Contribuir a la esperanza

Por Abrham B. Yehoshua, escritor israelí, inspirador del movimiento Paz Ahora. Traducción: Sonia de Pedro (LA VANGUARDIA, 21/01/07):

El año 2006 ha dado motivos suficientes para ser más pesimistas. Durante el último siglo hemos vivido subidas y bajadas en nuestra cota de optimismo y hemos sabido superar la desesperación y los malos augurios, que eran mucho peores que los que se vaticinan ahora. No obstante, el último año ha añadido varios elementos que dan lugar a una auténtica preocupación y que no debemos ignorar. Por ello, es necesario situarlos en su contexto histórico adecuado para asimilarlos mentalmente antes de decidir cómo enfrentarse a ellos en la práctica.

Del mismo modo que nos jactamos de que es un hecho único en la historia de la humanidad la vuelta del pueblo judío a una situación de soberanía en su propia tierra tras dos mil años de exilio, un exilio voluntario pese a la opinión mayoritariamente aceptada, así debemos también admitir que los palestinos, a los que este hecho afectó directamente, y el pueblo árabe, implicado en este asunto de forma indirecta, han de legitimar y aceptar un acontecimiento único en la historia, algo que le resultaría difícil a cualquier pueblo. Por tanto, hemos de reconocer que dar legitimidad a un hecho excepcional en la historia conlleva un proceso lento y complicado, lleno de baches y obstáculos.

Hay dos elementos nuevos, muy peligrosos, que se han revelado en el último año y que explican los retrocesos que se han producido en este proceso tan complejo:

1. La sensación creciente entre muchos palestinos de que si son pacientes y en los próximos años se mantienen firmes en su negativa a no reconocer la legitimidad de un Estado judío vecino de un Estado palestino lograrán convertir Israel, por medio de la adhesión, en un Estado binacional, que a largo plazo acabaría siendo un Estado palestino con una minoría judía.

2. La agresiva entrada en escena de Irán y su lucha por borrar del mapa al Estado de Israel y poner en entredicho su derecho legítimo a existir, apelando para ello a la solidaridad islámica. Y además, lo hace sin aludir a ningún conflicto territorial o político. Por otro lado, debemos entender que se trata de un cambio drástico en la política iraní, ya que durante más de treinta años Irán ha mantenido relaciones diplomáticas regulares e incluso amistosas con el Estado israelí.

Éstos son los dos factores que generan un nuevo pesimismo en el largo camino que durante tantísimos años llevamos recorriendo.

Por eso, con el fin de que el pesimismo no bloquee el sentido común y la inteligencia, Israel debe proponerse dos objetivos claros:

1. Ampliar su legitimidad en el mundo árabe y musulmán, entablando negociaciones de paz con Siria. No olvidemos que cuando en la última guerra de Líbano la aviación israelí bombardeó barrios enteros en Beirut, Egipto y Jordania no sólo no rompieron relaciones diplomáticas con Israel, sino que ni siquiera llamaron a consultas a sus embajadores en Tel Aviv, aunque fuera como un gesto simbólico de protesta por lo que estaba ocurriendo en Líbano. Es decir, a pesar de todas las crisis y la rabia por la ocupación, a pesar de guerras justas e injustas, todavía queda en el mundo árabe una idea estable que legitima a Israel, y esa idea es la que hay que extender logrando la paz con Siria e incluso con Líbano.

2. Acabar con la visión de los palestinos de recuperar toda la tierra, y para ello los territorios de Cisjordania se han de repartir entre los dos pueblos. Y si a corto plazo no es posible alcanzar acuerdos globales y tampoco se quiere volver al modelo de desconexión unilateral, tal como se hizo en Gaza, sí se puede en cambio empezar con la evacuación unilateral de asentamientos aislados de colonos sin evacuar al ejército. De esta forma, se podrá seguir garantizando la seguridad hasta que se alcance, si se alcanza, un acuerdo de paz completo. En nuestras manos está reducir y frenar el proceso de enmarañamiento de los territorios en que viven ambos pueblos. Además, un desmantelamiento unilateral de colonias judías sin evacuar de momento al ejército reduciría también los perversos recovecos que dibuja la valla de separación y haría que disminuyera el número de puestos de control.

El nuevo pesimismo que nos ha traído el último año, agudizado además por la debilidad que mostró el ejército israelí en la segunda guerra de Líbano, no se puede ignorar así sin más, sino que debemos enfrentarnos a él actuando con sensatez y sobre todo con realismo, con el fin de contribuir a la esperanza.