Contra los mitos históricos

Por Francesc de Carreras, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB (LA VANGUARDIA, 02/10/08):

A Ricardo García Cárcel, catedrático de Historia Moderna de la Universitat Autònoma de Barcelona, le dieron la semana pasada el premio Internacional de Ensayo Caballero Bonald por su libro El sueño de la nación indomable. Los mitos de la guerra de la Independencia (Edit. Temas de Hoy, Madrid, 2007). José Carlos Mainer, portavoz del jurado, declaró que se habían decantado por el libro de un historiador, entre otras razones, porque trataba el tema de la guerra de la Independencia “con voluntad de ensayista, de hombre que sabe sintetizar y que dice siempre algo nuevo al respecto”.

Efectivamente, el libro es algo más que un estricto relato histórico sobre dicho periodo ya que, además de cumplir con esta función, tiene el sobreañadido de las sugestivas consideraciones sobre ciertas constantes de la historia de España efectuadas desde la perspectiva que nos ofrece el crucial comienzo del siglo XIX.

Por tanto, la obra de García Cárcel encaja perfectamente en el género ensayo, objeto del premio que lleva el nombre del gran escritor jerezano José Manuel Caballero Bonald. En tiempos de reivindicación de una cierta memoria histórica que reclama nuevos mitos, bueno es que un libro se dedique a poner en cuestión ciertos mitos antiguos. Quizás algunos se enterarán, así, de lo que en realidad están proponiendo.

En efecto, a los niños que estudiábamos historia durante el bachillerato del franquismo nos solían explicar el pasado como una sucesión de personajes y acontecimientos que después, de mayores, nos enteramos que eran falsos, que eran simples mitos. Parece que ahora no ocurre algo muy distinto, aunque la historia se estudie con menos detalle y los mitos sean otros. En todo caso, la guerra de la Independencia, tal como nos la contaron, estaba trufada de mitos. García Cárcel, con conocimiento de causa, los pone en cuestión para acercarnos a la verdad.

De entrada desmitifica a Godoy: no es el “traidor” que se ha pretendido, sino un personaje con ciertos valores y muchos defectos, pero no los que se le atribuían. Le sigue Napoleón, el pretendido gran estratega militar que tan estrepitosamente fracasó; tampoco su hermano José I es el borrachín de la leyenda, sino un tipo interesante que quiso ser un buen rey y no pudo. Por último, Fernando VII no es para nada el rey Deseado y liberal sino un personaje siniestro, atormentado y cruel, el peor Borbón de la historia. ¿Fue una revuelta popular y espontánea el 2 de mayo?

No, fue un motín. ¿Fueron los guerrilleros unos revolucionarios? Hubo de todo, unos fueron conservadores como el cura Merino, otros liberales como El Empecinado. ¿Wellington? No fue un amigo de España sino un gran militar empeñado, sobre todo, en derrotar a Napoleón. ¿El general Álvarez de Castro? Un militar frustrado y gris que buscó la gloria con su acción heroica. ¿Palafox? Un soldado con olfato publicitario. ¿Agustina de Aragón? Una barcelonesa con coraje, casada con un tal Joan Roca Vilaseca, de Maçanet de Cabrenys (Girona), muerto en la guerra, la cual, tras un segundo matrimonio y siendo madre de varios hijos, uno de ellos médico, murió en Ceuta el año 1857.

Pero García Cárcel no sólo nos ayuda a conocer la realidad de ciertos personajes que la historia mítica nos había desfigurado, sino que se adentra en los grandes temas de aquella encrucijada histórica, especialmente en dos grandes mitos: el de la nación – “indomable”, por supuesto- y el de la revolución. Esta es la parte más elaborada y compleja de su obra, también la más polémica. ¿Fue básicamente la guerra de la Independencia una reacción contra el ejército ocupante motivada por simple orgullo patriótico? ¿Fue una reacción contra las ideas revolucionarias que provenían de Francia? ¿Fue una revuelta democrática y liberal? ¿Fue una rebelión contra Napoleón en nombre de los viejos principios de “Dios, Patria y Rey”? ¿Fue todo ello a la vez? Es ahí donde García Cárcel, aportando una gran base documental, disecciona todo el periodo distinguiendo cuidadosamente unos factores de otros.

A mi parecer, una de sus principales tesis de fondo es que en estos años afloran ya casi todos los conflictos que, en forma dual, determinarán los principales problemas y enfrentamientos de la España contemporánea: conservadores / progresistas, religiosos / laicos, centralistas / federales, castizos / cosmopolitas, militares / civiles, campo / ciudad. El espíritu de la Constitución de 1812, que culminó el impulso de 1808, no fue el final de una etapa sino el comienzo de otra, muy contradictoria y de larga duración. La generación que protagonizó, muy joven, aquellos años de guerra (¿civil?) tendrá una influencia que durará hasta entrada la segunda mitad del siglo, hasta la revolución de 1868 que destronó a Isabel II. Ahí, en una España muy trasformada, surgiría otra generación que acabaría con el comienzo de la II República, que daría paso a la España escindida por el franquismo, sin poder así encontrar hasta entonces terreno de juego común hasta la Constitución de 1978. En el comienzo de todo – y a su vez producto de la acumulación histórica de siglos anteriores- están, sin embargo, los acontecimientos y los problemas que ya asomaban en 1808-1814.

¿La actual España constitucional ha roto con la dialéctica dual anterior? Pienso que, en lo fundamental, así ha sido. Por ello creo muy discutible, quizás incluso contradictorio si lo he entendido bien, el párrafo final de este excelente libro.