Controlar la fiebre petrolera del Ártico

La rápida reducción de la capa de hielo en el Ártico es uno de los cambios más radicales que estén ocurriendo hoy en el medio natural del planeta, con profundas implicaciones ambientales y económicas. Por una parte, estamos perdiendo uno de los ecosistemas más grandes e importantes de la Tierra. Por otra, los pasos noreste y noroeste, de los que se especulaba tanto en el pasado, reducirán los tiempos y costes de transporte en prácticamente la mitad, con lo que China y Japón quedarán mucho más cerca de Europa y la costa este de Norteamérica.

En lo inmediato, las vastas reservas de combustibles fósiles y minerales del Ártico se volverán mucho más accesibles. En tierra, los campos petrolíferos de Alaska y los de gas del norte de Rusia han estado produciendo hidrocarburos a gran escala por muchos años, pero las reservas estimadas bajo el Océano Ártico son mucho mayores. A los precios de hoy en día, podrían tener un valor de más de 7 billones de dólares, según las compañías energéticas internacionales; si se añade el gas natural, es probable que 10 billones sea una cifra conservadora.

Puesto que gran parte de este océano es de baja profundidad y se ubica en plataformas continentales, los países limítrofes se están apresurando a reclamar zonas económicas exclusivas en virtud de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar. También está aumentando la actividad política en el Consejo Ártico, entidad creada para facilitar la cooperación entre los países que poseen territorios árticos. Además de los ocho miembros (Canadá, los cinco países nórdicos, Rusia y Estados Unidos), lo integran seis observadores permanentes, entre ellos países de peso como Alemania, Francia y el Reino Unido. Ahora China, India y Japón están presionando para formar parte.

Los estados no son los únicos actores que están buscando posicionarse: las grandes compañías de petróleo y de gas también están muy activas. Tras el derrame de BP en el Golfo de México en 2010 y la subsiguiente prohibición de extraer en aguas estadounidenses, la aprobación de las operaciones de perforación de Shell en la costa de Alaska recibió un considerable nivel de atención de los medios de comunicación. Sin embargo, los planes de perforar tres pozos este año en el Mar de Chukchi y dos en el Mar de Beaufort se redujeron primero a un pozo y luego se pospusieron hasta el año próximo, después de que se produjeran daños en una cúpula de contención (una estructura de emergencia para detener posibles explosiones).

No obstante, en otras áreas del Ártico han proseguido las perforaciones de exploración. Cairn Energy está perforando al sur y al oeste de Groenlandia. En Rusia, Rosneft y BP han llegado a un complejo acuerdo para explotar los recursos petroleros y gasíferos en alta mar del Ártico, por ejemplo, en el Mar de Pechora. Además, Rosneft ha firmado contratos de exploración con Statoil, ExxonMobil y Eni. De las grandes empresas petroleras, solo una (la francesa Total) ha planteado un punto de vista contrario a la exploración y explotación petroleras en el Ártico, por sus riesgos para el medio ambiente y sus costes económicos.

La extracción de petróleo en el Océano Ártico conlleva varios riesgos ambientales. Incluso si en el verano desaparece el hielo, no ocurre así la mayor parte del año, por lo que los icebergs de los glaciares que se vayan derritiendo serán más comunes y, probablemente, de mayor tamaño. Esto, combinado con la aparición frecuente de potentes y repentinas tormentas de nieve, aumentará las probabilidades de que se produzcan explosiones y otros derrames.

Luego están los problemas relacionados con lo remoto del lugar. El desastre de BP en 2010 sucedió en la mejor ubicación posible en términos de la disponibilidad de recursos cercanos para tapar una explosión: el Golfo de México posee la más alta concentración mundial de compañías petroleras, subcontratistas, ingenieros del petróleo, equipos, talleres, etc. Y, aun así, fueron necesarios tres meses para tapar el pozo Macondo. En el Ártico, todos esos recursos están a miles de kilómetros. En el Golfo, miles de personas de Mississippi y los estados de EE.UU. cercanos participaron en las tareas de limpieza. ¿Dónde se podrían encontrar en el Ártico?

Más aún, en aguas cálidas la mayor parte del petróleo y sus efectos se disipan al cabo de cinco años, pero en las aguas frías esa recuperación demora mucho más, como lo demostró el derrame de Exxon Valdez en Alaska en 1989. En este caso, el criterio de que los procesos químicos y bioquímicos duplican su velocidad por cada aumento de diez grados Celsius es una aproximación razonable. Así, serían necesarios más de 20 años en el Ártico para los mismos procesos que demoran cinco en el Golfo de México.

Mientras tanto, en los sistemas de escasa biodiversidad del Ártico, con sus sencillas cadenas alimentarias, los efectos en cascada serían más pronunciados que en las regiones temperadas o cálidas. La desaparición de una especie o nivel trófico (es decir, que contiene organismos que cumplen las mismas funciones en la cadena) puede producir cambios en las demás en una secuencia veloz y difícil de prever.

No hay duda de que las nuevas normas estadounidenses para las operaciones petroleras de alta mar en el Ártico, que obligaron a Shell a posponer las perforaciones en un año, son más estrictas que las anteriores y reducirán los riesgos de que se produzcan explosiones. Pero, si ocurriera una, la única manera fiable de detenerla y tapar el pozo es perforar un pozo de alivio, lo que demoraría meses en las mejores circunstancias; en el Ártico podría ser necesario más de un año.

Sin embargo existe una manera de reducir el tiempo necesario a unos cuantos días: perforar dos pozos en paralelo desde el principio. Si se produjera una explosión en uno de ellos, el otro podría servir rápidamente de pozo de alivio.

Obviamente, eso elevaría significativamente los costes de perforar, pero si no podemos esperar a realizar exploraciones petroleras en el Ártico hasta contar con la tecnología necesaria para hacerlo de manera más segura, las autoridades no deberían exigir menos a las compañías petroleras.

Arne Jernelov, a former director of the International Institute of Applied Systems Analysis in Vienna, is a UN expert on environmental catastrophes. Traducido del inglés por David Meléndez Tormen.

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