Corea, ahora

Por Delfín Colomé, ex director ejecutivo de la Asia-Europe Foundation, es embajador de España ante las dos Coreas (EL PAÍS, 12/02/07):

Coincidiendo con la visita de Estado del presidente de la República de Corea, Roh Moo-Hyun, que hoy comienza, Madrid está viviendo un verdadero desembarco cultural coreano en torno al hecho de que Corea es este año el país invitado a ARCO.

En la magna muestra madrileña participarán quince galerías coreanas, con un elenco de unos cuarenta destacados artistas. Junto a ello, en un programa que lleva el título de Corea, ahora, otras siete exposiciones instaladas en prestigiosas instituciones culturales de la capital mostrarán la obra de otra cuarentena de creadores, algunos tan señeros como Nam June Paik. Además, se ha programado música, danza, cine -arte en el que Corea es potencia- e incluso recitales de poesía en los que participará el mejor poeta coreano vivo, Ko Un, permanente candidato al Premio Nobel.

Corea, ahora es un buen eslogan. Aunque hay que entender qué y cómo fue Corea ayer para comprender el sentido de su actualidad.

Cuando Jaime Gil de Biedma escribió, en los años sesenta, aquel aterrador y bellísimo poema en el que decía que “de todas las historias de la Historia, sin duda la más triste es la de España, porque termina mal”, hubiera podido proclamarlo también de Corea; incluso con mayor razón.

En 1910, Corea fue ocupada por Japón, que impuso una férrea colonización que intentó suprimir todas las señas de identidad nacional. La guerra del Pacífico que, a su fin, llevó el país a su independencia, fue especialmente cruenta; como lo fue la que, entre 1950 y 1953, enfrentó al Norte con el Sur. Al concluir el conflicto, el país quedó dramáticamente dividido en dos por el paralelo 38, permaneciendo en la parte meridional un buen número de tropas estadounidenses que -en línea con los postulados de la Guerra Fría- apoyaron a los sucesivos dictadores que presidieron la República con tal de que fueran anticomunistas. Pero, al igual que en España, esa historia que siempre acababa mal dio un quiebro en los años ochenta y, felizmente, desautorizó al poeta.

En 1988, coincidiendo con la apertura que -de la manera más natural- acarrearon los Juegos Olímpicos de Seúl, el país, gracias al empeño de personajes como Roh Moo-Hyun o su predecesor, Kim Dae-Jung, genuinos luchadores por las libertades, se encaminó por la senda democrática, experimentando un desarrollo económico que lo situó en la atractiva categoría -fascinante para los estudiosos del desarrollo- de los llamados tigres del Pacífico.

De ese desarrollo surgió una notable competitividad en los mercados exteriores, apoyada en una agresiva política de exportaciones. Los coches coreanos -baratos, atractivos, bien construidos, con excelente servicio postventa y razonable consumo- inundaron los mercados mundiales, entre ellos, el español. Después vinieron las pantallas de plasma, los teléfonos móviles, los i-pods y otros productos, de gran atractivo para nuestros consumidores.

Como es lógico, todo esto no se produjo por azar; sino que, detrás, hubo una férrea voluntad de progreso en la sociedad coreana, basada en un valor que, en Occidente, parece a veces devaluado: la ética del esfuerzo. Aquí el listo es el que no pega golpe; y del que lo hace, se dice que trabaja como un burro. Lamentablemente, la fascinación por el pelotazo, por el dinero rápido (fast money), ha hecho mella en nuestra mentalidad. En cambio, el niño coreano aprende en la escuela -Corea, dicho sea de paso, es país puntero en porcentaje del PIB destinado a la educación- que, en esta vida, todo requiere un esfuerzo; que nadie da euros a dólar. El esfuerzo como valor, no como estigma.

Con una renta per cápita que se sitúa ya en torno a los 20.000 dólares, Corea es hoy la undécima potencia económica del planeta. Pero la sensibilidad nacional, de corte totalmente confuciano y, por ende, con un atractivo sentido de lo holístico, hace que se preste atención no sólo a la economía, sino a la cultura, como parte fundamental del desarrollo social que su sociedad reclama. Porque los coreanos son conscientes de que no se trata sólo de vender y de vender bien, sino de demostrar que, detrás de todo ello, es necesario que haya creatividad; y, con ella, estímulos estéticos, belleza artística, en definitiva. Para que la sociedad coreana tenga el nivel, la prestancia y la proyección en el mundo que su propia destacada posición reclama.

Los resultados de esta voluntad no son nada desdeñables. Citaré dos meros ejemplos en un campo de mi preferencia: la música. En la última edición del Concurso Internacional de Canto Francesc Viñas, de Barcelona, el porcentaje de concursantes coreanos fue realmente avasallador. Y justo ahora, precisamente, en la Metropolitan Opera de Nueva York, dos cantantes coreanos -Hong Hei-kyung y Kim Woo-kyung- copan, por primera vez en los casi 125 años de historia del teatro, los papeles principales de La Traviata.

La avalancha cultural coreana de estos días nos puede ser útil, a los españoles, para mejor entender la realidad pujante de ese país, con el que nos queda todavía mucho camino que recorrer, para saber cómo es Corea, ahora.