Conversaciones en Nápoles (1)

Hay ciudades que por muy viejas que sean, por duros que sean sus barrios o porque los niveles de corrupción alcancen cotas de escándalo, son símbolos de la modernidad. Como dicen los modelnos: “marcan tendencia”. Porque la supuesta modernidad puede no ser otra cosa que aquello que anuncia el deterioro total de lo antiguo.

En Nápoles, por ejemplo, los taxis no llevan taxímetro. No es que no lo hagan funcionar, es que carecen de él. Este es el sueño de todo empresario del taxi. Así se explica muy bien la modernidad a la que nos referimos. Para los ciudadanos es una regresión, para un hombre de empresa, la ruptura con una tradición que, según él, ya no corresponde con las leyes del mercado. ¿Otra pelea perdida? Vayan a estudiarlo a Nápoles.

Yo no tengo ninguna presunción de experto italianista, ni en mafias, ni en las covachuelas vaticanas que pueden llevar a grandes pifias –¿se acuerdan de aquel cardenal premiado?–. Ni tampoco en dar instrucciones. Me inquieta la censura indirecta que sugiere que no aparezcan informaciones sobre el Movimiento 5 Estrellas de Beppe Grillo, la consolidada y peculiar oposición al corrupto y atascado sistema político italiano. Porque los corresponsales escriben de lo que les piden, no de lo que importa. Detesto a ese residuo de mi generación que primero fueron niños de capilla, mucha misa y teología de la liberación en una Barcelona plagada de charnegos, que luego se hicieron comunistas fetén –nada de reformistas–, ¡Bandera Roja y lucha armada! Luego bajaron la bandera, tiñeron el color y se hicieron socialdemócratas y nacionalistas, y de ahí al cielo. Porque el poder, por modesto que sea, siempre es una parte del cielo donde te espera Dios bajo la forma de un president.

Como en Italia los periódicos están bien escritos y los periodistas no aparentan sufrir la doble presión de sus jefes y de los abogados constituidos en lobby de defensores del delincuente, ocurre que si la policía detiene a 17 mafiosos en Reggio Calabria, escriben en titulares sobre el “gobierno en la sombra” de la ‘Ndrangheta, recién desarticulado, cuyo jefe es un abogado. ¡Asómbrense, españoles, de la clase en extinción de lectores de periódicos! Ocurrió anteayer, como quien dice. Citan al abogado y además dan su nombre –Giorgio De Stefano, 68 años–y añaden sus referencias familiares y los datos de sus colaboradores, ahora en manos de la justicia. No es G.D.S., como ovejunamente escribiríamos nosotros, salvo Santiago Tarín, el veterano. (Acabo de leer algo que aspira a ser noticia, titulada “Un año de prisión para un encargado que vejó a una cajera por ser lesbiana”, título digno de algún grande de la literatura norteamericana. Pero en cinco columnas no me informa más que de dos cosas: que sucedió en un supermercado de Barcelona y cuál es el nombre del periodista que la firma). Roberto Arlt, el genial narrador argentino, hacía joyas con informaciones inventadas o reales, difíciles de diferenciar. ¿Y qué? Pues adelante, hagamos diarios imaginados y sin protagonistas. Las noticias las inventamos nosotros. Yo me comprometo a contar un crimen en el Paralelo de Barcelona, donde la única referencia precisa sea esa, que sucedió en el Paralelo. El lector no sabrá si ocurrió o me lo inventé.

Me temo que esto en Nápoles y en toda Italia no está permitido. Transcribo esta prodigiosa “entradilla” de Fulvio Bufi en Il Corriere della Sera, que lo dice todo con el mínimo de recursos y el máximo de talento periodístico. “NÁPOLES. Nombre: Matteo. Apellido: Brambilla. Edad: 46 años. Profesión: ingeniero, titulado en el Politécnico de Milán. Equipo favorito: Juventus. Aspiración: conseguir la alcaldía de Nápoles”. Es el candidato del Movimiento 5 Estrellas y abre página a cinco columnas. Algo tan sencillo, resulta impensable entre nosotros. El oficio periodístico se perdió con la guerra, se pudrió en la posguerra, y se falsificó desde la transición acá.

Nápoles sigue siendo una lección. No digo que sea buena, ni mala, sino una obligación para quienes nos ocupamos de observar más atentamente las cosas que el resto de los mortales. No hay otra diferencia entre nosotros y los demás. Sin ir más lejos. Hace un par de domingos se celebraron en Nápoles las primarias para elegir candidato del PD (Partido Demócrata), la supuesta izquierda en el poder de Matteo Renzi. Un agudo reportero se llevó una cámara oculta y descubrió que lo importante no era que hubieran votado 35.000 supuestos militantes del partido para elegir entre el consumido veterano, un pato al agua de 68 años, Antonio Basolino, y la joven aspirante, imagen del nuevo poder que rige en Roma, Valeria Valente, 39 cuidados abriles.

Hasta ahí todo normal, pero si Saviano llegó a escribir que el voto napolitano se pagaba a 50 euros, ahora tratándose de unas primarias de partido, cambia el mercado: el voto Basolino, un euro; el apoyo a la hermosa Valeria, 10 euros. Ganó ella por 500 votos, que me parecen pocos y demuestran una cierta dignidad del electorado militante. Hay que tomárselo así y asumirlo como hizo el propio presidente del Consejo, el avispado Renzi: “A partir de este momento pensemos solamente en Nápoles”. ¿Les suena esa musiquilla?

A donde quería llegar, estamos preparados para recibirlo. Un gran reportaje en el semanario L’Espresso de esta misma semana, portada incluida, se refiere a una novedad que nosotros mismos estamos viviendo, pero sin trato periodístico. La ofensiva contra el crimen organizado en Nápoles, la Camorra, ha desarticulado las cabezas del tráfico de drogas y la extorsión, pero lógicamente han quedado fuera todos sus empleados, sicarios y colaboradores del menudeo. Interpretémoslo, como les gusta ahora a los analistas, en términos de empresa. La industria sigue produciendo pero sin jefes. Los empleados se han convertido en bandidos. Chavales entre los 15 y los 25 años al pairo, conscientes que la vida va a ser breve y que no hay futuro sin una Magnum 357 o una Beretta.

Su desprestigio es total entre las veteranas mafias de Sicilia y Reggio Calabria, hasta el punto que han de comprar la droga a intermediarios para después revenderla. Pero están ahí y son decenas de chavales armados, fascinados ante la serie televisiva Gomorra, como los adultos se chutan con Juego de tronos. En el fondo es la vuelta a nuestros padres y abuelos esperando ansiosos el siguiente capítulo de Ama Rosa, año 1959, con la voz impresionante de Matilde Conesa y los guiones de Guillermo Sautier Casaseca.

Pero estos chicos matan y L’Espresso relata que desde el 1 de enero han ido liquidando, entre luchas por ocupar territorios de extorsión y errores (daños colaterales, dicen en el ejército que marca la filología de la expresión periodística, los EE.UU.), unos 9 asesinatos. Sólo en Barcelona rebasaríamos esa modesta lista. Fíjense que en una lucha de clanes de la droga, ningún nombre, ninguna precisión, han tenido que ser desplazados de sus casas ocupadas, a otras casas, ocupadas, más de 40 miembros de una familia dedicada al tráfico… y no rodado. Vecinos nuestros. Nada, apenas unas líneas crípticas y acojonadas.

Nuestra sociedad se niega a reconocer que la industria y el comercio de la droga es un motor que nadie quiere detener. Hay mucho dinero en juego. En Barcelona teníamos un director del puerto, José Mestre, con más medallas de las instituciones autonómicas que un científico. Facilitaba el tránsito de contenedores de droga. ¿Dónde estará ahora? Imagino que en la cárcel, pero a lo mejor tomándose unos pinchos en José Luis –esquina Tuset-Diagonal–. Ahí encontré un día al modelo del empresariado pujoliano, Javier de la Rosa, al que le cayeron tropecientos años de cárcel, sentado en una mesa y recibiendo parabienes. Nápoles es un curso sobre la tortuosa realidad de una sociedad con mucho pasado, intenso presente e inquietante futuro.

Hay que aprender. ¿Acaso no tuvimos durante 23 años un president y su numerosa familia dedicados a la extorsión y el patriotismo?

Gregorio Morán

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