Contradicciones democráticas

A los yihadistas de nuestros días les pasa lo mismo que a esos perros que se han puesto de moda en los últimos años: que son tan feos como peligrosos. Pero, bromas aparte, es preciso reconocer que se trata de un fenómeno que hoy amenaza como ningún otro a las democracias y que, sobre todo, pone en cuestión muchos de los principios que sostienen el concepto de libertad nacido con la Ilustración, al proclamarse en París, en 1789, la Declaración de Derechos del Hombre y los Ciudadanos.

En la última década, las democracias occidentales han debido rearmarse, policialmente hablando, para prevenir actos terroristas y para controlar la pujanza del radicalismo islámico en el interior de Europa, de donde ya sabemos que han partido este año más de dos mil voluntarios a combatir en Siria contra Al Assad. Cierto número de ellos han sido captados en España, la mayoría en Ceuta y Melilla. No son los primeros: en años anteriores otros muchos pusieron rumbo a los frentes de Irak y Afganistán. Ni serán los últimos. ¿Van a combatir en nombre de su fe o van a hacer un «máster» en el arte de matar para regresar luego a Occidente y aplicar aquí sus conocimientos?

Por otra parte, algunas de las campañas emprendidas por países de Occidente, entre ellos España, enviando armas y tropas para combatir al extremismo en Oriente y para frenar al terrorismo internacional, no han sido en absoluto exitosas. Afganistán e Irak son los más claros ejemplos.

Hablar de una Guerra Santa es todavía prematuro y los días de las Cruzadas quedan muy lejos. Ahora no vivimos un choque de religiones, islam contra cristiandad, sino un fenómeno diferente, el de la lucha del radicalismo islámico contra la democracia. O dicho de otra manera: la añoranza del Medievo contra el siglo XXI. Es una batalla de la fe contra el cerebro.

Pero estaríamos ciegos si no advirtiésemos el peligro que supone esta batalla. La democracia alumbrada por Occidente ha entrado en una contradicción difícil de superar y cuyo ejemplo más notorio es lo que sucede en Siria. Al Assad es un tirano cuya ansia de poder ha desatado una guerra cruenta que se inició como una lucha por la libertad. El déspota ha utilizado armas químicas, ha provocado la muerte de 150.000 personas, ha impulsado al éxodo a tres millones de sirios, el mayor desplazamiento de refugiados desde la II Guerra Mundial, y otros 10.000 más huyen cada mes del país.

Y sin embargo… Sin embargo, los rebeldes que defendían un espacio de democracia y libertad han sido fagocitados por los yihadistas, de la misma manera que en Egipto los Hermanos Musulmanes acabaron por zamparse la rebelión civil de El Cairo. El resultado es que Occidente, a comenzar por los Estados Unidos, se ha enfrentado a un dilema de muy dificultosa resolución: ¿apoyar a una rebelión de corte islamista o dejar en su lugar al tirano, qué es lo menos malo? Ese es el gran conflicto que hiere el alma de la democracia: ¿apoyar los movimientos de libertad hasta dónde y en dónde? De momento, Occidente ha mirado hacia otra parte y Al Assad ha cobrado ventaja en esta segunda parte de la guerra.

No es la primera vez que la democracia puede desembocar en el totalitarismo y el crimen. Hitler fue votado en Alemania en unas elecciones libres y nadie supo ver al ser monstruoso que se escondía bajo aquel bigotillo charlotesco. El resultado fue la guerra más devastadora de la historia, el Holocausto, millones de muertos, ciudades arrasadas y una Europa empobrecida.

Argelia, durante la década de los noventa del siglo pasado, vivió bajo las balas una guerra civil no declarada entre el Ejército y las guerrillas islámicas, y todo surgió de unas elecciones libres. En 1989, el régimen de partido único creado por los militares tras la Guerra de la Independencia con Francia decidió llevar a cabo una transición democrática y convocó elecciones para 1991. Las ganó el Frente Islámico de Salvación (FIS), un movimiento radical musulmán que apoyaba la «sharía», y el Ejército, para «proteger la democracia», puso fuera de la ley al FIS. La guerra duró hasta 2002; aldeas enteras fueron arrasadas por completo por guerrilleros o soldados; y los cálculos sobre víctimas hablan de cerca de 200.000 muertos, una buena parte degollados en comunidades indefensas, miles de niños entre ellos. Occidente miró para otro lado y la guerra la ganó el Ejército. a llamada Primavera Árabe naufragó ahogada en sangre en Libia, un país en el que todavía nadie está seguro de qué puede suceder. En Egipto sirvió para reconstruir un poder como el de Mubarak sin Mubarak, con la población laica que reclamaba derechos civiles y libertades políticas burlada por los militares. Fue, según dijeron, la única forma de detener la pujanza de los islamistas. Solo Túnez ha alcanzado un acuerdo estable entre civiles y religiosos, que parece caminar hacia una democracia real, al menos por el momento.

De Siria ya hemos hablado. Y la lucha sigue en Afganistán, Pakistán e Irak, países donde la fuerza de la intransigencia musulmana se hace cada día más patente. No hace mucho que los yihadistas del Estado Islámico de Irak y Levante (EIIL) han tomado un extenso territorio iraquí, lo que ha provocado el éxodo de cientos de miles de personas. El Yihad ya no lo forman solo grupúsculos terroristas o guerrillas; se está constituyendo en una fuerza militar.

Como apuntaba, en el meollo de la cuestión hay preguntas de difícil respuesta: ¿tiene la democracia un único rasero o debemos aplicar varios según las circunstancias?, ¿debe Occidente apoyar las tiranías laicas para frenar el islamismo radical? Se cuenta que, en cierta ocasión, le dijeron al presidente norteamericano Franklyn Roosevelt que el dictador nicaragüense Somoza era un hijo de perra. Y Roosevelt respondió: «Sí; pero es nuestro hijo de perra».

Yo quisiera que no tuviésemos que recurrir a los hijos de perra para librarnos del fanatismo, que no echásemos mano de los déspotas para derrotar al terrorismo. Pero ¿cómo hacerlo?

Javier Reverte, periodista.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *