Contra las burocracias culturales

«¿Es usted un reaccionario?», me decía Marc Fumaroli que le solían preguntar aquellos periodistas que no lo habían leído. Pero este catedrático de la Sorbona, miembro del Collège de France, académico, autor de libros tan fundamentales como La diplomacia del ingenio, París-Nueva York-París o La República de las letras, no rechistaba, se encontraba a gusto con esta calificación, aunque matizaba que, realmente, él era uno al que le gustaba «llevar la contraria». Es decir, le encantaba ir a contracorriente. Evidentemente, con razonamientos. ¿Acaso fue reaccionario combatir la peligrosa inclinación de la intelectualidad francesa a favor del totalitarismo comunista soviético o maoísta? Fumaroli –recientemente desaparecido– siempre defendió la independencia de la cultura, así como la necesidad de una élite intelectual que aconsejara para el buen gobierno. Criticó la marginación de las humanidades, luchó contra la dictadura de las nuevas tecnologías e, igualmente, criticó la desbocada industrialización, la banalización y el saqueo del arte a manos de arribistas como Warhol. De la misma manera, estuvo ferozmente enfrentado a las «imposturas» de la nouvelle critique y tomó como adversario a Barthes. El entretenimiento en vez del antiguo otium (disponer de tiempo para pensar) fue otro de sus combates. Los protestantes destruyeron el otium en favor del trabajo productivo. Esto afectó profundamente al espíritu de la cultura. Luego, el humanismo descarriló con Locke y Adam Smith. La belleza de la naturaleza dio paso a la fealdad de la misma, convertida en materia prima. Fumaroli fue un experto en el estudio de las élites europeas desde el siglo XV (el Renacimiento) hasta el XVIII (la Ilustración). Un tiempo que él consideraba como uno de los mejores de la historia. Y el ensayista, como culmen de todo esto, fue un defensor del Antiguo Régimen destruido por la Revolución francesa. Lo cual no quiere decir que este autor se dedicara a propugnar el retorno al mismo; nunca hizo política, sino que lo estudió en profundidad, rompiendo con tópicos.

La raíz de su pensamiento se encuentra en La República de las letras. El término apareció en el año 1417, en una carta del veneciano Francesco Barbaro al humanista Poggio Bracciolini. El primero se refería a una comunidad de eruditos que trasciende las fronteras y las generaciones. Las letras, como un bien común que une entre sí a todos cuantos las sirven, y las constituyen en ciudad del saber. Una comunidad erudita que cree en el conocimiento invisible para el común de la gente, más allá de la muerte, el apartamiento, la persecución de sus miembros. Era una red social selecta y elegida entre pares intelectuales. Una República aristocrática compuesta de sabios senadores. La República de las letras encarnaba una comunidad internacional de hombres preparados y unidos más allá de sus religiones, opiniones políticas, nacionalidades y oficios. Evidentemente, eran gentes que en el Antiguo Régimen tenían tiempo para el estudio y, por tanto, eran individuos que, por lo general, gozaban de una buena situación económica. De esta unión de eruditos surgirán las academias. La República literaria nació libre e independiente abarcando a católicos, protestantes y librepensadores. Un grupo de hombres cultos que, constituidos en cuerpo místico, trabajaban al mismo tiempo por un bien común cuya significación era universal. Una democracia de pares e iguales en medio de una libertad laica. Fumaroli rechazó la posibilidad de crear una República de las letras por Internet. Este instrumento, por lo general, y según su criterio, lo utilizan gentes bárbaras y presuntuosamente incultas. Una tecnología que destruye la memoria, la imaginación y coarta nuestra libertad.

Declarado enemigo de la tutela de la cultura por parte de los poderes públicos, la veía amenazada por la cantidad de burócratas que exceden en número a los propios creadores y consumen gran parte del presupuesto de forma holgazana. La industria cultural y el entretenimiento, según él, eran letales para el saber y el conocimiento. La cultura estatalizada extraviaba y corrompía a la cultura libre e independiente porque, inevitablemente, la consagraba tan solo a publicitar el poder político. Las críticas contra Mitterrand aún resuenan. Y el precursor y creador de este protectorado cultural fue De Gaulle y su ministro Malraux. Pero Fumaroli es más benévolo con estos dos últimos que con el presidente socialista y su ministro de cultura Jack Lang. Francia, durante la Segunda Guerra Mundial, había perdido su prestigio y tenía que recuperarlo a través de la cultura. Así surgió el Ministerio de Asuntos Culturales, las Casas de Cultura, un montón de nuevos y excelentes museos y actividades cinematográficas, teatrales o musicales. El autor de El Estado cultural anatemizó la «excepción cultural». Es decir, un trato de privilegio, fundamentalmente económico, que creaba un clientelismo y ayudaba al dirigismo político. Pero para mí, y este es uno de los asuntos de mayor discrepancia con él, eso era un error y, además, entraba en contradicción con una de sus ideas centrales. En el Antiguo Régimen alguien también subvencionaba la cultura, y ese alguien era la Iglesia y la Monarquía. ¿Por qué defendiendo aquello, critica esto? Aquellas instituciones claves en el gobierno del Estado becaban, daban pensiones, hacían encargos. Ya entonces muchos miles de personas vivían de estos trabajos. La gente que se dedica a la cultura también tiene que comer. Lo fundamental sería que el Estado aprobase sus cuentas con un presupuesto importante para la cultura, y que los propios creadores la gestionaran con total libertad. Además, que jamás se interviniera políticamente, debido a las discrepancias que pudieran surgir. Lo cual no quiere decir que tengan que estar al margen de la ley. Lo peor es cuando se entrega un dinero como favor, al cual luego hay que corresponder. Además, cada país es distinto. En Francia, la educación y la cultura siempre brillaron con prestigio, a esto se refiere Fumaroli en su libro Cuando Europa hablaba francés; mientras que en España ha sido, desgraciadamente, todo lo contrario: una carga molesta e insoportable. A España se le tuvo admiración, pero poca simpatía en Europa. ¿Por qué? Por su dogmatismo teológico, por su intransigencia, por la rigidez de costumbres, por la Inquisición y Trento, por la defensa a ultranza de la fe sobre la razón. En España llegamos a perseguir a nuestros santos. Francia se alejó de la Inquisición y la contrarreforma, dejó libres a los protestantes-conversos-herejes-judíos y librepensadores. Esta generosidad acogedora, que nunca tuvo España, provocó que la intelectualidad europea se inclinara siempre por Francia y París como capital. Fuimos intolerantes, aunque nos cueste reconocerlo, mientras Francia ¡no!. Fumaroli, irónicamente, un día me dijo: «Ustedes optaron por la teología, nosotros por el erotismo». Sin embargo, Fumaroli insistió en que en todos los colegios debería enseñarse el cristianismo como fuente simbólica esencial de nuestra identidad occidental, plasmada en miles de grandes obras de arte y pensamiento.

Fumaroli fue un ilustrado: no había mejor política que la de educar y culturizar al pueblo. Estaba horrorizado por la deshumanización y el odio a nuestro legado occidental. Para él todo se había convertido en un fast food. La alta cultura que trajo a los grandes genios y los avances de la humanidad fenecía a manos de vulgares matones. Y el mundo del arte era uno de los mayores afectados. En París-Nueva York-París califica al arte moderno como un entretenimiento para millonarios, con la complicidad del pueblo.

Por otro lado, en cuanto al deterioro de la educación, Fumaroli lo observaba incluso en Francia. Se debía educar primero a través de las humanidades, comenzando por leer a Homero, y luego ya venían las matemáticas y todo lo demás. Con Fumaroli desaparece un sabio y un gran polemista. Podemos estar en desacuerdo con muchas de sus opiniones, pero su pensamiento jamás fue sectario. Por el contrario, se basaba en el estudio y la reflexión. Para Fumaroli, lo mejor de las democracias occidentales era aquello que había sobrevivido del Antiguo Régimen.

César Antonio Molina es ex director del Instituto Cervantes y ex ministro de Cultura. Autor de La caza de los intelectuales (Destino), Las democracias suicidas (Fórcola) o Para el tiempo que reste (Vandalia).

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