Convertirse a la vida

Todo sucede de la manera más inesperada y maravillosa cuando estás en la clave adecuada. De pronto, en tu diario, encuentras una frase luminosa, dos, tres, una página: te ha nacido el germen de un libro, una visión que sólo pide ser transcrita, una obra de arte que te pide permiso para existir y un fuego que quiere que tú lo atices para calentar y alumbrar a la humanidad, que para eso se escriben los libros.

O de pronto aparece en tu horizonte una persona de la que en un segundo te enamoras locamente, alguien a quien darías la vida entera aun sin conocerla. Inesperadamente, sólo porque es hermosa, o porque sonríe, o por el timbre de su voz que te recuerda al de la chica de quien te enamoraste de adolescente, deseas entregarte a ella, hundirte en ella, abrazar su humanidad y crear a su lado una humanidad nueva.

O de pronto sientes a Dios claramente, irrefutablemente, arrebatadoramente. Es una sensación inefable, efervescente, transformadora, inequívoca. Dios es entonces –¿quién lo iba a haber dicho?– lo más real, y todo lo demás, todos los demás, están ahí sólo para ser partícipes de esa maravilla que tú, quién sabe por qué, has descubierto con 20 años, o con 50, y necesitas imperiosamente comunicar.

Convertirse a la vidaClaro que también lo oscuro, y a veces sobre todo lo oscuro, sucede de la manera más inesperada. De pronto, por ejemplo, te encuentras con que has perdido a tu ser querido: se ha muerto, se lo han llevado, se ha ido, ya no está. Sencillamente, ha dejado de estar a tu lado y, en su lugar, hay un gran vacío que no crees que puedas rellenar jamás. El amor ha sido sustituido por una ausencia que tú miras atónito, como si fueras un niño a quien han soltado en medio de un bosque en plena noche, o como si fueses de otro planeta.

O de pronto, ahora que todo iba tan bien, te ha visitado una enfermedad: un dolor agudo en el costado izquierdo, un sobresalto en el corazón, un pinchazo en la espalda, insoportable por repentino y violento, una misteriosa mancha en la piel, una nube en los ojos, un fantasma en la cabeza, como una serpiente que se desliza sembrando devastación… No importa lo que sea. El mal ha hecho acto de presencia. Ha llamado a tu puerta y se ha colado en la habitación de tu cuerpo, dispuesto a hacer estragos.

El tiempo litúrgico de la cuaresma trae esta noticia: todo, todo sin excepción: el enamoramiento y la enfermedad, la muerte y la iluminación, la vida ordinaria, también y sobre todo la vida ordinaria, todo puede ser un camino. Más aún: todo lo que te sucede es un camino para ti. A lo que hay que convertirse, por tanto, es a la vida. A la vida con todas sus luces y sombras, con todas sus contradicciones. Esa vida contradictoria, a veces dulce y a veces feroz, indomable siempre, esa vida es toda ella maravillosa. Esa es la noticia. A esa conversión a la maravilla es a la que estamos llamados. Se nos invita a no agarrarnos a nada, a vivir lo que se presenta, a no quedarse encerrado en un esquema. Se nos invita a una permanente y dulce desestabilización.

Lo que más daño nos hace es la reputación, la imagen que queremos dar de nosotros mismos. Eso nos esclerotiza. Eso nos idiotiza. Es a eso a lo que hay que morir. Y convertirse a la aventura, convertirse al no saber, aunque tengas 40 años, aunque tengas 80. Siempre, con 80, con 85 años, siempre puedes empezar. Yo quiero empezar siempre. Me gusta la gente que empieza siempre: los viejos que se enamoran, que se matriculan en la universidad, que se apuntan a un coro a cantar o a una escuela de idiomas para aprender una lengua que apenas tendrán tiempo para hablar.

Lo bueno de la vida es empezar. Tomar la carretera desconocida, caminar por ella con la fiebre de la determinación y luego, al final, arrojarte por el precipicio en el que esa carretera termina. Porque toda carretera conduce a un precipicio. Y porque si no hay un precipicio a su término es que eso no es una carretera, sino un espejismo.

Conozco bien, de primera mano, el miedo que da saltar. Pero la vida es la experiencia de ese salto. Siempre –al menos yo– estamos entre el abismo y el cielo, entre el vuelo y la caída. Estar permanentemente entre esas dos posibilidades: esa es la aventura del ser humano, y a eso, estoy seguro, es a lo que se nos llama en la cuaresma. Salta si quieres vivir. Suelta tu personaje, por respetable que sea, si quieres entender el Evangelio de Jesucristo.

Todo empieza cuando dices: de acuerdo, voy a saltar. Todo empieza cuando dices: quizá me estrelle, pero confío en volar. Basta decir: sí. ¡Sí, sí, sí, Dios mío, sea lo que sea, sí! Contigo al fin del mundo. Basta decirle a Dios: quiero una vida contigo. No me imagino una vida sin ti. Te amo y me asusta mi amor. Te pienso todo el rato. Soy eternamente tuyo. Tengo el vientre lleno de mariposas porque me he enamorado de ti, Dios mío. Pase lo que pase, cuenta conmigo. Estoy aquí para lo que quieras. No me imagino una vida sin ti, no quiero una vida sin ti, tú eres la Vida y de tu lado no me muevo. Contigo estoy dispuesto a ir al infierno. Llévame al infierno si quieres, Señor, pero contigo, por favor. Eso es amor. Esa es la invitación de la cuaresma. No quedarse en sucedáneos, en apariencias, en convencionalismos, en lo trillado, en lo que vayan a decir los demás, ese temor que tanto nos paraliza. La opinión ajena no importa nada, nunca importa nada. Sólo importa tu corazón, tu conciencia, tu obediencia a tu conciencia, tu fidelidad a tu visión, a la revelación de cada ahora. A lo que hay que convertirse es a la vida porque ella es sencillamente lo que estamos buscando.

También nosotros, como la vida, somos maravillosos, todos nosotros sin excepción. Aunque a veces seamos egoístas o mentirosos, o soberbios o perezosos: ninguno de nuestros defectos o nuestras faltas, por graves que nos parezcan o que realmente puedan ser, empañan la maravilla que somos. Estamos invitados a abrazar esas contradicciones, a amarnos como somos, tan maravillosamente defectuosos, tan tontos, tan torpes, tan listos, tan mezquinos o tan heroicos. Tú eres una maravilla, él es maravilloso, ella es maravillosa, somos increíbles y todavía no nos hemos dado cuenta. Alguien tiene que venir a decírnoslo para que lo veamos de una vez por todas.

La cuaresma es una invitación a dejar atrás tanta tontería y a darnos cuenta de que somos una maravilla. Una invitación a enamorarse de la vida y a vivirla con toda intensidad. A no ir siempre a medio gas. A decir sí, me la juego, apuesto, me lanzo, estoy aquí, quiero vivirlo todo: el amor y el enamoramiento, la fe y la oscuridad, la enfermedad y la muerte, todo quiero vivirlo porque todo merece vivirse y porque todo es o puede ser un misterioso camino hacia la plenitud.

Por mi parte, humilde pero rotundamente os digo que quiero vivir esta aventura de la vida a vuestro lado, queridos amigos y lectores. Para mí es un privilegio caminar en vuestra compañía. Sois un espejo en el que me gusta mirarme; sois una ventana por la que quiero mirar. A lo que hay que convertirse es a la vida, querido amigo y lector. Es ahí donde nos espera la fiesta. Este camino de la cuaresma hacia ese territorio de fiesta que es la Pascua es el que quiero hacer contigo, abrazando nuestras sombras, las tuyas y las mías, ¡son después de todo tan parecidas! Tropezando y levantándonos juntos. Con ligereza. Con humor. Con coraje. Con humildad. Con determinación. A lo que hay que convertirse es a la vida, ¿te vienes? ¿No sientes ya, al menos turbia y lejanamente, el asombro ante el esplendor, el estupor y la maravilla?

Pablo d’Ors, sacerdote y escritor.

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