Contra la respuesta oscurantista

Josep Ramoneda (EL PAIS, 12/07/05)

1. El uso crítico de la razón fue un instrumento decisivo para el gran salto que Occidente dio a partir del Renacimiento. Esta capacidad de cuestionarse permanentemente y de someter al cedazo de la razón a las creencias, las tradiciones y las ideas recibidas ha sido la base de la modernidad y del progreso. Por eso hay que rechazar las propuestas de combatir al oscurantismo con oscurantismo que se repiten cada vez que hay un atentado terrorista. Cuando se dice que “todos los terrorismos son iguales” y que no hay que buscar “ni razones, ni causas, ni justificaciones al terrorismo” se está invitando a renunciar al conocimiento del fenómeno que se quiere combatir. Y sin saber qué se combate es difícil no cometer errores graves en la lucha. Las razones del terrorismo pueden parecer irracionales pero existen. Y el terrorismo, como todo, tiene causas, “no cae del cielo”. Y es bueno conocerlas para atacarlas. Y los terroristas tienen sus argumentos justificativos que no por el hecho de que sean execrables debemos ignorar: sólo así se puede pensar en actuar sobre los mentes y los corazones de quienes se dejan seducir por ellos. Conocer nunca es un estorbo. Ni siquiera cuando se trata de actuar contra el mal. Y es significativo que el atentado de Londres haya llegado precisamente en un momento en que parecía que los grandes -el G-8- empezaban a asumir una agenda real de la humanidad. Y a jerarquizar debidamente los principales problemas del mundo. Afortunadamente, Tony Blair ha reaccionado con sentido común: sin querer tomar medidas apresuradas como consecuencia del impacto del terror y sin utilizar el atentado para volver a deformar la agenda global.

Naturalmente, la respuesta oscurantista ante el terrorismo -la que piensa que no hay nada que conocer- no es en absoluto inocente. Es la condición previa para la utilización del miedo como arma de gobierno y de control social. En el fondo es una respuesta simétrica a la acción terrorista. Occidente ha alcanzado unos altos niveles de comodidad. El riesgo se hace más insoportable. El reconocimiento de la vulnerabilidad genera angustia. Y la angustia confusión. Con esto especula el terrorismo. La respuesta oscurantista es utilizar la confusión para legitimarse sobre ella. E imponer una vía de respuesta al terrorismo centrada sobre la fuerza y sobre la confrontación de civilizaciones.

2. Todo debate sobre la amenaza terrorista exige un previo restablecimiento de la equidad en el trato de los acontecimientos. Equidad en relación con las víctimas, equidad en relación con los valores y las culturas. No todos los muertos son de la misma clase. No es lo mismo una víctima de la violencia política en Londres que una víctima de la violencia política en Bagdad o en Kinshasa. La primera merece todo el reconocimiento de los medios de comunicación. Y el terrorismo que la ha causado se convierte en prioridad absoluta para los gobiernos europeos. La segunda ni siquiera tiene derecho al inventario. Si ha muerto en Bagdad formará parte del escueto parte de víctimas del día, que muchas veces es superior al del atentado de Londres. La presencia de las tropas americanas en su país les otorga este mínimo reconocimiento. Si ha muerto en África, ni siquiera eso. Evidentemente, las causas de esta violencia perturban poco a los líderes de este mundo. Esta diferencia es la expresión de una humillación permanente de una gran parte de la humanidad, en un mundo que cada vez se parece más a un sistema de apartheid.

La coartada cultural no legitima nada. La tradición o la costumbre no puede ser nunca justificación para un crimen. Pero la doctrina de la confrontación de civilizaciones es un obstáculo enorme para afrontar correctamente la cuestión terrorista, porque da legitimidad a los terroristas al convertirlos en representantes del mundo islámico. Lo cual es una humillación tremenda para millones de personas que saben que por sus rasgos físicos son de entrada sospechosos potenciales. Todo forma parte del simplismo de la respuesta oscurantista. La que busca siempre reducirlo todo a un sistema de buenos y malos. Señalando al islam como enemigo se justifican estrategias militaristas equivocadas, se fomenta la xenofobia y se incurre en una enorme falsificación de la realidad. El frente del terrorismo pasa por el interior de los países islámicos. Y los terroristas islamistas han matado a muchos más ciudadanos de países musulmanes que europeos o americanos. Pero estamos en lo de antes: los muertos están divididos en categorías. A nadie debería pasar inadvertido que el mismo día del atentado de Londres, el terrorismo asesinó al embajador de Egipto en Irak y, como cada día, a varios iraquíes. Pero es más fácil señalar al islam entero, pactar a veces con sus peores dictaduras y con los propios islamistas, que ayudar a los amplios sectores laicos y liberales que también existen en estas sociedades.

3. Tony Blair emplazó a la defensa de nuestros valores. Sí. Pero el error es llamarles nuestros, porque precisamente su grandeza es que son universales. Y que mucha gente de muchos países, también de los islamistas, se refieren y aspiran a ellos. En especial, el modelo europeo de democracia liberal. Europa tiene que apurar su poder vírico, su capacidad de contagio, para atraer a ellos al mayor número de sociedades posible. De ahí lo equivocado del planteamiento de la lucha antiterrorista como una guerra. ¿Contra quién? El numero de potenciales terroristas islamistas en Europa, según el juez Garzón es de unas 250 personas. Sólo una minoría muy pequeña de las comunidades islámicas en Europa les apoya: como ocurrió siempre la mayoría tiende a ir convergiendo con los modos y comportamientos de los países de acogida. En todo el mundo los terroristas islamistas se cuentan por unos pocos millares. Y sus bases de apoyo por unos pocos millones, especialmente después de haber perdido los santuarios de Afganistán y de Sudán. Las encuestas -véase el próximo informe del Pew Center- confirman un desapego creciente de la ciudadanía de los países musulmanes en relación con el terrorismo. El simplismo de la guerra contra el terrorismo es una de las mejores fuentes de reclutamiento para el terrorismo. Putin masacrando Chechenia, Bush en Irak y la acumulación de disparates en Bosnia han sido los mejores argumentos para reclutar militantes dispuestos al suicidio.

El atentado de Londres debería servir para que Europa hiciera sentir su voz con mayor fuerza en la lucha contra el terrorismo. Y, en este sentido, el papel de Blair será decisivo. De momento en sus primeras palabras parece haber entendido lo que siguen sin entender nuestros bushistas de salón. “La idea de democracia de Europa no viaja en convoyes armados desde Occidente. Es un ideal que inspira a los países a cambiar ellos mismos desde el interior”, escribe Mark Leonard. ¿O no es esto lo que está haciendo, por ejemplo, Turquía, por el deseo de incorporarse a Europa? Éste es el espíritu en que debe enmarcarse la lucha contra el terrorismo. Ayudar a los países a cambiar sin necesidad de humillarlos. Es cierto que el islam tiene que actualizar sus interpretaciones doctrinales si las sociedades quieren incorporarse a la sociedad abierta. Y que no cabe la coartada religiosa ante el crimen. Pero también el cristianismo tiene una larga historia de sangre y fuego y tardó en entender y asumir la modernidad y la sociedad liberal. La mejor lealtad es decir las cosas por su nombre. Y hay que denunciar que el islam no ha resuelto el papel de la mujer o, en algunos casos, la cuestión de la violencia. Europa ha de ser capaz de incentivar estos cambios, porque son la mejor garantía de que las causas del terrorismo vayan desapareciendo y el caldo de cultivo se vaya diluyendo. Mientras, obviamente: información, policía y educación. Sin excluir al mundo islámico y sin violentar nuestro sistema de libertades. Menos libertad no es garantía de mayor seguridad. Y, por tanto, seguir denunciando Guantánamo, y la transferencia de prisioneros a otros países para torturarles mejor y a la guerra inútil contra el terrorismo (Irak), por más que todo ello moleste a The Wall Street Journal. No, la democracia liberal europea no pertenece a esta familia.