Conversaciones en Nápoles (2)

Nápoles es la ciudad más singular que he topado en mi vida. Allí fueron a vivir gentes tan dadas a la vida tranquila como el músico Rossini, que ganó sus buenos dineros que luego le servirían para convertirse en usurero. O el desgraciado Leopardi, el poeta de la mala suerte, que la leyenda napolitana garantiza que falleció tras comerse un helado en el Gambrinus, uno de esos hermosos cafés de otra época que nosotros liquidamos en bien de la especulación inmobiliaria. Y muchos más que dejaron huella.

A mi hotel, modesto, bello por dentro, había que entrar por un portal construido para caballerizas en ¡vía Toledo!, la más importante de la ciudad, pasar rejas que se abrían por control a distancia, un ascensor tembloroso y llegar a una segunda planta y descubrir tras tanto fárrago, que no desmerecía. Pero no fue eso lo que me conmovió. Al fondo del portalón anterior al Risorgimento, un establecimiento totalmente acristalado a la moderna anunciaba algo que aún me subyuga: “Alma y Cuerpo. Peluquería. Centro de estética”. Osé acercarme para ver tamaña desmesura, una peluquería para señoras donde además de arreglarte el cabello te trataban el alma.

Nápoles fue la tercera urbe de Europa en el XVIII, tras París y Londres, y hasta 1931 la más poblada de Italia. De ahí que esta ciudad de ahora, flagelada por la suciedad, el abandono, la corrupción y la camorra, sea una mina, peligrosa porque te puede explotar en las manos –caso Saviano–, pero que no deja de ser objeto de trabajos de historia que en muchos sentidos cambian los puntos de vista que habíamos manejado hasta ahora.

El historiador y editorialista del diario local Il Mattino, Gigi di Fiore, publicó hace meses uno de esos libros que obligan a despertar y romper con sueños y leyendas. La Nación napolitana. Otra historia borbónica e identidad sudista (De Agostini. 2015), figura en la mesa de novedades de las librerías desde que apareció en segunda edición en junio del pasado año. Aquí no hubiera durado dos meses.

Conversar con Gigi di Fiore, autor veterano, con libros capitales sobre la camorra, entre otra muchos temas siempre ligados a Nápoles, a los 150 años de período borbónico, o a la revisión del Risorgimento, ese movimiento que arrastró Italia a la unidad y que para muchos ahora no fue otra cosa que una invasión del norte piamontés sobre el sur llamado de las Dos Sicilias, territorio secularmente autónomo y bastante más rico entonces que el invasor. La reciente creación de la racista Liga Norte impulsó el movimiento reivindicativo del sur, fundamentalmente cultural, que quería equilibrar el relato de los vencidos de las Dos Sicilias frente a la soberbia de los industriales y especuladores del norte.

Es el nacimiento de un movimiento neoborbónico republicano, que no tiene de los Borbones más que la memoria de un período potente de la economía, la cultura y la sociedad napolitana. La mafia siciliana fue un fenómeno del campo a la ciudad. Las variantes de la delincuencia organizada en Nápoles están ligadas a la ciudad misma. Incluso la recuperación de la bandera –blanca con el emblema de las Dos Sicilias en el centro– desterrada tras la unificación de 1861. No podía faltar el fútbol. En mayo de 1995, la final entre el Nápoles y el Milan llenó el campo de miles de banderas blancas. Diego Armando Maradona, que jugó en el Nápoles, tiene hasta un museo en la ciudad. Un comentarista sarcástico escribió en septiembre de 1993, “entre pizzas y babá –postre típico napolitano usurpado por los cocineros franceses– nace el movimiento neoborbónico republicano”.

Según explica, y muy bien, Gigi de Fiore, carece de otra ambición que enfrentarse a la permanente humillación hacia los terroni, la gente trabajadora del sur, aquella que se convirtió en carne de emigración en los años cincuenta, seguidos por los españoles del sur en los sesenta. Similar a los que padecieron el desdén por los españoles del norte. ¿Se acuerdan de aquella definición de Jordi Pujol sobre los andaluces, “hombres sin hacer”?

Una revisión de la implacable guerra entre el norte y sur que se desarrolló en la Italia previa a la unificación y que en ocasiones, un hombre de izquierda, anticamorra y antifascista, coloca en la perspectiva entre la guerra de Secesión norteamericana y la Italia clasista. No era para liberar los esclavos por lo que lucharon los poderes económicos norteamericanos en la guerra de Secesión. Sino por la hegemonía de los negocios. Escuchar a Gigi di Fiore introduce la siempre imprescindible tarea de romper los tópicos que llenan nuestra historia para mejor ocultar la realidad de los intereses.

Isaia Sales, otro profesor y editorialista napolitano, que participó en el Gobierno Prodi, publicó recientemente unos de los libros más iluminadores sobre el fenómeno mafioso, o camorrista, que va desde sus prolegómenos hasta lo más reciente. Historia de la Italia mafiosa. ¿Por qué la mafia ha tenido éxito? (Rubbettino. 2015). Para mí, escuchar de su boca el tránsito de los “guapos” a los “camorristas”, es una de las experiencias intelectuales más brillantes que he vivido en los últimos años. Es verdad que están detalladas en su libro, pero gana mucho la capacidad de expresión de un napolitano, su sentido del humor, su sarcasmo y su desdén hacia la notoriedad académica –suyo es el libro, creo que no traducido al castellano, Sacerdotes y mafiosos. Historia de las relaciones entre Mafia e Iglesia Católica (2010)

La influencia española en Nápoles dio lugar, entre otras muchas cosas, a la invención de “los guapos” (I guappi), primer paso de la delincuencia organizada. ¿Qué era un guappo? Alguien que vive de los demás, cero esfuerzo físico porque resultaría humillante, lo que en principio se asemeja mucho a las figuras literarias del siglo de oro; el hidalgo Alonso Quijano, nuestro Quijote, sin ir más lejos. Y figuras mucho más escoradas hacia el lado malo de la vida como las que describieron Mateo Alemán o Quevedo. Una herencia de la picaresca de altura.

El guappo, explica Isaia Sales, vivía de la extorsión dadas sus condiciones de hombre violento; no necesitaba matar, le bastaba con el cuchillo. Los grandes guappi eran ases en el manejo de la cuchillería, incluido el duelo. Al tiempo servían para arreglar matrimonios, servir de jueces de paz en conflictos familiares… Pero, como añade Sales, los españoles se fueron, dejaron el lenguaje, la tipología y lo que luego devendría la camorra. (Quizá esta sea, entre otras, las razones por las que la mafia en general tiene una tendencia reiterada por instalarse en España. Están como en casa)

Empezaron con la extorsión y el contrabando de tabaco, hasta que llegó la cocaína, Raffaele Cutolo y la industria camorrista. Sales se recrea en la biografía de cuatro guappi: Teofilo Sperino, Giuseppe Barracano, Luigi Campolongo y Giuseppe Navarra, todos napolitanos urbanitas. Con sus currículos viene a demostrar que la leyenda de defensores de los humildes frente a los poderosos era una patraña, por más que el pueblo llano les respetara hasta la adoración. Criminales de buenas formas y mejor vestir. Ahora recuerdo que en El Padrino, Coppola exhibe a uno de ellos de manera magnífica, con su traje blanco, su panamá, anillo grueso y gesto displicente.

La droga, en sus variantes, introdujo la materia más espectacular para el salto de los guappi a la camorra. La organización de una empresa donde los jefes no tocaban el producto, no se manchaban las manos ni siquiera de sangre, para eso estaban los sicarios, y seguían con sus modos y maneras de caballeros recién llegados al mundo del business. Ellos sostuvieron, y hasta sostienen, buena parte de la economía capitalista, e incluso evitaron la quiebra bancaria de 2009, (fuente avalada por las Naciones Unidas), gracias a 350.000 millones de dólares procedentes del narcotráfico.

Gregorio Morán

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