Contradicciones en la supuesta defensa de los animales

Por Albert Boadella, escritor teatral y fundador de la compañía Els Joglars (EL MUNDO, 04/01/07):

Señora ministra de Medio Ambiente,

Hace unos días, en estas páginas, escribió usted un artículo en el que se congratulaba del debate suscitado por sus anteriores declaraciones sobre la tauromaquia. Aprovechando la oportunidad, deseo manifestarle que siempre me place debatir sobre un tema tan controvertido como los toros, cuya polémica sigue viva a través de los siglos. No obstante, en este caso, lamento que el debate haya sido promovido precisamente por usted, pues no deja de ser sorprendente que sus criterios morales sobre la corrida, los anteponga a la defensa del medio ambiente.

Se lo expreso así, porque no hay en España una actividad que promueva mejor que los toros el sostenimiento ambiental. Los juicios que formula siendo ministra del actual Ejecutivo, llevan como consecuencia final la criminalización de unos ciudadanos que asisten a un espectáculo legal, de gran asentamiento, no sólo en España, sino en Francia, Portugal y cinco países americanos. Cuando en su artículo expone analogías con la esclavitud o el maltrato a las mujeres, sitúa implícitamente la tauromaquia y a sus aficionados, en una consideración de anacrónica crueldad, comparable a esos ejemplos. No me parece que forme parte de sus atribuciones establecer dudas éticas sobre nuestras inclinaciones artísticas, las cuales son, como usted misma señala, absolutamente legales.

Resulta paradójico que una ministra de Medio Ambiente formule reparos morales sobre la corrida, en vez de poner como ejemplo mundial de ganadería extensiva, de respeto medio ambiental y ecológico, a los criadores de toros españoles que han conseguido proteger este animal, proporcionándole, como a ningún otro, su espacio vital. En cambio, me sorprende que cite usted a Cataluña como paradigma por la futura desaparición de los toros en aquella comunidad, sin referirse antes al trato que reciben allí los más de 10 millones de cerdos hacinados cruentamente. No encontraríamos en la Historia un ejemplo parecido de maltrato a tantos millones de animales a los que se les priva de su espacio vital.

Además, sabe usted perfectamente, que la Unión Europea ha condenado a España ante la grave contaminación por purines provocada por esta disparatada forma de ganadería intensiva en aquella comunidad. Una de las más funestas consecuencias que conlleva ha sido la contaminación de los acuíferos, y eso representa un enorme desastre medio ambiental en un país como el nuestro, donde el agua es un bien limitado.

No deja de ser paradójica esta mención a Cataluña por parte de un miembro del Gobierno español pues parece desconocer que las limitaciones catalanas a la tauromaquia tienen como motivo esencial el rechazo a una tradición que el nacionalismo desprecia por española. Eso no impide que Barcelona tenga un zoo municipal, y que el presidente de dicho campo de concentración animal sea quien más ha vilipendiado las corridas ¿No es hoy un zoo una de las mayores e inútiles torturas de toda clase de bichos?

Entre otros ejemplos de gradual desaparición, cita usted la caza del zorro en el Reino Unido, pero me cuesta percibir dónde se halla el paralelismo, pues no puede de ninguna manera compararse un arte de la dimensión de los toros, con lo que ha representado y representa dentro del patrimonio cultural español, y una actividad cinegética de más o menos arraigo entre la nobleza británica. Los toros son hoy el último gran arte del mundo occidental, que, a pesar de las distintas transformaciones, ha sobrevivido milagrosamente desde la Antigüedad frente a toda corrección política.

Es, sin duda, un rito duro, cruel como la vida, porque en cada rincón de nuestra subsistencia, de nuestra evolución, encontramos crueldad. Hay crueldad en la formación de un bailarín, de un deportista, y no digamos en esas niñas practicantes de la gimnasia rítmica que compiten en las Olimpiadas. El objetivo de todo ello es la emoción y la belleza. Pero si hemos asumido que los humanos somos algo más que una amalgama de huesos e instintos moviéndonos exclusivamente por la supervivencia como el animal, la misma razón material que justifica comernos un filete nos avala ante todo lo que sea desarrollar las capacidades mentales, como pueda ser el arte o la investigación científica. Incluso a costa de un supuesto sufrimiento animal, porque en el hombre civilizado la búsqueda de la verdad y la belleza es tan imprescindible como el filete.

Denoto en su artículo cierta inclinación por establecer una política igualitaria y pacifista en la naturaleza. Es una ficción muy placentera, pero, lamentablemente, la muerte y el dolor forman parte indisoluble de la vida. Tratar de esconder o presentar una vida sin muerte es faltar a la verdad. Enfrentarse a ella con un protocolo de belleza tan indiscutible como la corrida nos sitúa ante una realidad difícil de asumir, lo que hace de los toros un rito didáctico y moral. Pero esa moral no le gusta, y veo que en vez de la verdad, prefiere un circo con la muerte escondida, como el caso de las corridas en Portugal. Aquí, señora, llegamos al núcleo de la cuestión; el puritanismo. Nadie debe saber la historia de una morcilla. La muerte bien escondida y, así, a los que asisten a un acto semejante, usted les acusa veladamente de pagar para deleitarse con la crueldad.

De la misma forma que la gente no consume almejas vivas por el placer de verlas sufrir con el limón, los aficionados no acudimos a la plaza para compensar ninguna patología semejante. ¿Pero son acaso las almejas inferiores a un toro? Porque cuando habla de sufrimiento y crueldad, ¿hasta dónde establece los límites permisibles? ¿A las moscas que perecen brutalmente con el insecticida? ¿O al genocidio de bacterias por el antibiótico? Sería curioso saber quiénes encabezan la lista de los 40 animales principales. Una rata, ¿es más o menos digna que un gato?

Por ese camino, señora ministra, no sería extraño que mañana planteara la necesidad de acabar con la hípica, pues, bajo esos criterios tan exquisitamente compasivos, no veo por qué un caballo deba pasar por la vejación a su dignidad animal, soportando sobre la espalda a un explotador, que encima le va pegando taconazos en las costillas, además de extenuarlo para su deleite burgués.

En definitiva, ante esta época de simulaciones puritanas, los toros alcanzan mayor sentido que en el pasado, de tal manera que prefiero hoy dos buenos pases de Enrique Ponce que la mejor obra de Shakespeare, y no soy del PP al que usted, indirectamente, aprovecha su artículo para incluirlo en esa polémica, mezclando el terrorismo de por medio. Tranquilícese, a los toros asiste tanta gente de derechas como de izquierdas, no es patrimonio de ninguna facción.

Es del pueblo, como ningún otro arte lo ha conseguido en España. Es posible que quienes asistimos a las corridas pertenezcamos a un mundo que desaparece. Un mundo poblado hoy por mucha gente que exhibe constantemente el repudio a todo signo de crudeza. Me parece muy compasivo, pero siempre me causa cierto recelo la ostentación pública de tanta filantropía. Sobre todo porque, hasta el momento, quienes más me han insultado han sido los defensores de los animales, y le puedo asegurar que he sido notablemente insultado a lo largo de mi vida, pero jamás con la violencia de los antitaurinos. Éste es el problema de la tauromaquia y de la vida; las contradicciones. Algo que los puros quieren siempre finiquitar.