Corazón de papel

Mi padre, hijo de ferroviario, comenzó a comprar el ABC de adolescente. Era a mediados de los cincuenta, en su casa no había un solo libro, pero ya no abandonó nunca el placer de la lectura. Disfrutaba una enormidad con los artículos de los periodistas y escritores que firmaban en el diario. Tanto es así que de joven, cuando en el café Gijón de Madrid vio a César González Ruano, se quedó maravillado. Era su periodista predilecto y no se atrevió siquiera a saludarlo. Se dedicó a observar su pinta de mosquetero retirado, su pitillera de oro y la caja de cerillas, y cómo escribía en unas cuartillas, cigarro en mano.

Un periódico es mucho más que un conjunto de noticias ordenadas: es una concepción de la vida, una visión del mundo. La consagración de un periódico llega no tanto por el número de ejemplares tirados y su influencia social, sino cuando se convierte en patrimonio cultural de sus lectores, cuando forma parte de la vida intelectual y afectiva de quienes lo compran o leen en pantalla, generando unos lazos de lealtad semejantes a los que desarrollan los amigos.

Es habitual y saludable que los lectores de prensa simultaneen varios periódicos: el local y uno o varios nacionales, para informarse de lo más cercano y de lo más lejano como si manejasen un zoom, lo que les permite cotejar el tratamiento de las noticias, acceder a suplementos especializados y gozar con diferentes columnistas. Pero lo normal es que cada lector tenga un corazón de papel: el de su diario favorito. Podemos votar a distintos partidos a lo largo de los años, variar de emisora y hasta sustituir un amor por otro, pero la predilección por un periódico prevalece así caigan chuzos de punta.

Uno de los placeres cotidianos es desayunar leyendo el periódico. En esos momentos de gustosa abstracción, con el negro sabor del café en la boca, sonreímos, nos irritamos y nos sorprendemos conforme pasamos la vista por las diferentes secciones en las que desfilan personajes de la actualidad o del pasado que, por diferentes razones, cobran efímera vida electrónica o de tinta. Los lectores de ABC pueden trasvasar ideas y opiniones con los de The Times o Le Figaro, pues lo clásico renovado es una garantía de perdurabilidad. Todos ellos coincidirían en elogiar figuras como las de Churchill o De Gaulle, quien por cierto, una vez abandonado el poder, mientras redactaba sus memorias, se encerró varios días en el parador de mi ciudad natal para escribir y hartarse de jamón ibérico.

Un diario defiende valores con los que se identifican sus lectores, y en el caso de ABC, continúan siendo los mismos valores desde su nacimiento, destacando especialmente la defensa de la monarquía constitucional. Pese a lo que opinan sus detractores, la Corona no se sostiene por el andamiaje de los poderes fácticos ni por el pacto del IBEX 35, sino por el convencimiento de millones de españoles (la gente) de que es la mejor garantía de la unidad de España y de progreso. La Transición fue un éxito, durante el reinado de Juan Carlos I la nación se ha convertido en una referencia mundial en diferentes aspectos, y Felipe VI está que se sale al representarnos, como demostró en su pasada visita a Inglaterra. No me extraña que los independentistas y los de la tricolor se pongan como la niña del Exorcista al ver el respaldo popular del Rey.

Aún añoro la genialidad superlativa de las viñetas de Mingote, la dulzura de los artículos de Martín Descalzo o las columnas zumbonas de Jaime Campmany, cuyas muertes lamenté como si fueran amigos íntimos. Crecí rodeado de los tomos encuadernados del Blanco y Negro de finales del siglo XIX y principios del siglo XX comprados en librerías de ocasión, y cuando en los ochenta leía cada domingo el Blanco y Negro, siempre empezaba por el final: por el artículo de Juan Antonio Vallejo-Nágera, que arrancaba y coleccionaba en una carpeta azul de gomas. Recuerdo portadas icónicas de ABC con dibujos de Mingote sobre la heroicidad anónima de guardias civiles o cómo en las concentraciones de repulsa al terrorismo etarra, hombres y mujeres alzaban el ABC para que se viera la fotografía a toda plana de Miguel Ángel Blanco. Y hoy sigue siendo fundamental para una recomendación literaria, para aquilatar una opinión, para enterarse de las cosas de calado y para leer excelentes artículos históricos, porque es el periódico que más espacio dedica a la historia y la explica tan admirablemente que toda época pasada queda de alguna manera conectada con nuestro presente.

Los más grandes pensadores y escritores contemporáneos han pasado por estas páginas, y entre ellos destaca un miembro de la familia fundadora, Torcuato Luca de Tena, cuya novela Escrito en las olas es una de las mejores historias de amor de nuestra narrativa. Yo disfrutaba de lo lindo de estudiante cuando, en los pasillos y cafetería de la universidad, saboreaba las colaboraciones de ABC ante la torva mirada de algunos de mis profesores de historia que en sus clases evocaban el caído Muro de Berlín. A mí no sólo me daba igual, sino que como me iba la marcha, me sentaba en primera fila y colocaba el periódico junto a los apuntes. Ea.

De la misma forma que hay amores a primera vista y personas que a los pocos minutos de tratarlas tienen la sensación de conocerse de toda la vida, los lectores de ABC compartimos un ideario y un código ético que nos permite reconocernos al tertuliar. Este diario es una especie de GPS vital. Nos aporta combustible intelectual en la jungla de internet y en un mundo donde todo va acelerado. Nos reconocemos en él, disfrutamos y nos consolamos con él, porque la vida es dulce y también traidora. Pero hay una cosa que no cambia: cuando termino de leerlo, siempre combo los labios en una media sonrisa. Como la de las estatuas etruscas.

Una sonrisa de satisfacción con sabor a café.

Emilio Lara, historiador y escritor.

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