Copenhague: Seattle crece…

El otro día recibí un ejemplar del avance del libro The battle of the story of the battle of Seattle (la batalla de la historia de la batalla de Seattle), de David Solnit y Rebecca Solnit.

Su publicación coincidirá con el décimo aniversario de la histórica coalición de activistas que hizo fracasar la ronda de la cumbre de la Organización Mundial del Comercio en Seattle, chispa que inflamó un movimiento global antimultinacionales.

El libro es un relato fascinante de lo que sucedió realmente en Seattle, pero cuando hablé con David Solnit, el gurú de la acción directa que ayudó entonces a idear el cerco, le noté menos interesado en rememorar los acontecimientos de 1999 que en referirse a la próxima cumbre de las Naciones Unidas sobre el cambio climático en Copenhague (7-18 de diciembre) ya las iniciativas a favor de la «justicia en el ámbito del clima» que ha contribuido a organizar en todo Estados Unidos. «Se trata, indudablemente, de una ocasión tipo Seattle», me dijo Solnit.

«La gente está preparada para echarse a la calle».

Hay ciertamente un factor Seattle en la movilización de Copenhague: la enorme gama de grupos presentes en la capital danesa, las diversas tácticas de que harán gala y la disposición de países en desarrollo a llevar a la reunión las exigencias de los activistas. Sin embargo, Copenhague no es meramente la segunda oportunidad de un Seattle, pues da la sensación de que se desplazan las placas tectónicas, dando lugar a una dinámica que se apoya en la fuerza de una era precedente pero que, a su vez, aprende también de los errores.

El elevado nivel de críticas que apuntan al movimiento que los medios de comunicación han calificado reiteradamente de movimiento «antiglobalizador» ha señalado siempre que tras su larga lista de agravios ofrecía escasas alternativas concretas. En cambio, el movimiento que confluye en Copenhague se refiere a una única temática – el cambio climático-,tejiendo un discurso coherente sobre su causa y sus soluciones, que incluyen prácticamente cada asunto del planeta. Según este discurso, nuestro clima está cambiando, no simplemente por prácticas contaminantes específicas, sino por la lógica subyacente del capitalismo, que valora el beneficio a corto plazo y el crecimiento perpetuo por encima de todo.

Nuestros gobiernos querrían ahora hacernos creer que la misma lógica puede aprovecharse para solucionar la crisis del clima mediante la creación de una mercancía comercializable llamada «carbono» y la transformación de los bosques y campos de cultivo en «sumideros» que se supone compensarían nuestras emisiones descontroladas.

Los activistas que defienden una «justicia en el ámbito del clima» en el marco de la reunión de Copenhague argumentan que, lejos de resolver la crisis climática, el comercio del carbono representa una privatización sin precedentes de la atmósfera y que tales compensaciones y sumideros amenazan con convertirse en un expolio de recursos de dimensiones coloniales.

Tales «soluciones basadas en el mercado» no sólo no lograrán solucionar la crisis del clima, sino que su fracaso intensificará notablemente la pobreza y desigualdad, porque la gente más pobre y vulnerable es la víctima principal del cambio del clima y el conejillo de Indias de tales esquemas del comercio de emisiones.

Pero los activistas en Copenhague no se limitarán a decir no a todo esto. Adelantarán soluciones que simultáneamente reduzcan emisiones y acorten distancias en materia de desigualdad. A diferencia de cumbres anteriores, donde las alternativas parecían ocurrencias tardías, en Copenhague ocuparán el centro del escenario.

Por ejemplo, la coalición de acción directa Climate Justice Action ha hecho un llamamiento a los activistas para que irrumpan en el centro de conferencias el día 16 de diciembre.

Muchos actuarán de esta forma en el marco de una marcha ciclista a Copenhague, en una hasta ahora no desvelada «nueva máquina arrolladora de resistencia» hecha de cientos de viejas bicicletas. El objetivo de la acción no es echar el cierre a la cumbre, al estilo Seattle, sino desplegarla, transformándola en «un espacio para conversar sobre ´nuestra´ agenda, una agenda concebida desde la base, orientada según los principios de la ´justicia en el ámbito del clima´, una agenda de soluciones verdaderas frente a soluciones equivocadas… Será nuestro día».

Algunas soluciones que brinda el campo activista son las mismas que el movimiento de justicia global ha defendido durante años: agricultura local y sostenible; proyectos energéticos de menor tamaño y descentralizados; respeto a los derechos de las poblaciones autóctonas sobre la tierra; mantenimiento de los combustibles fósiles allí donde están; flexibilización de la protección de la propiedad intelectual en tecnología verde y pago por estas transformaciones gravando las transacciones financieras y cancelando la deuda externa.

Ciertas soluciones son nuevas, como la creciente exigencia de que los países ricos paguen compensaciones por la «deuda climática» a los países pobres. No es fácil, pero todos hemos visto la clase de recursos que nuestros gobiernos pueden destinar a la cuestión cuando se trata de salvar a las élites. Como dice un eslogan previo a Copenhague, «si el clima fuera un banco, habría sido salvado» en lugar de ser abandonado a la brutalidad del mercado.

Además del discurso coherente y el acento en las alternativas, llegarán muchos otros cambios: una aproximación a la acción directa más meditada, que reconozca la urgencia de hacer algo más que limitarse a hablar y se muestre decidida a no caer en el manido guión de policías contra manifestantes.

«Nuestra acción – dicen los organizadores de la acción del 16 de diciembre-corresponde al ámbito de la desobediencia civil». «Superaremos cualquier barrera material que se interponga en nuestro camino – pero no responderemos con violencia si la policía inicia una escalada de la situación». (Dicho esto, difícilmente una cumbre de dos semanas no incluirá algunas batallas entre policías y jóvenes vestidos de negro; al fin y al cabo, es Europa).

Hace una década, en un artículo de opinión de The New York Times publicado tras la clausura de Seattle, escribí que un nuevo movimiento que abogaba por una forma de globalización radicalmente distinta acababa de celebrar su «fiesta de presentación».

¿Cuál será el significado de la cumbre de Copenhague? Hice esta pregunta a John Jordan, cuyo pronóstico de lo que, en última instancia, sucedió en Seattle mencioné en mi libro No logo.

Jordan respondió: «Si Seattle fue el movimiento de presentación en sociedad de los movimientos, Copenhague tal vez sea una celebración de su mayoría de edad».

Advierte, sin embargo, que crecer no significa ir a lo seguro, evitando riesgos pronunciados, eludiendo la mencionada desobediencia civil en favor de cumbres y reuniones serias y formales.

«Confío – añade Jordan-en que hayamos crecido para volvernos mucho más desobedientes, porque la vida en este mundo nuestro podría llegar a su fin debido a demasiados actos de obediencia».

Naomi Klein, columnista de The Nation y The Guardian. Autora de La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre. Traducción: JoséMaría Puig de la Bellacasa