, a través de Homero, que en el momento en que los restos de su barco eran succionados por el remolino, «me lancé hacia arriba, hacia la elevada higuera y quedé adherido a ella como un murciélago». Le bastó mantenerse firme durante un rato hasta que, fiel a su ritual, Caribdis vomitó lo que había engullido. Ulises saltó de nuevo sobre lo que apenas eran ya un mástil y una quilla y continuó remando sin riesgo alguno hasta avistar una prometedora isla en la que Calipso, «la de las lindas trenzas», le entregó «su amor y sus cuidados».

Caribdis, el moderantismo que todo lo absorbe y neutraliza, siempre ha tenido mala prensa desde la perspectiva de una izquierda aventurera y utópica. Pero en la propia intermitencia de su actividad succionadora está la clave de cómo la derecha democrática no sólo es un «escollo» que puede ser sorteado con destreza e inteligencia, sino que también puede convertirse en una especie de campamento temporal, base de descanso y lugar de avituallamiento. Es decir en el aliado coyuntural adecuado para hacer frente a Escila con mucha mayor acumulación de fuerzas y, sobre todo, con las espaldas provisionalmente cubiertas.

El objetivo natural de toda oposición es eliminar al Gobierno, pero en una sociedad tan compleja y en líneas generales satisfecha de sí misma como la nuestra, eso debe ser compatible con colaborar en las grandes políticas de Estado. Así lo requiere la opinión pública y así lo tiene desde luego asimilado Mariano Rajoy, aun a costa de proyectar cierta sensación de esquizofrenia sobre unas bases azotadas a veces por vientos nada condescendientes.

El actual Partido Popular ha demostrado con creces que no sólo está en condiciones de rugir con la voz implacable del trueno en plena tormenta marina sino que, movilizando a los suyos, puede levantar olas gigantescas capaces de sepultar a cualquiera. Pero ni siquiera lo hace tres veces al día como Caribdis; y, al igual que ella, siempre garantiza que después de la tempestad del enfrentamiento volverá la calma de la digestión en la que, en todo caso, se podrá buscar un arreglo. No en vano la «funesta Caribdis» es también la «divina Caribdis».

En la vibrante sesión parlamentaria del martes, Rajoy «rompió relaciones» con el Gobierno, pero todos sabemos que si en el último momento Zapatero se agarra a la higuera de la cordura y renuncia al encuentro con Batasuna -lo que en todo caso le conviene, tal y como se está poniendo el frente judicial-, el PP volverá a apoyarle para que se acerque al monstruo y le conmine a regresar a los abismos infernales de los que nunca debió salir o, como mínimo, a volverse vegetariano.

La democracia es tejer y destejer. Zapatero ya sabe lo que tiene que hacer para recuperar, como le dijo Rajoy, «el apoyo de 40 millones de españoles». No será en ningún caso un apoyo «incondicional» o «cerrado» porque esas cosas no existen, señor presidente -debería darle vergüenza hablar en esos términos y a los dos días reunirse con su admirado apóstol de las «contramayorías»-, pero sí volvería a ser un apoyo leal y suficiente.

Si la reunión con Batasuna está tan sólo planteada para «mirarse a los ojos» y hacerse la foto, no debería haber mayor problema en cancelarla y sustituirla por otro tipo de gestos. ¿Por qué me temo, sin embargo, lo peor? Pues porque Zapatero se cree el más listo, el más guapo, el más astuto, el más afortunado y el más feliz y no en vano ya nos sorprendió en la oposición por su obsesión con el centenario de El Quijote.

En un ensayo titulado precisamente Escila y Caribdis de la literatura española, Dámaso Alonso argumentaba que nada se ciñe tanto a nuestra sensibilidad como la combinación entre el sentido de la realidad y la fantasía desbocada; y que la epopeya cervantina es precisamente «la contraposición perfecta y extremada» de ambos ingredientes. En su discurso de aceptación del Premio Cervantes del 86, Buero Vallejo desarrolló ese concepto, con timbres propios del Borges que más admira ZP: «El contraste entre lo que llamamos real y lo que tildamos de fantástico fortalece nuestras creaciones y es ejemplar en la novela del ingenioso hidalgo. Ejemplar por su sutileza: si la lectura superficial del libro ofrece la constante burla y descrédito de toda fantasía como locura y disparate, ello no invalida el hecho formidable de ser las imaginaciones del conmovedor caballero las que caracterizan a la obra del principio al fin».

Comprendo que resulta más sencillo afrontar la crítica situación nacional diciendo que quien nos gobierna es un traidor y un vendepatrias, amigo de la ETA. Pero si yo veo a Zapatero tan peligroso es porque me doy cuenta de que persigue empecinadamente una quimera y no está dispuesto a conformarse con nada que no sean las auras guedejas del carnero alado. Como si gobernar fuera reescribir -a lo Pierre Menard- el libro de caballerías que leyó siendo adolescente. Por eso es tan importante apearle preventivamente del jamelgo -«Ni siquiera usted está por encima de la ley»- antes de que nos estampe a todos contra las aspas del molino. Y recordarle que «los milagros, Sancho, son cosas que suceden rara vez».