Contra la resignación

Es casi una ley fatal de la vida española que Ortega y Gasset reaparezca en los momentos calientes como referente intelectual. Ha vuelto a suceder en relación con Cataluña y a propósito de una de sus más desafortunadas expresiones: para algunos ya no hay margen para la conllevancia y otros creen que ese sigue siendo el único horizonte posible, conllevarse. Pero es tan poco orteguiana esta opción que no parece de Ortega: es una falsa solución, es pasiva, es poco imaginativa y condenadamente coyunturalista. Equivale poco más o menos a no pensar nada y a no mover casi nada, y eso contraviene casi genéticamente al mejor y más vivaz Ortega.

Durante más de treinta años, las relaciones políticas entre los gobiernos español y catalán hallaron numerosas vías de acuerdo y de pacto, de complicidad y de convergencia de intereses. Dio sus buenos frutos, por mucho que a la vez esa larga etapa, vivida en directo, diese múltiples motivos de crítica y hasta padeciese deslealtades de juzgado de guardia. Sin embargo, ninguno de esos tropiezos, agudas crisis o despechos llevaron a un enfrentamiento tan radical, epidémico y temible como el que se viven hoy los dos gobiernos y los mismos catalanes entre sí. La asfixia actual de la negociación como principio político ha llevado al enfrentamiento directo entre dos gobiernos que se sienten encarnación emocional y sentimental de dos naciones: ambas han acumulado resentimientos ante los comportamientos de la otra, y ambas se han entregado a un calentamiento acelerado y fuera de control. Pero no adivino la menor alegría política en Mariano Rajoy al conocer los encarcelamientos dictados por la juez Lamela, ni veo demasiadas alegrías en el independentismo ante el súbito nomadismo de un presidente de la Generalitat que dice en Skynews sentirse tratado como asesino en serie.

Es verdad que no fue glorioso el desarrollo del Estado de las Autonomías ni lo fue el muy pedregoso corredor ferroviario entre Madrid y Barcelona. Pero ha sido mucho peor después para la mayoría de catalanes y de españoles, entre los cuales cuento a quienes viven con descontento y con rabia, con tristeza y a veces hasta con desolación el fracaso de un equilibrio funcional que ha estallado por los aires.

El movimiento independentista nació y creció como excrecencia directa de una crisis de Estado ya muy prolongada. El otro síntoma potente fue la transformación del 15-M en la articulación complicadísima de Podemos y sus aliados territoriales. A ninguno de los dos cabe restarle la menor legitimidad política ni ideológica, tanto si se comparten sus posiciones políticas como si no. Nacieron como frutos imprevistos de una democracia viva, agitada, conflictiva y exigente, y razonablemente alérgica a conllevancia alguna ante desmanes obscenos de políticos democráticos en sus usos del dinero público, los contratos, los porcentajes y los sobres.

Hoy está en el tejado de la izquierda la posibilidad de renovar el mensaje sobre el Estado y sobre todo está en sus manos hacerlo operativamente; está en sus manos complementar los eslóganes —para unos el referéndum pactado, para otros la reforma constitucional— con una batería de indicadores que tracen la geografía empírica del problema, las opciones de máximos y de mínimos con flexibilidad política y a la vez con conciencia de urgencia. Aludo a la izquierda alineada con los socialistas y con los comunes y apelo a su poder real para fomentar un cambio de énfasis, una renovación de prioridades que quiebren el relato frentista que activa la emoción y el sentimiento independentista: el futuro parece pasar por una reforma constitucional de amplio respaldo y estudiada intervención.

No minimizo la toxicidad política que ha traído el encarcelamiento de políticos catalanes ni minimizo la conmoción natural de la población catalana con la Generalitat intervenida. Pero sí entiendo que ese escenario encabritado y pendenciero pide socavar el relato de los dos contendientes y, sobre todo, pide difundir lenguaje y objetivos alternativos. Pide un mensaje que se dirija a quienes dudan ya de la viabilidad actual del independentismo como a quienes han reprobado el calentón represivo y a sus voceros mediáticos. Ese espacio vendrían a ser las clases medias que han habitado transitoriamente en los dos extremos y rechazan legítimamente tanto la DUI como su obvia consecuencia, el 155, porque una y otro niegan el espacio mismo de la negociación política.

El mapa que saldrá del 21-D nadie lo conoce hoy, pero para evitar que calque los resultados de 2015 los ciudadanos disponemos de las armas que pongan en nuestras manos los programas políticos, los debates, la campaña electoral misma y la credibilidad con que defiendan otra ruta de evacuación para una potencial mayoría. El objetivo de ese relato no habría de ser la resignación de conllevarse orteguianamente sino postular un cauce complejo, integral y ambicioso —una fórmula de Govern en Cataluña al estilo de la que promueve Miquel Iceta— que ponga a circular nuevas condiciones políticas. Asumir de forma tácita o explícita los errores a muchas bandas puede trasladar a la opinión pública la evidencia de que el fundamentalismo jurídico de Madrid y el fundamentalismo del deseo independentista han fracasado. Lo han hecho en medio de una polvareda descomunal para dejar luminosamente clara su incapacidad política. Los indepes tienen los pies de barro democrático porque sus mandatos son insuficientemente democráticos y el Gobierno de Madrid ha jugado con fuego en el límite de la campana, sin poder controlar las actuaciones (calamitosas) de una juez de la Audiencia Nacional, y tampoco las más sensatas acciones de otro juez del Tribunal Supremo.

El relato victimista tiene sus buenas razones y el relato constitucional las tiene también. Pero de ambos relatos solo se desprende un enroque endemoniado que ha instalado a muchos en la melancolía de un fracaso global y sin salida. Sin embargo, la izquierda que no ha vivido el independentismo como forma de identidad y que tampoco ha sentido simpatía alguna con varias de las medidas procedentes tanto del Gobierno de Madrid como del sistema judicial, encarna algo parecido a la esperanza blanca para un montón de clientes de un menú ideológico, conceptual, teórico y hasta electoral capaz de superar el bucle.

En una conllevancia de apaño está el peor enemigo. Significaría resignarse a multiplicar los gestos equívocos y de consumo instantáneo, resignarse a romper pactos como el del Ayuntamiento de Barcelona, resignarse a no explicar con claridad los errores de dos poderes descontrolados, resignarse a mantener un perfil bajo por prudencia electoral, resignarse a no enfadar a sectores de la propia militancia socialista o de los comunes, resignarse a no actuar políticamente. Todo ello sería una pésima noticia ante la envergadura del problema y ante la proximidad de una posible solución encarnada en el resultado del 21-D. Moverse antes para que no se repita el resultado de 2015 es seguramente preferible a que le muevan a uno cuando ya esté todo el voto escrutado.

Jordi Gracia es profesor y ensayista.

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