Conversión al realismo

Por Niall Ferguson, profesor de Historia Laurence A. Tisch de la Universidad de Harvard y miembro de la junta de gobierno del Jesus College de Oxford. Traducción: José María Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 05/06/06):

Los X-Men se han apoderado de Washington. Por un instante creímos que teníamos delante un puñado de incompetentes y fantasiosos neocon -derrochadores, por más señas- al timón de la Administración estadounidense… que la han dejado prácticamente para el arrastre. Pero he aquí que, acto seguido, la misma Administración ha mutado en un grupo de superhéroes. El secretario de Hacienda se ha metamorfoseado en Gold Man (Sachs). La secretaria de Estado se ha convertido en una figura cuyo personaje podría llamarse Realista. Y hasta el mismísimo presidente se llama ahora Regreto.

Los entusiastas de los X-Men (que arrasaron en formato de cómic bajo el sello Marvel y ahora infestan los cines del país) comprenderán la alusión. No obstante, tal vez resulte preferible que acabe de ponerles al día a los benditos de ustedes que aún no hayan caído en la cuenta de la avasalladora irrupción de la tercera parte de la popular serie X-Men en las taquillas de cine estadounidenses, por delante de El código Da Vinci. Los X-Men (y X-Mujeres) son mutantes, resultado de una anomalía genética que les dota de poderes sobrehumanos. Storm, por ejemplo, puede influir en el tiempo. Wolverine posee un elevado grado de percepción sensitiva y está dotada de afiladas uñas. Mystique puede adoptar la forma de cualquier otro ser humano. El monstruo Juggernaut -encarnado por el duro ex jugador de fútbol Vinnie Jones- hace gala de una irresistible energía. Y no nos olvidemos de Ángel, de seductoras alas blancas.

Para la mayoría de los cinéfilos, es como contemplar a diez superhéroes por el precio de uno. Aunque para quien está en el ajo, X-Men 3: la decisión final también puede verse como si se tratara de una alegoría gay (con toda su imaginería de uñas largas, etcétera, ¿me siguen?). En cualquier caso, los problemas comienzan cuando -siguiendo con la ficción alegórica- un puñado de repulsivos heteros sale en su busca para curarles y reintegrarles en la sociedad.

Personalmente, prefiero las alegorías de carácter político, así que volvamos a los X-Men de Washington… La verdad es que en las últimas dos semanas se nos ha concedido asistir a notables mutaciones de la política norteamericana. En primer lugar, el propio presidente compareció compungido en su conferencia de prensa conjunta con Tony Blair, reconociendo que con su lenguaje duro en tiempos de la invasión de Iraq había “enviado una señal equivocada a la gente”.

A continuación -¡buen golpe!-, Bush anunció el nombramiento de Henry Paulson (capataz de Golden Sachs) como su nuevo secretario de Hacienda. Tras cinco años de rumbo a la deriva, la iniciativa puede señalar un regreso a las políticas económicamente más sagaces de la era Clinton, cuando el predecesor de Paulson en Goldman, Robert Rubin, hizo un viaje similar de Wall Street a Washington.

Pero en honor a la verdad, la metamorfosis de Condoleezza Rice -convertida de secretaria de Estado en Realista, adoptando una política exterior en la tradición de Henry Kissinger- es aún más destacable que la aparición en escena de Regreto y Gold Man.

Esta Administración, tras haber etiquetado a Irán como miembro integrante del eje del mal, ha dado señales de lidiar diplomáticamente con la amenaza planteada por las mal disimuladas aspiraciones nucleares de este país. Incluso hace poco el presidente estuvo en un tris de tirar a la papelera la carta personal que le dirigió el presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad.

Pero el miércoles pasado, la secretaria de Estado se metamorfoseó repentinamente, anunciando que Estados Unidos sumaría sus esfuerzos a los de sus aliados europeos (Gran Bretaña, Francia y Alemania) para ofrecer a Irán un acuerdo diplomático. Al día siguiente, aprobó los términos de tal acuerdo y entendimiento no sólo con sus homólogos europeos sino también con los ministros de Asuntos Exteriores de Rusia y China. Ha sido la mejor semana para la diplomacia norteamericana desde que George W. Bush entró en la Casa Blanca.

“Tan pronto como Irán, de forma total y fehaciente -declaró la doctora Rice (empleemos en este punto sus títulos y rango académico al estilo kissingeriano)-, interrumpa sus actividades de enriquecimiento y reprocesamiento de uranio, Estados Unidos se sentará a la mesa junto a sus homólogos europeos para hablar con los representantes iraníes”. Incluso -y ante tal eventualidad a muchos diplomáticos del planeta se les debe de haber caído el canapé al suelo- sugirió la posibilidad de “una nueva y positiva relación entre el pueblo de Estados Unidos y el pueblo de Irán”. Una “relación beneficiosa para ambas partes – añadió-, basada en lazos y contactos en los sectores de la enseñanza, el intercambio cultural, el deporte, los viajes, el comercio y la inversión”.

Evidentemente, desconocemos la letra pequeña del documento enviado a Teherán. Pero está claro que ofrece una elección a los iraníes: desechad vuestros planes para conseguir el arma nuclear y tendréis buenas zanahorias, incluyendo asistencia tecnológica para construir reactores de agua ligera. De lo contrario, y si persistís en vuestro ilícito programa, ateneos a unos cuantos bastonazos… que podrían ir desde embargos sobre materiales y técnicas necesarias para fines nucleares o militares hasta una congelación total de los contactos bilaterales y, posiblemente, la prohibición de desplazamientos de altos funcionarios iraníes.

Me siento seriamente tentado de quitarme el sombrero ante la doctora Rice. Como Kissinger antes que ella, ha dado muestras de lo que puede lograrse mediante una actitud persistente y persuasiva. A la vista de sus apuros y dificultades políticas en el ámbito interno y de sus problemas militares en Iraq, la Administración Bush parecía hallarse cada vez menos en condiciones de detener el programa de armamento nuclear de Irán mediante el empleo de la fuerza. Este ofrecimiento de seis potencias mundiales a Irán se presenta efectivamente como la mejor opción a la vista. Aquí, sin embargo, hay trampa o acaso círculo vicioso. ¿No podría Estados Unidos estar repitiendo con Irán el mismo error en que ya ha incurrido con Corea del Norte?

En el año 2002, los norcoreanos reactivaron sus instalaciones y actividades nucleares en Yongbyon (clausuradas según el acuerdo marco entre Estados Unidos y Corea del Norte de 1994) con la manifiesta intención de enriquecer uranio. Desde entonces, se han afanado por fabricar armamento nuclear. Como en el caso de Irán, la respuesta de Estados Unidos consistió en entablar negociaciones a diversas bandas, con ambas Coreas, Japón y -lo han adivinado- Rusia y China. Y, como en el caso de Irán, al transgresor se le ha ofrecido palo y zanahoria.

Las zanahorias han adoptado la forma de generosa ayuda a la estrangulada economía coreana. Los palos han incluido la adopción de severas medidas contra el tráfico ilícito de medicamentos falsificados, moneda falsa, especies en peligro y armamento convencional.

¿Resultados? Nada. Los norcoreanos volvieron a la mesa de negociación cuando les pareció sin mostrar señal alguna de querer renunciar a sus aspiraciones nucleares. La razón es clara. Tal vez y sin que sea de extrañar -dada la capacidad de su régimen para el delito organizado- hace tiempo Kim Jong II comprendió que el mejor uso que cabe dar a un programa de misiles nucleares es el chantaje: “¡O me dais el dinero – chilló-, o se acabó; esto estalla!”. El pasado mes de octubre, el presidente de China, Hu Jintao, visitó Pyongyang. Se cree que entregó a Kim un cheque por valor de 2.000 millones de dólares en concepto de ayuda. Gobernar un país paria, en este sentido, puede ser un buen negocio.

¿Podría suceder lo propio en el caso de los iraníes? Podría, pero sólo si se les permite comprar o conseguir -o puede argüirse de forma creíble que han comprado o conseguido- una o más bombas nucleares. Si no hay bombas, no hay chantaje posible. Y sólo podrán conseguir bombas si excluimos la posibilidad (como dio la sensación de que Jack Straw de hecho deseaba) de que, en caso de que fracase la diplomacia, el palo y la zanahoria den paso al ataque militar.

Porque, en materia de política internacional y política exterior, la diplomacia nunca puede ser considerada un fin en sí misma. Como observó el gran estratega Carl von Clausewitz, la guerra es la continuación de la política por otros medios. Del mismo modo, una política exterior que descarta la guerra como último recurso carecerá de la credibilidad necesaria para alcanzar sus objetivos. Tal es el núcleo y la esencia del realismo.

La nueva diplomacia estadounidense sólo será eficaz si no se les deja abrigar duda alguna a los iraníes. Esto es: no pueden poseer misiles nucleares. Que no son un derecho, como gustan de afirmar, sino una violación del tratado de no proliferación nuclear, del que Irán es país signatario, y una amenaza para la paz. Pueden renunciar a ellos a cambio de vacas gordas, zanahorias o incluso algún palo molesto o incómodo, pero si siguen presionando sin hacer caso, ciertamente se buscarán una respuesta de tipo clausewitziano.

Ian McKellen pronuncia la frase mejor de X-Men 3: la decisión final en su papel de Magneto: “Quieren curarnos, pero nosotros somos el remedio”. Mucha gente en todo el mundo ha querido curar a la Administración Bush de su fe en la fuerza militar como instrumento legítimo de una política. Sin embargo, si Irán desdeña el palo y la zanahoria de Rice, en tal caso el viejo y premutante Bush será, en efecto, el único remedio.