Coronavirus: en cada región de México hay una epidemia distinta

En estricto sentido, no se trata de una pandemia sino de muchas epidemias. El patrón de expansión del coronavirus COVID-19 sucede por regiones dentro de cada país. Hay localidades que solo han sufrido unos cuantos casos y también aquellas que han experimentado el aguijón más violento del contagio.

El mapa de la pandemia en China ayuda a ilustrar el argumento: mientras en la provincia de Hubei, cuna del COVID-19, se registraron dos tercios de las muertes, en Tibet la población vivió la crisis prácticamente a distancia. Italia refleja un modelo similar: la mayoría de los casos de coronavirus se localizan en el norte, particularmente en las regiones de Lombardía, Emilia-Romaña, Piamonte, el Véneto y más recientemente en Milán. En cambio, aunque el sur está amenazado, no reporta un peligro igual.

Este último caso es relevante para el resto del mundo porque, a diferencias de China, el contagio en Italia se dio por importación. No sorprende, por tanto, que sean las regiones mejor conectadas vía aérea las que hayan atraído la enfermedad con mayor virulencia.

El COVID-19 ingresó a México siguiendo un patrón parecido: los principales aeropuertos son el umbral a través del cual se introdujo la pandemia. Las ciudades de Guadalajara, Ciudad de México y Monterrey registran el mayor número de personas contagiadas. Les siguen los estados de Yucatán —vecino del aeropuerto de Quintana Roo, el segundo más grande del país— y el Estado de México, contiguo a la capital. En sentido inverso, los estados menos comunicados por vía aérea son los que están registrando números de contagio más pequeños, como Chiapas o Oaxaca.

Llama la atención que, excepto por Nuevo León, las entidades del norte mexicano hayan mantenido a raya, hasta el día de hoy, al coronavirus. Juárez, Tijuana, Reynosa o Culiacán son ciudades norteñas globalizadas por su relación comercial con el mundo, pero no por la frecuencia de sus viajes aéreos.

Ahora que el país recién ingresa a la fase dos de cuidados ante el coronavirus, son esas cinco entidades federativas las que han mostrado mayor potencial epidémico. En consecuencia, las políticas dirigidas a esas regiones habrían de ser distintas a las desplegadas en el resto del territorio. No tiene sentido implementar acciones como la suspensión de actividades económicas, el confinamiento, la restricción de la movilidad o el transporte de igual manera en Ciudad de México que en Chiapas, en Jalisco que en Zacatecas o en Nuevo León que en Guerrero.

El contexto de cada geografía tiene particularidades también en lo que toca a la infraestructura médica con que se cuenta para enfrentar la crisis. Los estudiosos de la pandemia ya comparten la tesis de que la mejor medida para reducir el índice de letalidad del COVID-19 es contar con un sistema de atención médica suficiente y eficiente. No será lo mismo enfrentar al virus en las entidades más pobres del país que hacerlo en aquellas que poseen mejor infraestructura y mayor personal médico.

Aquí hay una buena noticia: en México, las entidades más vulnerables, desde el punto de vista de los recursos sanitarios, no son aún las más amenazadas por el coronavirus.

Ciudad de México, que tiene el número más alto de personas contagiadas, es al mismo tiempo la región mejor equipada para enfrentar la circunstancia. Según el último estudio oficial sobre el estado del Sistema Nacional de Salud, cuenta con el mayor número de consultorios médicos por habitante, lo mismo que con quirófanos, médicos, enfermeras y camas suficientes.

Preocupa el Estado de México, que se encuentra en el cuarto lugar de riesgo epidémico pero exhibe una infraestructura sanitaria muy precaria. Comparando las mismas variables, respecto al número de consultorios (por mil habitantes) esta entidad se halla en el último lugar de la tabla nacional, lo mismo si se considera la cifra de médicos generales o de enfermeras.

Yucatán merece también atención si se valora el número de quirófanos por habitante, porque en este rubro se halla en el antepenúltimo lugar. Respecto a la cantidad de médicos generales y enfermeras, ese estado ocupa el lugar 13 y 12, respectivamente, entre las 32 entidades.

Una política diferenciada implicaría que las autoridades sanitarias centraran los recursos y la atención en Estado de México y Yucatán, para que las deficiencias de su infraestructura médica no vayan a repercutir seriamente entre las víctimas de contagio.

En lo que toca a Jalisco, la principal deficiencia es el número inadecuado de enfermeras y también de consultorios. Nuevo León, en sentido inverso, aparece en segundo lugar nacional en prácticamente todos los rubros, después de la capital del país.

El sentido común indica que podría lograrse una mejor contención de las diferentes epidemias si, sobre las regiones que están exhibiendo mayor incidencia, se atenúan las asimetrías relativas a las capacidades médica y hospitalaria.

Este mapa diferenciador podría también sugerir, hacia la tercera fase de la pandemia, algún tipo de restricciones a la movilidad dentro del territorio nacional. Así como han sido limitados los traslados aéreos entre Estados Unidos y México, cabría apelar a la responsabilidad individual de los viajeros domésticos para que no abandonen la población de su residencia, a menos que sea estrictamente indispensable.

Las autoridades sanitarias han propuesto proteger a los adultos mayores o a quienes padecen enfermedades crónico-degenerativas, que son la población de más riesgo, pero de igual manera habrían de blindarse los estados más vulnerables como Chiapas, Oaxaca, Guerrero o Michoacán, porque son los más pobres y, en consecuencia, exhiben los indicadores más precarios respecto a la infraestructura sanitaria.

Ricardo Raphael es periodista, académico y escritor mexicano. Su libro más reciente es ‘Hijo de la guerra’.

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