Convertir el Brexit en una celebración de la democracia

Un descontento sin fin inunda al Reino Unido. Tanto quienes quieren abandonar la UE como los que desean permanecer en ella están igual de abatidos. El Gobierno de Su Majestad y la oposición laborista se encuentran divididos. El Reino Unido está profundamente separado entre una Escocia eurófila y una Inglaterra euroescéptica, entre ciudades inglesas pro-UE (incluida Londres) y poblados costeros y norteños anti-UE. Ni la clase trabajadora ni la clase gobernante se pueden unir tras ninguna de las opciones del Brexit que se presentan en las rondas de la Cámara de los Comunes. ¿Puede sorprender acaso que tantos británicos se sientan ansiosos y abandonados por su sistema político?

Y sin embargo existe la paradoja de que, aunque el actual impasse por el Brexit esté lleno de riesgos, los británicos debieran darle la bienvenida. Desde 1945, la cuestión de Europa ha opacado al menos ocho otras interrogantes fundamentales para el Reino Unido: sobre sí mismo, sus instituciones políticas y su lugar en el mundo. El Brexit está trayéndolas todas a la palestra, y el descontento reinante es la primera condición para abordarlas. En efecto, el Brexit puede facultar a la democracia británica para solucionar varias de las crisis permanentes del país.

Primero, está la cuestión irlandesa. Aunque el Acuerdo del Viernes Santo la saldó en parte hace una generación, el Partido Unionista Democrático de Irlanda del Norte la está reabriendo al insistir que la provincia, que es parte del Reino Unido, de ningún modo se debe distinguir de Gales o los Condados de Origen.

La cuestión escocesa también se ha reactivado. Apenas dos años después de que el fallido referendo escocés por la independencia en 2014 dejara desanimados a los nacionalistas, el referendo del Brexit en 2016 les dio nuevas fuerzas.

Existe además la cuestión inglesa. La incompleta devolución del ex Primer Ministro Tony Blair hizo de los ingleses el único pueblo del Reino Unido sin asamblea o parlamento propios, dejándolos en una relación de dependencia del parlamento de Westminster que muchos sienten como distante y no representativo de sus preocupaciones.

El Brexit también puso a prueba un rígido sistema de partidos forjado por un sistema electoral en el que gana el que primero pasa la marca, lo que limita la competencia a los actores actuales. Como resultado, los partidos del Reino Unido han llegado a funcionar como carteles con agendas en conflicto.

El referendo de 2016 también resaltó la cuestión del papel de la democracia directa en la política británica. En el contexto de las crecientes llamadas a que se realice un segundo referendo, se debe debatir más temprano que tarde el cuándo y cómo se deben celebrar elecciones populares.

También hay que abordar el papel de la democracia representativa. El Brexit puso al descubierto el mito de la soberanía de la Cámara de los Comunes cuando, en el proceso de abandonar la UE, el gobierno negó al Parlamento peso alguno incluso sobre cómo la legislación de la UE se debería traducir a las leyes del Reino Unido.

El Brexit también desató la frustración reprimida acerca de la austeridad, que adoptó la forma de un pánico moral acerca de la migración. La libre circulación de personas en la UE opacó el papel de los recortes presupuestarios internos en la reducción de los servicios públicos y la vivienda social, volviendo inevitable un aumento de la xenofobia.

Finalmente, desde mediados de los 80, tras el vandalismo intencional de Margaret Thatcher a la industria británica, la economía británica ha dependido de la “amabilidad de los extraños”. Ninguna otra economía europea, excepto Irlanda, ha necesitado de tales flujos de capital extranjero para llegar a fin de mes. Por eso el Reino Unido depende de lo barato: bajos impuestos, bajos salarios, contratos de cero horas y un sector financiero no regulado. Para salir de la troika de bajo nivel de habilidades, baja productividad y crecimiento lento, sus ciudadanos tienen que reconsiderar su lugar en la economía global. El Brexit es una oportunidad espléndida para que lo hagan, al tiempo que rechazan los llamados a reducir más aún los salarios, los impuestos y las normas.

Quedan pocas semanas para que el Reino Unido abandone la UE por defecto, y ninguna de las tres opciones principales disponibles (un Brexit sin acuerdo, el acuerdo de la Primera Ministro Theresa May con la UE para salir de ella, y la rescisión del Artículo 50 para permanecer en la UE) logra una mayoría en el Parlamento o en la población. Cada una genera un descontento máximo: el escenario del no acuerdo parece el salto a lo desconocido que más peligro representa, el trato de May horroriza a quienes quieren permanecer y es visto por quienes desean abandonarla como el tipo de documento que solo un país derrotado en una guerra podría firmar. Por último, si se evita el Brexit se confirmaría la creencia de quienes quieren salir de la UE de que solo se permite la democracia cuando arroja los resultados que prefiere el sistema de Londres.

En el Reino Unido prevalece la opinión de que este impasse es lamentable y que demuestra el fracaso de la democracia británica. No estoy de acuerdo con ninguna de estas afirmaciones. Si cualquiera de las tres opciones disponibles en estos momentos se adoptara, digamos, en un segundo referendo, aumentaría el descontento y seguirían sin respuesta las grandes interrogantes que afectan al Reino Unido. Desde esta perspectiva, la reluctancia de los británicos a apoyar alguna de las actuales opciones sobre el Brexit puede ser una señal de sabiduría colectiva y una oportunidad excepcional de abordar los grandes desafíos del país, al tiempo que se reconsidera la relación del Reino Unido con la UE. Pero, para aprovecharla, deben invertir en un “Debate Popular” que a su vez lleve a una “Decisión Popular”.

El Debate Popular debe abordar seis asuntos: la constitución británica, incluida la creación de un parlamento inglés o múltiples asambleas regionales inglesas; el sistema electoral y el papel de los referendos; la cuestión irlandesa, incluida la posibilidad de una soberanía conjunta británico-irlandesa sobre Irlanda del Norte; migración y libertad de circulación; el modelo económico británico, particularmente el papel desproporcionado del sector financiero y la necesidad de impulsar las inversiones verdes en todo el país; y, por supuesto, la relación entre el Reino Unido y la UE.

Para ser democrático, el Debate Popular debe realizarse en asambleas regionales conducentes a una convención nacional donde se afine un menú de opciones antes de que la próxima Cámara de los Comunes las traduzca a preguntas de referendo que permitan la Decisión Popular para 2022. Por ello, el gobierno británico debe asegurar un periodo de transición después de que el país salga formalmente de la UE el 29 de marzo y que dure al menos hasta que el pueblo pueda decidir tres años más tarde.

Durante el periodo de transición, el Reino Unido debe permanece en la unión aduanera y el mercado único de la UE, con libre circulación y plenos derechos para los ciudadanos de la UE en el Reino Unido. Luego, en 2022 los votantes podrán escoger quedarse en la unión aduanera y el mercado único, o postular a reingresar en la UE como miembro pleno.

Cuando el descontento es tan copioso como en la Gran Bretaña de hoy, la mejor receta es democracia en abundancia.

Yanis Varoufakis, a former finance minister of Greece, is Professor of Economics at the University of Athens. Traducido del inglés por David Meléndez Tormen.

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