Correr llorando: la eliminación de Uruguay

 Hinchas uruguayos miran el partido en el centro de Montevideo. Credit Andres Stapff/Reuters
Hinchas uruguayos miran el partido en el centro de Montevideo. Credit Andres Stapff/Reuters

A poco de comenzar el partido de cuartos de final contra Francia, en la capital uruguaya se repetía una imagen que se había visto en todos los encuentros anteriores: la de una ciudad partida a la mitad.

En los partidos de la Celeste, Montevideo se parte longitudinalmente, separándola entre una planta baja y un piso de arriba. Así, al nivel de la calle, el desierto; y unos metros más arriba, los gritos anónimos de “Uruguay nomá” que se responden fantasmalmente unos a otros antes de empezar el partido

Durante el Mundial, un montón de balcones están decorados con las banderas del país. Uruguay no es, comparando con su vecino, Argentina, un país sumamente nacionalista. Al menos desde lo icónico: ni siquiera en las fechas patrias (exceptuando zonas del interior, donde las tradiciones se mantienen más arraigadas) es muy común ver banderas colgadas. Y la mayoría de las que se ven suelen ser resabios de Mundiales o copas América, que permanecen colgadas ahí, agarrando hollín, más por descuido que por convicción, como quien se olvida sacar las guirnaldas de un árbol de Navidad.

Es en el fútbol donde el uruguayo se siente más uruguayo, el único terreno de pertenencia radical, y hasta un poco demencial, que suple todo lo que nos fue imposible construir en otros terrenos. En un país conocido por su laicidad, ubicado entre dos gigantes frente a los que no podría sobrevivir una semana de combate armamentístico, el fútbol es la continuación de la religión y lo militar por otros medios, el único lugar donde por un momento podemos vencerlos a todos e imaginarnos un más allá de la muerte.

Los partidos de la selección son el momento en que el montevideano, tan constreñido en esa humildad obligatoria, siempre con sus ojos puestos en los cordones de sus zapatos, levanta el mentón y ve, casi como si fuese por primera vez, ese Montevideo antiguo que siempre había estado ahí, ya sea para ver la pantalla gigante donde se pasan los partidos, o para responder a las arengas que vienen de los otros balcones.

Fiel a esta partición, en el partido de Uruguay, la derrota pareció caer de arriba, desde el cielo. Fue en el segundo gol, fruto de un error del golero Fernando Muslera. Griezmann disparó fuerte al arco y, solo por un instante, la Telstar 18, una de las pelotas que más fielmente hayan obedecido a las órdenes de sus ejecutores en varios Mundiales, se convirtió en Jabulani, el balón oficial del Mundial de Sudáfrica en 2010.

Fue necesario apenas un minisegundo de petrificación en su trayectoria para que agarrara a Muslera a un traspié que lo obligó a poner las dos manos a distinta distancia del pecho. El balón, sin más, venció las manos y cayó en el arco como un globo perdido por un niño. Un manto cayó desde el cielo, se deslizó como en cascada por las coquetas fachadas art decó y se derramó entre los presentes. Francia ganaba 2 a 0 y todo lo que podía hacer Uruguay parecía ya demasiado lejano.

El gol borró de un zarpazo todos los “¿Y que si…?” que veníamos preguntándonos, o que nos imaginábamos como consuelo una vez terminado el partido. Francia ganó incontestablemente en todas las líneas, con una línea Maginot que cerró todos los centros de aprovisionamiento para los delanteros de Uruguay, uno de los mejores y más veloces mediocampos que se hayan visto en los últimos Mundiales y una delantera que no tuvo tantas chances de gol, pero que supo estar cuando debió.

Uruguay propuso una guerra de guerrillas que le suele funcionar con rivales con mejor juego, pero en este enfrentamiento había un elemento que terminó torciendo la suerte en su contra: el estado físico de sus jugadores. Uruguay, con carácter, brío, presión y audacia de sus delanteros puede hacerle partido a cualquiera. Son especialmente buenos para jugar contra gente de buen pie o países con buen control de pelota. Lo que sí es mucho más difícil es jugar contra equipos que juegan bien sin pelota, que posicional y físicamente logran estar en lugares donde no llegan los uruguayos, por más ímpetu que le pongan.

En ese juego de avance casi que por yardas que suele plantear la selección uruguaya, Francia nunca se metió en la pulseada, aprovechó los espacios y mandó a correr a sus jets Mbappé y Pogba, que por más férrea defensa que prestara Laxalt y Torreira (de honorable entrega durante todo el partido), muchas veces terminaban encontrando espacios o seccionando terrenos de nuestra área.

La tranquilidad con la que los galos manejaron los tiempos se notó a pocos minutos de terminar el partido: a Francia todavía le quedaban dos cambios y los jugadores abandonaban la cancha como si vinieran de un trote, mientras que Uruguay había fundido sus máquinas, la camiseta más azul que celeste.

Antes que terminara el partido, logramos ver la imagen que resumiría todo, la que serviría de soporte de nuestras historias, aun estas tan tristes: José María Giménez colocándose en la barrera, dando esos pequeños pasitos de referencia al arquero, mientras llora desconsoladamente. Es extraño un llanto cuando viene acompañado de otra acción. Al igual que vomitar, llorar es una actividad que pareciera necesitar el compromiso del cuerpo entero, aun cuando su campo de acción se circunscriba a los ojos. Cuando uno ve a Josema llorando mientras corre, sin parar aún al hacer un tranque o disputar una pelota, se enfrenta al extraño espectáculo de dos máquinas funcionando en oposición.

Una vez terminado el partido podrán decirse muchas cosas, pero en general la sensación entre la gente es la misma: la espera del regreso de los jugadores para recibirlos como auténticos héroes, incluso en la derrota. Y, sobre todo, la de confirmar el valor de un proceso como el realizado por el maestro Óscar Washington Tabárez, quien con 71 años cierra, sin saber su continuación (más por temas de salud que por rendimiento futbolístico), una de las generaciones de futbolistas más serias y respetables de la historia del fútbol uruguayo.

El fin nos llegó, no con una explosión, sino con un quejido. Los balcones cierran las ventanas y las dos Montevideos parecen ir fundiéndose nuevamente, con el silencio actuando como plaquetas sobre una herida abierta. Para el país con el carnaval más largo del mundo, esperar cuatro años para un nuevo Mundial parece demasiado. Tendremos muchos momentos para recordar, cosas por las que sentirnos orgullosos, partidos para volver a ver, pero de golpe el vacío impacta, y solo nos queda preguntarnos ¿Qué hacemos con esto?

Agustín Acevedo Kanopa es psicólogo, periodista y escritor uruguayo. Vive en Montevideo.

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