Conversación en el Gijón

El martes pasado me convocó a un encuentro un señero diputado del PCE en la II, III y IV legislaturas. Lo hizo en el Café Gijón madrileño que arracima tantas tradiciones en la reciente historia de España. Era evidente que no le importaba la discreción y acaso deseaba que fuese en el banco aterciopelado de este café que tantas cuitas ha escuchado en donde se consumase la nuestra. Confieso que la exposición de la situación de España, y de la cuestión catalana en ella, me pareció brillante y desprendida de apriorismos. Mi interlocutor, en esencia, planteaba dos asuntos, ambos de extraordinaria importancia.

El primero se refería -y él tenía motivos para conocer la entraña del debate constituyente en 1978- a la ruptura de dos consensos básicos. El de la soberanía y el de la monarquía. “Cedimos en la forma de gobierno, o de Estado, para lograr que la soberanía se residenciase en el conjunto del pueblo español y se produjese una profunda descentralización”, subrayó con cierto énfasis, pero “Izquierda Unida ha quebrado el pacto sobre la monarquía constitucional” (como el miércoles se demostró con su voto contrario a la ley orgánica de abdicación) y “CiU ha destrozado el de la unicidad de la soberanía”, añadiendo por mi parte que también -aunque en menor medida que IU- el de la monarquía. Sin que tampoco los de Cayo Lara puedan librarse de responsabilidad en la quiebra de la soberanía al apoyar procesos de secesión, especialmente en estos tiempos en los que a las bases de la izquierda les imanta la energía de Podemos.

“¿Qué hacemos?”, me preguntó mi convocante. Y desgranó la lista de iniciativas para él positivas: desde los federalistas de izquierdas en Catalunya, hasta la aparición de Sociedad Civil Catalana. “Pero no es bastante” se lamentó. “Necesitamos una reacción desde Madrid, integrada por no catalanes, al margen de los partidos, transversal, sin estructuras burocráticas”. Cómo y para qué, inquirí. “Para escribir, en genérico, que hay que federalizar el Estado y, por lo tanto, la Constitución, porque la cuestión catalana es un problema español”. Quedamos en cruzarnos nombres y borradores. Pero no sólo me identifiqué con la preocupación de este intelectual, sino que reflexioné también sobre el doble y voluminoso movimiento que se está produciendo en España: centrífugo en Catalunya y centrípeto desde el resto de España, al margen de los denominados “expulsionistas” irresponsables.

Del Gijón tuve que correr para llegar a tiempo al coloquio en la Fundación Diario Madrid entre Michael Ignatieff y Francesc de Carreras y pensé hasta qué punto mi convocante anterior llevaba razón al calificar la cuestión catalana como “problema español”, porque en las intervenciones del canadiense y en las del catedrático catalán latía la desazón que había percibido en mi encuentro previo. Ignatieff fue amable con el nacionalismo, pero severísimo con el secesionismo; y De Carreras fulminó la consistencia de las razones independentistas pero -quizás en apuesta calculada- reclamó, aunque sin la suficiente convicción, una suerte de Ley de Claridad para que en Catalunya pudiera celebrarse un referéndum consultivo.

En este ambiente de desazón, la entrevista del papa Francisco en La Vanguardia del viernes en relación con los procesos de secesión que no son de emancipación, como el catalán, resultaba sugestiva: “El caso yugoslavo es muy claro, pero yo me pregunto si es tan claro en otros pueblos que hasta ahora han estado juntos. Hay que estudiar uno por uno. Escocia, la Padania, Catalunya. Habrá casos que serán justos y otros que no serán justos, pero la secesión de una nación, sin un antecedente de unidad forzosa, hay que tomarla con muchas pinzas y analizar todos los aspectos”.

En los círculos de poder de la capital tienen muy claro que Felipe VI no puede caer en la “trampa catalana” (sic) que consistiría en endosarle el liderazgo de solucionar la cuestión secesionista. Hacerlo corresponde al Gobierno del Estado, al de la Generalitat de Catalunya y a las cámaras legislativas, dejando al nuevo monarca la función constitucional de moderar y arbitrar activando sus competencias relacionales y las simbólicas.

El nuevo Rey puede ser un lubricante, pero ha de ceñirse al milímetro a su elenco competencial, distinguiendo los ecos de las voces. Tendría que recordar a Kipling en su controvertido poema If (Si), en el que exhortaba a mantener la cabeza fría “cuando todo es cabeza perdida” y discriminar “cuando todos te reclaman y ninguno te precisa” e invitaba, también, a mantener los nervios disciplinados y a que cada cual camine “con su paso y su luz”. Seguro que Don Felipe ha leído este poema que no envejece.

José Antonio Zarzalejos

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