Corromper la corrupción

En su acepción política, corrupción significa enriquecerse o enriquecer a otros desde cargos públicos. Una especie de laica simonía –«venta de bienes espirituales por dinero»– que hace de la política una hija bastarda de la religión y confirma la teoría de aquella ministra socialista, de cultura nada menos, que justificaba el despilfarro del dinero del Estado por no ser de nadie. Cuando es de todos, por lo que el expolio es múltiple. Pero en su acepción genérica, por corrupción se entiende la descomposición de la materia orgánica en inorgánica, es decir, el proceso por el que todo ser vivo se revierte a los elementos primarios de que está compuesto, su descomposición en suma.

Me ha parecido necesario empezar el análisis de esa lacra por ese ángulo etimológico para evitar el desenfoque que la política da a todo. La corrupción no es un fenómeno excepcional en la naturaleza, forma parte de ella y, en los seres orgánicos, acontece tarde o temprano a todos. Ahora bien, esa descomposición puede ser natural o provocada. En el primer caso, nada que objetar. En el segundo, en cambio, estamos ante una violación de las leyes naturales, un aceleramiento de las mismas, lo que contraviene las más elementales normas de convivencia. Dándonos de bruces con la corrupción política, nuestro tema del día o, como diría un pedante, un trending topic.

Corrupción política ha habido siempre y la seguirá habiendo, por incluirse en ese lado perverso de la naturaleza humana, que los autores cristianos llamaban «la parte oscura del alma»: el pecado, que, desde el original, todos llevamos encima. De ahí que se dé también en todos los regímenes sin excepción, al ser gobernados por hombres (también mujeres, aunque en número muy inferior), o sea, seres potencialmente corruptos. Y el error de Robespierre al decir «toda constitución que no suponga que el pueblo es bueno y el magistrado corruptible es viciosa». No, todos, pueblo y magistrados, son corruptibles. Mucha más razón tenía el gran Gibbon al señalar: «La corrupción es el signo más inequívoco de la libertad constitucional», al ofrecerles más oportunidades de corromperse. No hay, pues, que asustarse ante ella. La cuestión es si se persigue o no, si se acepta o no, si se denuncia o no. Esa es la gran diferencia entre la verdadera democracia y la falsa. En la verdadera, la corrupción se denuncia, se persigue, no se acepta. Al contrario que en la falsa, donde no se denuncia, ni se persigue y se acepta socialmente.

¿Ha llegado España a esa situación? ¿Está nuestra democracia infectada por una corrupción sistémica?, se preguntan hoy muchos españoles ante los escándalos que brotan por doquier. Mi respuesta es: no. Mejor dicho, todavía no, pero íbamos por ese camino. E íbamos por ese camino, por haber elegido una democracia que incumplía su norma fundamental de división de poderes («¡Montesquieu ha muerto!»), al crear una partitocracia, una dictadura de los partidos, que controlan no sólo el Ejecutivo y el Legislativo, sino también la Justicia, al nombrar los partidos los miembros del Consejo General del Poder Judicial, que a su vez elige a los jueces, y poner al Fiscal General del Estado bajo el ministro de Justicia. Aparte de consentir las «puertas giratorias» entre judicatura y gobierno. Como guinda, la inmunidad parlamentaria. De aquellos polvos vienen estos lodos. No se puede poner al zorro a guardar el gallinero. Más, creyéndose invulnerable.

Por fortuna, la democracia, aunque imperfecta, sigue siendo la menos mala de las formas políticas y ni todos los políticos son venales ni los casos más gordos de corrupción han podido taparse, provocando entre la ciudadanía el natural escándalo, agrandado por los sacrificios sufridos durante la larga y profunda crisis económica que ha asolado occidente, consecuencia en buena parte de las prácticas corruptas de que hablamos.

¿Qué respuesta hay ante ello? Por lo pronto, tolerancia cero con la corrupción, como castigo y como ejemplo. Es necesario abrir una causa general contra ella. Contra toda ella, no sólo contra una parte, porque aquí nos encontramos con una actitud muy humana, muy española sobre todo: corruptos son sólo los demás, no yo. Yo soy limpio, honesto, honrado, etc., etc. Los demás, en especial mis rivales, no lo son. Lo que es la peor de las corrupciones, al convertirse en arma para deshacerse del enemigo político. Lo estamos viendo en el acoso que sufre el Partido Popular por parte de todos los demás, muy especialmente, en la moción de censura a Rajoy por parte de Podemos. Menos mal que PSOE y Ciudadanos se han dado cuenta de la trampa que les tendían y no se han unido a la iniciativa, porque podría llevarnos a una crisis de Estado, que es posiblemente lo que Iglesias pretende para pescar en aguas revueltas, lo que menos necesitamos.

Combatir sólo la corrupción del PP no arreglaría el problema de la corrupción en España porque, como queda dicho, está instalada no ya en otros partidos, sino también en el sistema mismo, y se extiende como una mancha de aceite por la ciudadanía. Los ERE andaluces, con 26 acusados, entre ellos dos expresidentes de la Junta y 20 exalcaldes, más 700 millones de euros volatilizados, superan a todos los casos de corrupción del PP en Madrid y Valencia, sin que nadie pidiera una causa general contra el PSOE. ¿Y que me dicen ustedes de los miles de dólares cobrados por Podemos del Gobierno venezolano, ¡en un paraíso fiscal para más inri!, destinados a promover en España un régimen parecido al suyo? Eso incluso supera la corrupción, para entrar en delitos mayores. Limitarse, por tanto, a la corrupción de un partido no sólo es injusto, sino también peligrosísimo porque con el castigo de uno se tapan los pecados de los demás. Con lo que el problema continúa e incluso se agranda al crear serias dudas sobre la ecuanimidad de la Justicia.

La izquierda es experta en esta trampa. Enarbolando la «superioridad moral» de su discurso y adoptando el papel de «defensora del pueblo», bueno según sus santones, de Robespierre a Laclau pasando por Rousseau, se permite el lujo de hacer cuanto le apetece en el gobierno y en la oposición. A estas alturas de la historia, sin embargo, sabemos de sobra que la izquierda ha traído tanta miseria, sufrimientos y privación de libertades como la derecha, y si no han sido más es por haber tenido menos oportunidades. Lo que significa que de superioridad moral, nada de nada. Es tan corrupta como la derecha e incluso más peligrosa, porque, una vez en el poder, se cree autorizada a retenerlo indefinidamente por todos los medios, incluidos los ilegales. Vean a Maduro.

Para resumir: causa general contra la corrupción en España, sí, y cuanto antes. Pero en su conjunto, indagando sus causas, señalando sus peculiaridades y ofreciendo los posibles remedios. Cualquier otra cosa sería corromperla aún más de lo que está, que ya está bastante.

José María Carrascal, periodista.

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